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How to be a jewish fella..(Reseña Mix)



En una parte de los Diarios, Kafka dice: “Un escritor que no escribe es una monstruosidad”. Bueno, suena un poco exagerado, pero los escritores casi siempre se han arrogado esta proporción cósmica para medir las cosas y los días, y entre líneas uno bien puede distinguir la sencillez de la cuestión. Un hombre que finge ser lo que no es, sí es, simplemente, monstruoso. ¿Pero qué pasa cuándo tú eres tú y la gente cree que eres otro? O, para decirlo de una manera menos estúpida, ¿Qué sucede cuando las circunstancias te obligan a reafirmar tus coherencias y a demostrar de una vez y por todas que eres un jodido ser humano?

En todos sus años, Saúl Bellow amplió esta proporción cósmica típicamente judía. Antes, incluso en muchos cuentos de Bernard Malamud, esta desproporción entre la vida y el rito se densificaba plenamente entre los autores plenamente judíos. Ser judío y vivir las tribulaciones de serlo es un motivo que refrescó a los autores. Hoy día, ser un autor judío y reservarse el derecho a ser llamado sucesor de Bellow, Malamud o Singer, es una cuestión típica y de motivos.
Nathan Englander escribió su primer libro a los veintiocho años. Y en su momento fue comparado con todos los de arriba, pues sus relatos mostraban al rojo vivo las tribulaciones del hombre y la mujer judíos. Cierto. De hecho, sorprende que la tradición norteamericana siga dando escritores tan buenos y tan jóvenes. Englander, como muchos otros, parecen haber nacido con el código estructural de una historia. Lo saben hacer. Lo malo es que mucha de la literatura que pretende crear un mundo judío es literatura de prestado. Por lo menos esa fue mi impresión al leer Para el alivio de insoportables impulsos (Lumen). Muchos de los cuentos son copias muy bien hechas de los cuentos de Malamud. No más. Quizá lo más significativo es el último relato que, muy aparte de la corriente tragico-cómico-realista de los primeros, se sumerge en las heladas aguas del posmodernismo y nos trae una historia de terrorismo actual en Israel, donde el joven americano Nathan vive con su novia. A lo mejor este es el estilo propio de Englander. Mal para él porque ya no conserva la vivacidad ni la irrisoria realidad de los cuentos anclados en la tradición Singer-Malamud-Allen. Y cuando es comparado con ellos -¡y con Bellow!- sólo es para mantener con vida esta tradición cómica aunque no haga falta de ningún modo. Aún así es un excelente primer libro de cuentos.
Cuatro años después que Englander, el nuevo profeta del cuento judío llegó por medio de un muchacho emigrado de Latvia y posteriormente radicado en Canadá. A sus 29 años escribió Natasha and other Stories que causó un éxito inmediato y las mismas adjetivaciones que al anterior. La diferencia entre uno y otro es que David Bezmozis parece tener una autoridad y una sencillez más humana que Englander y no aprovecharse de los recursos fáciles de la desproporción judía. Se le comparó con Roth y alguien más pero el Roth que escribió Good Bye. Columbus, y posteriormente Portnoy´s Complaint y When She Was Good, poseía una expansividad que resulta difícil de emular o seguir. Lo más interesante de Bezmozgis es su filiación con un autor que ha influido en mucha de la ficción corta contemporánea y que en México y Latinoamérica es prácticamente inexistente: Leonard Michaels. Su libro The Girl With The Monkey, que representa la suma de su visión literaria, se escapó desde los setenta de las restricciones de escribir literatura judía y escribió cuentos fársicos y realistas, experimentales y trágicos. Su cuento más famoso, Viva la Tropicana, muestra la cercanía que tuvo con el modo de vida latino. No sólo ese cuento sino muchos otros. Su realismo va a caballo entre los realistas y los posmodernistas. Como casi todos, últimamente. Pero no hablaba de Michaels (muerto en el 91, creo), sino de David Bezmozgis. Excepto tres, leí todos los cuentos del libro gracias a la Internet. Y de primeras a primeras me sorprendió que poseyera una maestría arquitectónica tan grata y legible. Su lenguaje seco, despojado de adornos, es además el perfecto vehículo para narrar las historia del joven Mark Berman, un inmigrante ruso que llega a Toronto, cuya familia debe enfrentar las nuevas condiciones de lenguaje y costumbres. Se escribieron muchas reseñas en su momento. El mismo Rodriguito Fresán escribió la suya, así que dejaré de esforzarme en escribir algo inteligente. Lo que me queda muy claro es que estos primeros libros de autores que quizá no brillen más allá de su primer big bang, son muestras claras de una narrativa corta que muchos ven en franca decadencia. No lo creo así. Los escritores de cuentos en Latinoamérica (y me incluyo entre ellos) deberíamos comenzar por ver que la vida (y el cuento de esta vida) no es sólo asunto de tertulias baratas y motivos prestados. Ayer hablaba con un amigo sobre una frase de Bellow (seguimos de luto, disculpen) en la que ponía de patente que los hombres de otras profesiones han comenzado a ver con condescendencia a los escritores. Y es así porque las miras y los motivos de los escritores de ficción parecen restringirse o salir de la manga. El cuento realista y doméstico es desprestigiado ipsofacto en aras de ideas arraigadas desde hace varias décadas. Dicen que el lector debe involucrarse, que la lectura pasiva no se lleva con la literatura. Y dicen bien. Pero para llegar a ello han creído necesario crear aparatos narrativos que pretenden ser inteligentes y posmodernos, y escriben sobre la escritura y sobre la literatura misma, y sobre el lector. Pero yo sé de buena fuente (porque soy lector y me fascina leer historias) que muchos lectores no quieren que se les hable mucho de ellos mismos. Quieren (como yo quiero) conocer cómo son los mundos de los otros. Quieren ver narrado un juego de beisbol con los ojos particulares de un hombre. Pero esto lo descartan ipsofacto. El cuento realista es descartado. Y cuando no lo es, se confunde al cuento realista con ambientes extremos o lenguaje idiota o provinciano. La misma crítica sufre la misma parálisis. Se critica un cuento con las mismas frases de hace décadas. Y eso hace imposible la sinceridad.

