Odiseo a Telémaco, de Joseph Brodsky
Friday, February 27, 2009
Querido Telémaco,
la guerra en Troya
ha terminado; no recuerdo quién la ganó.
Los griegos, sin duda, pues sólo ellos dejarían
tantos muertos tan lejos de su patria.
Más el camino de vuelta a casa me ha sido muy largo.
Mientras allá perdíamos el tiempo, el viejo Poseidón,
así parece, extendía y alargaba el espacio.
No sé dónde estoy o qué lugar
puede ser este. Parecería una isla cualquiera, sucia,
con arbustos, construcciones y grandes cerdos gruñendo.
Un jardín rebosante) de maleza;una reina o alguien más.
Pasto e inmensas rocas... Telémaco, hijo mío!
Para el que pasa las caras de todas las islas
lucen iguales. Y la mente
viaja, contando las olas; y los ojos, llagados por los horizontes marinos,
huyen; y la carne del agua tapa los oídos.
Ya no recuerdo lo que fue de la guerra;
incluso qué grande eres, ya no lo recuerdo.
Entonces crece, Telémaco mío, crece fuerte.
Sólos los dioses saben si volveremos a vernos
otra vez. Tiempo ha que dejaste de ser aquel chiquillo
ante quien domé a los bueyes que araban.
Si no hubiera sido por la jugada de Palamedes.
aún viviríamos juntos en la misma casa.
Pero quizá él tenía razón; lejos de mí
estás a salvo de todas las pasiones edípicas,
y tus sueños, Telémaco mío, son puros.
Trad. MS.
Labels: Joseph Brodsky, poesía
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Viva La Tropicana, de Leonard Michaels
Thursday, April 05, 2007

Traducción de Mauricio Salvador
Antes de la Segunda Guerra Mundial, Cuba era conocida principalmente por el azúcar y por el sexo, aunque también había una playa muy popular de arena importada de Florida, y grandes hoteles como el Nacional donde por diez dólares podías conseguir una habitación con vista a la bahía, y casinos manejados por gángsters americanos cuyos rostros aparecían en la revista Life, como Meyer Lansky y mi tío, Zev Golenpolsky, que podía multiplicar grandes sumas en su cabeza y abrir un candado con las manos. Como fuera, los habaneros celebraban a Zev por su baile –rumba, mambo, cha-cha-chá-, ritmos que se escuchaban cada noche en Nueva York, Miami, Ciudad de México, y en casi todos los lugares de Centroamérica y algunos de América del Sur, donde Zev había viajado como bailarín de exhibición hasta que lo atrapó el gusto por los peces gordos de la mafia, y pronto estaba haciendo algo más que bailar.
Cuando venía de la Habana, Zev se quedaba en Manhattan con nosotros. Amaba a mi madre, Rosey, viuda del gemelo de Zev, mi padre. Cuando murió en un accidente de avión, de regreso de una convención de editores de revistas en Chicago, Zev se afligió mucho más que yo. Apenas conocí a mi padre. Él y mi madre, que era muda, habían vivido separados desde que yo tenía cinco años. Así que no me afligí mucho, pero ver a mi tío donde una vez había visto a mi padre era moralmente inquietante, especialmente cuando se veían igual. El apacible hombre de negocios fue remplazado por el bailarín y gángster. Inquietante, aunque casi siempre pareció natural pues Zev había estado visitándonos desde que tengo memoria. Creo que Zev siempre amó a mamá, o amó tanto a su hermano que no pudo que no pudo mantener las manos lejos de su viuda. No gastaba el tiempo en Brooklyn, con su propia esposa e hijo.
Después de la cena, me iba a mi habitación a hacer tarea. Zev permanecía con Rosey sentado a la mesa de la cocina. Fumaban y él hablaba. Yo escuchaba el ruido del encendedor, una cuchara tintineando contra una salsera, y el duro y lento zumbido de la voz de Zev. Mi madre lo dejaba hablar la mitad de la noche, aunque debía levantarse temprano para ir a trabajar a Ludmilla´s, fabricante de vestidos. Ella era una sastre que podía reproducir de memoria lo que sea que viera en un desfile de modas, y hacer cambios en el diseño sin pérdida del estilo. También tomaba decisiones sobre telas y construcciones que ahorraban en los costos de manufactura.
Cuando Zev se quedaba toda la noche, desayunaba a solas, y al escuchar que me iba a la escuela mi madre salía de su habitación y me atrapaba en la puerta. Me abotonaba el abrigo o insistía en que llevara una bufanda, o me miraba con la pregunta: ¿No necesitas un suéter? Luego me besaba y yo captaba los aromas de su sueño y los vestigios del perfume que había usado la noche anterior. Comprendía que el ritual de despedida por la mañana era sobre todo un recordatorio (para ambos) de que yo tenía una madre. Algunas veces Zev la llevaba fuera y no regresaban por días. Encontraba dinero en la mesa de la cocina junto con el número telefónico del hotel. Nunca llamé al número.
Cuando Zev estaba fuera de la ciudad, mi madre veía a otros hombres. Era atractiva y nunca le faltaron pretendientes. Zev no era celoso, pero si ella comenzaba a interesarse por otro hombre, Zev podía hablar y ella se pasearía con moretones hasta que él recobraba su afecto. No creo que la haya golpeado alguna vez en la cara.
Su relación era apasionada y por otro lado incomprensible, al menos para mí. Yo creo que sentían que se veían muy bien juntos como para romper. La alta figura de Zev, las facciones eslavas y grueso cabello amarillo, y el cabello rojo de ella, y faldas a los muslos abiertas por un lado, las piernas destellando mientras él la hacía girar sobre el piso. No es que los hubiera visto bailar alguna vez, pero los imaginaba levantándose de su mesa en la orilla de la pista de baile, y otras parejas rodeándoles en la pista, como en una película romántica.
Zev me daba cosas como relojes, cámaras, plumas fuente y bicicletas. Siempre estaba dándome cosas. Me daba daba, y tomaba a mi madre siempre que tenía ganas.
La primera vez que escuché aquella música, estaba en un Chevy Bel Air, manejando a Brooklyn con mi primo Chester. Tenía alrededor de quince. Él tenía dieciocho. Me llevaba una sala de billar en Kings Highway, Brooklyn, donde veteranos de la Segunda Guerra Mundial se juntaban. Entre ellos, Chester se sentía importante porque sabían su nombre y apreciaban sus habilidades en el billar. Era zurdo y un natural en cualquier deporte que intentaba.
Chester usaba zapatos de cocodrilo, como los zapatos de baile de Zev, y una esclava de dura plata, con un nombre marcado, que era la moda en la escuela, como los penny loafers y las bobby socks. Imitaba a Zev, y le gustaba alardear de las conexiones de su padre en la Habana. Tras un viaje a la Habana, Chester se jactó de una aventura con una prostituta cubana, una joven mujer negra que, según Chester, estaría orgullosa de tener un bebe suyo. A mí me impresionaba esta historia, y la creía por completo, aunque aún así me sentía mal por él. Zev no amaba mucho a su esposa o a su hijo, y sospechaba que eso tenía que ver con los excéntricos y showy elementos de la personalidad de Chester que lo hacían un tipejo encantador, irresistible para las mujeres y odioso para los chicos.
Mientras manejábamos, Chester prendió la radio y el deejay, Symphony Sid, comenzó a hablarnos. Su voz estaba llena de conocimiento sobre las maneras de New York, y dijo que podíamos atrapar a Tito Puente ese miércoles en el Palladium, casa de la música latina, Cincuenta y cinco y Broadway, calle arriba desde Birdland, casa del jazz. Luego Symphony Sid colocó una tonada de Puente llamada “Ran Kan Kan.” Chester orillo el auto al bordillo, apagó el motor, subió el volumen, y dijo: “¿Sabes qué música es esta, Herman?”
Yo sólo sabía que él iba a hacer algo alocado. Se lanzó fuera del auto y comenzó a bailar sobre el asfalto, con los zapatos de cocodrilo mostrando un destello apagado. “Mambo cubano,” dijo, presionando su palma derecha contra el vientre, mostrándome el origen de la música, y cómo corría a través de las caderas y piernas hasta los pies. Bailaba como si tuviera una mujer en sus brazos, o como si la música misma fuera una magnífica mujer, como Abbe Lane o Rita Hayworth, con la sustancia mamaria y el calor tan favorecido a finales de los cuarenta y principio de los cincuenta. Chester exhibía a esta mujer con fiera y formal adoración. Su espalda derecha, los hombros nivelados, y su cabeza alta en la arrogante postura de los bailarines de flamenco, aunque moviéndose de una manera menos angular, y su mambo marcado por diferentes titubeos.