El primer párrafo de esta reseña mix lo escribí porque en un principio quería hablar de la novela de Arthur Miller, Focus, cuya versión cinematográfica acabo de ver hace unos días por cortesía de Daniel. Focus es la historia de un americano cristiano y trabajador que después de comprarse unas gafas para resolver su problema de visión comienza a ser tomado por judío. En los años de posguerra corrió por todos los EU un sentimiento antisemita que Miller transmitió de manera viva y que en su momento provocó escándalo pues dejaba a al vista un problema que nadie quería ver.Esta confusión, en dichos momentos, lleva Robert a confrontar las injusticias que viven los judíos en ciertas comunidades blancas, por no decir que en la mayoría. En determinado momento su esposa dice: “Pero somos lo que parecemos, ¿no?. Mister Lorring sólo sabe lo que ve.” Arthur Miller dice que Roberto era una persona que tuvo, un día, que demostrar que era, ante todo, un ser humano. Y para demostrarlo tuvo que confrontarse a si mismo y mirar que lo que daba por un hecho no lo era. Al final debe ser coherente y demostrarle a los otros que un hombre, si quiere ser hombre, no debe fingir que lo es. No es una historia épica, no es una historia monumental ni juega con los tópicos judíos. Reflejo casi literal de la novela el filme trasmite en cierto grado lo absurdo de esta batalla por demostrar que se es alguien diferente de lo que la gente cree, pero en el buen sentido de la palabra. Una historia sencilla pero tensa y en el fondo compleja que narra la vida de un hombre: Un hombre. Nadie debe hacer uso de pistolas ni de efectos extraordinarios. Al final una pelea con bates de beisbol. Robert demostrándose a sí que vale la pena pelear por estas pequeñeces. Cambio y fuera.

posted by Mauricio Salvador @ 1:25 AM,

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