“Mambo cubano, Herman. Ritmo caliente.”
El espectáculo de Chester bailando en pleno Nueva York, en medio del tráfico, era embarazoso, pero sabía bailar, y me era placentero. Lucía muy macho, y yo podía ver por qué le gustaba a las chicas, aunque él estaba exhibiéndose para complacerme, como para que le admirara, lo que era patético puesto que él era mayor. Chester no dejó de insistir en que saliera del auto y bailara con él en la calle. Le importaba. Tenía que hacerlo, e insistía en que yo lo hiciera.
“Vamos. Te enseñaré.”
“No en la calle.”
“¿A quién carajo le importa?”
“Vuelve al auto, Chester.”
“Baila, Herman.”
“No puedo.”
“Puedes caminar, puedes bailar. Te mostraré.”
Por la manera en que sus pies acariciaban el suelo, supe que era un bailarín natural. Él sabía que yo no lo era. Chester siguió con el mambo y no dejó de insistir hasta que, finalmente, lo estaba haciendo también –con auto consciencia, intimidado por el talento de Chester- sucumbiendo al amor de Chester por esa música y ese baile en el cual vi la sombra del tío Zev, que se movía en una vida más grande, lejos en elegantes casinos de La Habana donde glamorosas mujeres y hombres peligrosos gozaban cada noche.
Una tarde, con ciento cuarenta y cinco dólares del dinero de Zev, fui a una tienda de mascotas y compré un beagle. No era un cachorro pero sí joven e inexperto. En Riverside Park, solté al perro y éste despegó siguiendo algún rastro. No le había dado un nombre, así que sólo me puse a gritar “Ven aquí.” Era sordo a mis gritos. Con la nariz pegada al suelo, en un delirio olfativo, el beagle se desbocó hacia el tráfico donde lo golpeó un camión. Salió disparado por los aires unos quince pies, y luego se detuvo. Muerto. El beagle había pasado de excitado a muerto. Yo estaba conmocionado y avergonzado, y me alejé de ahí, como si no fuera mío.
Es ridículo pero el olfateador beagle me recordó que odiaba el aroma de los cigarros de Zev, que perduraba espesamente en el baño, como una niebla insalubre. Se tomaba su tiempo ahí, leyendo el periódico o dando una fumada.
Al llegar de la escuela veía en el recibidor sus amarillentas y golpeadas maletas de cuero de Gladstone, cubiertas por todos lados con estampas del caribe. Anunciaban la presencia de Zev y su presencia llenaba las habitaciones. El humo y el zumbido de su voz en la mesa de la cocina, y el sonido de sus zancadas a lo largo del corredor de madera afuera de mi habitación, me hacían sentir pequeño y olvidado, como si no tuviera un espacio para ser. Zev se llevaba a Rosey, y yo siempre estaba llorando por ella hasta que otra persona comenzaba a crecer dentro de mí, un plañidero secreto a quien le dejaba todo el dolor.
Con los años, quise ir a Cuba, pero si no hubiera sido por Nana, mi novia, bien podría nunca haber hecho el viaje. Ella hacía su residencia en un hospital de San Francisco, convirtiéndose en una gastroenteróloga. Tenía un estrecho y definido propósito en la vida. Y me deprimía pensar que yo sólo tenía un vago interés en escribir artículos para revistas. Luego, como dándome un propósito, llegó una invitación para un festival de cine en el Instituto de Cine de Cuba, que envió la invitación asumiendo que yo era alguien importante. No tenía créditos en la pantalla, pero mi nombre había aparecido en Variety, en una pequeña noticia que decía que me encontraba escribiendo un guión acerca de un viaje europeo de descubrimiento en la Islas del Pacífico. De hecho, había sido contratado para escribir un tratamiento, no un guión, basado en un artículo que había escrito sobre el Capitán Cook en Hawaii, que apareció en la sección de viajes de un periódico de San Francisco.
Había escrito sobre el genio místico del Capitán Cook, su coraje, y su muerte terrible. El artículo atrapó la atención de un director, Leigh Armitage, quien pensó que podría convertirse en una película, y que comenzó a venderme como un erudito en el Capitán Cook. Yo sólo había leído los diarios de Cook, y sabía que había muerto en la playa durante una escaramuza con los nativos. Muy presumiblemente se lo comieron. A sus compañeros oficiales les dieron un costal de huesos, pero no antes que hubieran bombardeado la isla, prendiendo fuego a la villa. Esa podía ser una escena mayor en la película. La nave de guerra transportaba mujeres hawaianas. Se decía que se mostraban emocionadas, y no aterrorizadas, por la belleza de las llamas y por la devastación.
Escribí sobre la extraña relación de Cook con el agua y con el cielo, su don para saber dónde se encontraba en aguas donde nunca había navegado y, sin mapas, para saber dónde se encontraba la tierra más próxima. Era mi héroe, quizá, porque llevaba mares desconocidos en mi interior. Leigh me contrató para escribir un tratamiento, mi nombre apareció en Variety, y me invitaron al festival de cine en La Habana. Me sentí feliz, como si justo hubiera alcanzado algo o estuviera en la víspera de alcanzarlo. La vida en el negocio del cine parecía tan buena como la vida real. Nana comenzó a llamarme Capitán Cook, que le parecía gracioso.
Recuerdo el refunfuño de Zev, “Puedo olerlo.” Había detectado un cambio inquietante en su ambiente mental, pues mi madre estaba loca por otro tipo. Ella asumía que Zev tenía mujeres en Miami o Cuba, pero eso no fue obstáculo para que la acusara de ponerle los cuernos. Y se volvió loco y destructivo, rompiendo vasos y cuadros. Ella apuntó hacia él con un dedo para decir: “Tú, yo no.”
Yo entré en escena cuando llegaba de la escuela. Ella estaba asustada y lucía como si no hubiera dormido en días. Me dirigí hacia las maletas de Zev y encontré su pistola. Dijo: “¿Tú crees que golpearía a Rosey?” La había golpeado bastante, pero eso fue lo que dijo, y por un instante sufrí una duda. “Nunca apuntes una pistola a nadie a quien no quieras matar,” dijo. “Bájala.” Apunté el arma hacia su cara. Mis manos no temblaban. Tampoco lloraba. Entonces Zev dijo: “Más tarde te enseñaré cómo quitar el seguro. Ahora regrésala a la maleta mientras hablo con Rosey.”
Durante casi un año, mi madre había estado enamorada de Santos. Él era un abogado que conoció en un almuerzo de negocios al que había acudido con su jefe. Los ojos de Santos eran asiáticos, y su piel de color del bronce. Era hermoso de una manera ni masculina ni femenina. Una belleza trascendental, o de efecto divino. Vestía trajes hechos a mano y playeras blancas, un sombrero gris de ala ancha con una pequeña pluma verdinegra en la banda. Fumaba delgados cigarrillos negros. Sus manos eran delgadas, finamente formadas. Estaba aprendiendo el lenguaje de manos para que mi madre pudiera comunicarse con él. Zev nunca se molestó en aprender.
Y por mi parte, no tenía que aprender. Podía escuchar a mi madre. Como escuchar una voz en sueños, sin sonido, que hablando una lengua o ninguna, podía entender. Nunca me pregunté sobre el misterio de escucharla. Antes del lenguaje la gente se comunicaba. De otra manera, no podría haber lenguaje, sólo telepatía mental, quizá, y algunos poderes primitivos. Se dice que el lenguaje se inventó para esconder nuestros pensamientos. Mi madre no me ocultaba nada. Me hablaba con música, o con algo que me producía placer. Ningún sonido, ni palabras, sólo una corriente de puro significado incluso si sólo decía la más banal de las cosas. San Agustín y Tolstoi creían que la comunicación sin palabras es básica para amar.
Podía olvidarme que estábamos en un lugar público y reprocharle, diciendo “No ahora,” o “No puedo,” que atraía una atención confusa. Después me di cuenta que podía escucharla diciéndome que me abotonara el cuello del abrigo, o que me sonara la nariz, o que me peinara, o que llegara temprano a casa, o que saliera por comida china, o que la ayudara a completar su declaración de impuestos. No sabía realmente cuándo me decía algo. Sus estados de ánimo y sus pedidos y sus deseos se filtraban hacia mi mente. Me encontraba molesto, o me sonaba la nariz o automáticamente me arreglaba el cabello. Una vez, comenzó a hablarme durante una película. La películas la aburrían. Grité: “Por favor, cierra la boca. No tenías que venir conmigo.” La gente cercana se movió a lugares más alejados. Ella se sintió avergonzada y herida. Tuve que rogarle para que me perdonara.
Una noche, Zev interceptó a Santos en el lobby del edificio. El portero telefoneó y me dijo que le dijera a mamá que bajara. Cuando llegamos Zev se había ido y Santos estaba sentado en el suelo cerca del elevador. Su delicada y ligeramente ganchuda nariz estaba rota. La sangre rebosaba de su oreja y le corría a lo largo del cuello, manchando la camisa de rojo. Sus ojos lucían rojos y pulposos. Por primera vez, tuve miedo de Zev; e incluso lo odié un poco, pero había una especie de fascinación mezclada en ello, lo que uno sentiría al ver un edificio en llamas y gente saltando por las ventanas. No una sensación buena, más bien vergonzosa, pero no tenía nada que ver conmigo, y le habría ocurrido a cualquiera. Una mezcla de temor y odio. Sientes una cosa, y también la otra.
Diez días más tarde, después que Rosey y Santos obtuvieron los resultados de su test de Wassermann, se casaron. En aquellos días uno necesitaba una prueba que no tenía sífilis. Quizá nada es tan relevante para el matrimonio. Santos era un buen hombre, sensible, cortés, religioso, pudiente, etc. No tenía nada contra él, pero los pensamientos desagradables sobre mi madre comenzaron a resultarme tan densos que creí que lo mejor era dejar la ciudad, irme muy lejos, y nunca volverla a ver. Como sucedió; ella y Santos dejaron la ciudad. Nunca más los volví a ver.
Habían pasado muchos años desde la última vez que habíamos hablado, pero reconocí la voz al instante.
“Vas a ir a la Habana,” dijo.
“¿Cómo lo sabes, tío Zev?”
“Lo sé. Necesito un favor.”
“Lo que sea.”
“Hay una mujer en la Habana. Consuela Delacruz. Voy a decir esto sólo una vez, así que escucha bien. Ve con Consuela. Identifícate. Arrodíllate a sus pies.
“¿Arrodillarme?”
“Di que tu tío Zev continúa adorando el suelo sobre el que camina. Dile que besa sus pies y que le es más querida que su propia vida. ¿Tienes una pluma? Voy a decirte como decirlo en español.”
“No entiendo.”
“Te estoy hablando del amor vivo de un viejo. ¿Has escuchado sobre el amor? ¿Qué es lo que tienes que entender?”
“¿Estás seguro de que podré encontrarla?”
“Trabaja en el Tropicana.”
“¿Cuál es la historia? ¿Puedo saberla?”
“No tienes que saber,” dijo, pero después dijo un poquito más.
En 1959, cuando Fidel hizo su avance triunfante por las calles, con el Che Guevara y Celia Sánchez, un doctor y la hija del doctor, Zev estaba entre la animada multitud preguntándose qué hacer con su vida. Era indiferente a la revolución, excepto porque ponía fin a su ingreso mafioso. Había dejado Cuba junto a sus colegas del negocio de apuestas, pero estaba enamorado de Consuela Delacruz, y ella se negaba a partir. Luchar con el inglés, comprar pan y huevos en una tienda americana, sería una humillación insufrible. Además, Zev estaba casado, lo que la molestaba mucho.
Dije, “La encontraré.”
Santos y mi madre compraron una casa en los suburbios de Chicago, donde Santos tenía familia y pertenecía a un culto llamado “Seguidores.” Su símbolo era una margarita, que sigue el arco del sol. El culto combinaba la historia cristiana (----) con otros mitos antiguos de nacimientos de vírgenes y dioses sacrificados. El culto también compartía una teología panteísta traída de Spinoza. En los servicios usaban tambores. Y el sacerdote cantaba en lenguas africanas. Los servicios podían durar dos o tres días. Conozco el culto, que es secreto, sólo porque cuando Santos y mi madre se casaron en Nueva York, atendí la ceremonia e hice un montón de preguntas a Santos. Mi madre, para mi confusión, no podía confesar ser una creyente.
Santos restringió su trabajo legal para el culto. Mi madre dejó el negocio de la ropa. Santos predicaba en reuniones del Medio Oeste. Ambos se convirtieron en sacerdotes. Cada tanto, antes y después de su muerte, mi madre me alcanzaba. Dejaba de decir lo que estaba diciendo para escucharla. Nana veía mi repentina y abstracta expresión y decía, “Dile que deje de hacerte esto. Es como estar con media persona. Dile a la bruja que se detenga.”
“No sé si puedo,” dije.
Hubiera aterrorizado a Nana si le hubiera dicho que mi madre y Santos habían sido asesinados años antes en una guerra de cultos. (Ella abrió la puerta una noche y la mataron a tiros. El asesino o los asesinos encontraron después a Santos).
“Haz que se detenga,” dijo Nana. “No voy a compartir tu mente con otra mujer. Es peor que la infidelidad sexual. Nunca confiaré en ti hasta que te libres de ella, Herman.”
Había una suerte de satisfacción en dejarla rabiar en la ignorancia, pero las protestas de Nana también me desesperaban. Nunca me libraría de la voz de mi madre.
Permanecí en Nueva York, solo en el departamento, cuando mi madre y Santos dejaron la ciudad. El departamento había sido puesto en venta. Nana pensaba que estaña embrujado. “Me siento observada,” dijo, y no me dejaba tocarla a menos que fuéramos a otro lado. Una noche, después de una ducha, dejé la ventana del baño abierta y una paloma entró volando. Traté de echarla fuera por la misma ventana. La paloma estaba desesperada, aleteando de habitación en habitación, golpeándose contra los muebles y las paredes. Tenía miedo de que fuera a romperse un ala o golpear su pequeño cerebro contra la pared.
No era la primera vez que vivía solo, pero sin mi madre estuve viviendo solo durante semanas, y Nana no quería tener sexo en el departamento, y ahora el ave histérica. Abrí todas las ventanas. La paloma pasó zumbando sobre mi cabeza. Finalmente le grité, le dije que se largara y muriera.
Cuando Nana obtuvo la residencia en el hospital de San Francisco, yo trabajaba en el negocio de las revistas, un trabajo editorial que había conseguido a través de un amigo de mi padre. Dejé el trabajo y seguí a Nana a San Francisco y encontré un departamento cercano al de ella, aunque difícilmente la veía excepto cuando se encontraba de humor. La ponía de malas cuando quería tener sexo porque sospechaba que tenía otra novia y que sólo la veía a hurtadillas, lo que no tenía sentido. La residencia de Nana la mantenía tan ocupada que bien podría haber tenido diez novias.
Conseguí un trabajo como mesero, y después como mensajero en bicicleta. Los fines de semana intentaba escribir artículos para revistas y periódicos. Luego vino lo del Capitán Cook, y la invitación a Cuba. Pensé que Nana se impresionaría.
“Me invitaron a un festival de cine en Cuba.”
“Te conseguiré Tetraciclina. Llévala contigo. Podrías enfermarte, Capitán Cook.”
“Gracias. ¿No quieres saber si voy a aceptar la invitación?”
“Por supuesto que vas a aceptarla, Capitán.”
Su actitud era exasperante. Dije, “Nadie quiere medicina de un doctor con tatuajes. Desearía que te lo hubieras quitado.”
“Cuando tú le digas a la bruja doctora de tu madre que te deje de hablar, entonces pensaré en quitármelo. Ahora me gusta y me quedo con él.”
En lo que toca a Zev, continuó en la Habana trabajando como barman en el Tropicana, el club donde alguna vez había deleitado a la concurrencia con su baile. No dejó Cuba hasta que lo obligó el gobierno revolucionario.
En 1996, el ministro de economía desenterró libros de contabilidad en el Hotel Capri, y descubrió las iniciales de Zev al lado de ciertos personajes una y otra vez hasta la víspera del Año Nuevo, 1959, indicando que él había sido el responsable de grandes sumas de dinero proveniente de apuestas no sólo del Hotel Capri, sino del Nacional y de el Tropicana también. La Revolución quería saber a dónde había ido ese dinero a parar. Cuando Batista voló a la República Dominicana, no hubo suficiente tiempo para recolectar todas las ganancias de los casinos. Zev hizo copias de los recibos que había mandado a la mafia en Miami, probando que había facturado el dinero de los casinos a Batista antes de que éste volara. En un arranque de indignación, Fidel ordenó la expulsión de Zev.
Fidel dijo, “Quiero el dinero sólo para quemarlo en tu cara.”
Zev había sido el contacto entre los casinos y los oficiales de Batista. En la noche que Batista dejó la Habana, Zev condujo por O’Reilly Street hacia los muelles y luego hacia la caseta de entrada. En el maletero del auto llevaba varias maletas repletas con ganancias de los casinos, en dólares y certificados de bancos, que Batista no había recolectado y que no había sido sacado de Cuba antes de que Castro tomara el poder. En Miami esperaban el dinero. Los soldados dieron a Zev una foto de Batista. Cruzando los ojos de la foto, Batista firmaba siempre con el nombre de su madre. La foto estaba firmada, pero a cruzando la boca, no los ojos, y Batista estaba escrito con tres T’s en vez de dos. Zev comprendió que los soldados, a quienes nunca había visto, intentaban engañarlo y quedarse con el dinero. De manera amable, como divertido por la pequeña broma, les pidió el recibo verdadero. Ellos se rieron y le palmearon la espalda, felicitándolo por su agudeza e inteligencia. Dijeron que no podría darle uso al recibo auténtico. Su intención era pasar el dinero a la Revolución y así escapar de los tribunales de Fidel y de los pelotones de ejecución. Zev, por su parte, debía entregar el recibo a gente de Nueva York que también tenía pelotones de fusilamiento. Zev se rió, también, y rompió el cuello de uno de los soldados con su cuello y destripó al otro con una navaja mientras sus risas resonaban en la caseta. Otros soldados estaban presentes. No se movieron mientras Zev revisó los bolsillos de los soldados muertos hasta encontrar el auténtico recibo, y luego, mostrando la espalda a los soldados, encendió un cigarrillo, dio unas cuantas fumadas, lo tiró al piso bajo el taco de sus zapatos. Abrió una de las maletas, tomó un fajo de billetes y lo lanzó al suelo, luego regresó las maletas al maletero del auto y se alejó. Zev pasó esa noche con Consuela.
“Regresa el dinero o dalo a la Revolución,” dijo ella.
“Tengo el recibo. El dinero es para ti y para los niños.”
“Cuba va a ser un estado socialista. Nadie va a necesitar dinero.”
Zev me dijo todo esto. Fue muy parecido a los viejos días cuando me contaba cómo conseguía las mejores mesas en los centros nocturnos. Ahora, 1987, considerando la mala fortuna de la economía revolucionaria, Zev se figuraba que Consuela se sentiría agradecida de tener el dinero y de venir a los Estados Unidos. Debía explicar eso a Consuela, leyendo en español del dictado que me había dado Zev por teléfono. Ella sabía del dinero. No sabía lo que Zev había hecho con él. Aquella noche en la Habana, veintiocho años atrás, yaciendo en los brazos de Consuela, Zev hizo un plan que sería puesto en acción si continuaba amando a Consuela.
“Soy una persona realista. Los sentimientos mueren,” dijo.
Siete años después, unas semanas antes de que Zev fuera deportado, seguía enamorado de Consuela. Su hijo tenía cinco años.
Basándose en el diseño de huellas digitales del pequeño pulgar del niño, Zev había trabajado en una fórmula. Lo trasladó a una gráfica. Esta gráfica describía las distancias proporcionales entre las líneas de la huella del pulgar, que podían ser extrapoladas en las distancias entre los picos y caídas a lo largo de la línea de una llave que abriría una cerradura de una caja de seguridad en Zurich. La segunda cerradura de la caja de seguridad sólo podría ser abierta por una llave en poder del banco.
La llave original de Zev, confeccionada por él mismo, junto con la cerradura, fue destruida después de probar la cerradura. Para reconstruir la llave, el hijo de Zev –ahora de veintisiete años- debía suministrar la huella del pulgar. Sólo una persona, su amado hijo cubano, podría entrar al banco en Zurich y presentar el pulgar. El banco haría entonces la llave para abrir la caja, que contenía certificados de depósito. Su valor se había incrementado y podrían ser resarcidos por muchos más millones de los que Zev se había llevado de los salones de apuesta de Cuba. Había esperado siete años en Cuba amando a Consuela. Y había esperado más de veinte años alejado de ella. Y no la amaba menos.
El 17 de diciembre, a las diez PM, dos horas antes de la celebración del nacimiento de San Lázaro, entré a el Tropicana buscando a Consuela Delacruz para decirle que ella y su hijo eran ricos en dólares y en el inmortal amor de mi tío. Imaginaba a Zev acurrucado en un pesado abrigo oscuro, su cara inclinada contra las rachas cortantes del invierno, moviéndose esforzadamente a través de una acera congelada de Nueva York desde su oficina hasta la limusina. Mi corazón estaba con él aunque cuando sabía que podía ser un cruel y malhumorado hijo de puta. Pero ya era viejo, no más el que solía ser, y yo le debía algo in the way of sentiment. Le estaba proporcionando tibieza en el solitario invierno de su vida. Incluso me sentí honrado cuando tío Zev me pidió ese favor. A lo mejor traicionaba ciertas memorias, o una alianza con mi madre. No estoy seguro de lo que se suponía debía sentir. Sentía lo que sentía.
Hubiera sido útil tener una foto de Consuela, y yo había pedido una pero no había tiempo para hacérmela llegar y además Zev sólo tenía fotos de su amado hijo que le habían sido enviadas a través de la Sección de Intereses Americanos en la Habana. Mientras las relaciones entre Cuba y Estados Unidos empeoraban las fotos dejaron de llegar. Por supuesto Zev sabía cómo debían lucir Consuela y su amado hijo. No hizo ningún esfuerzo para describírmelos.
Pasé por una pasillo de arcos de medio punto, luego por un lobby, y entré por la más grande puerta de club nocturno del mundo. En una amplia curva de semicírculos concéntricos, filas de mesas de manteles blancos se extendían hacían un vasto y curvo escenario. Había árboles por todos lados, altas y extravagantes palmeras entre las paredes de una catedral natural abierta al cielo nocturno. Me dirigí hacia una mesa cercana a la orilla del escenario. Un mesero se acercó. Saqué mi libreta y dije, “Donde puedo encontrar, Consuela Delacruz?”
“Ron y Coca-Cola,” dijo él.
La música comenzó, las luces parpadearon, los bailarines aparecieron en la pista central.
Alcé mi voz. “Consuela Delacruz. Ella trabaja aquí.”
“¿Cubra libre?”
“Okay,” grité, una palabra tan universalmente comprendida como Coca-Cola. Intenté de nuevo cuando la bebida llegó. Se fue. ¿Estaba leyendo incorrectamente? ¿Pronunciando mal?
Karl Marx dijo, en el espíritu de su maestro Hegel, “Nada puede detener el curso de la historia,” pero aquí era el Tropicana, en un suburbio de la Habana, una aérea y geométrica maravilla de la arquitectura de los cincuenta. Sobre el escenario, como en los días pre-revolucionarios, seguía la ostentosa artificialidad de rutinas de baile de tetas y traseros tipo Las Vegas, un espectáculo de vulgaridad magnífica y exuberante, la herencia de sensacionalismo bacanal cultivado por los gángters ítalo-judío-americanos. El régimen comunista permitía la existencia del Tropicana por el bien de los dólares americanos, aunque el juego estaba prohibido. La mesas de un casino tras otro fueron destruidas por masas alborotadas. Las prostitutas no se paseaban más por las calles, pero los escenarios del Tropicana quedaron intactos para que mujeres casi desnudas bailaran en él.
Viva La Tropicana, me dije y miré a mi alrededor buscando a mi mesero y mi bebida. Se dirigía hacia mí, acompañado de una delgada y alta mujer negra, muy guapa, entrada en los cuarenta. En sus ojos había un brillo duro, y una expresión de disgusto en la línea de sus labios mientras se detenía ante mí y colocaba la bebida en la mesa. Me arrodillé y comencé a leer en español de mi libreta. Tocó mi hombro para detenerme. La miré, estaba sonriendo, sus ojos ligeramente inquisitivos.
“¿Zev?”
Asentí. Entonces me alzó, me besó en la mejilla y me arrastró consigo por el pasillo curvo que seguía el escenario, y luego detrás de éste en la oscuridad repleta de cables a todo lo largo del suelo, deteniéndose sólo para mirarme boquiabierta, esperando escuchar lo que no podía decir, haciendo unas quince preguntas. El español cubano es más rápido que todas las lenguas, pero aún cuando ella hablara con la lentitud de los muertos, no habría podido entender nada. Seguía sosteniendo mi mano, apretándola con ansias de saber lo que no podía decirle. Gradualmente, advirtió que en mis ojos no había esperanza, nada de español, pero insistió:
“Norteamericano? ¿Brook-leen?
Luego, jalando más fuerte, me llevó con ella por un pasillo trasero y lateral al escenario hasta un callejón, como si fuera otra parte de la ciudad, ya no el Tropicana. Me condujo hacia dos mujeres medio desnudas, cuyas cabezas eran glorificadas por una montaña de coloridas plumas, y sus vestuarios por lentejuelas. Estaban practicando pasos de baile juntos, y no nos notaron hasta que Consuela me colocó enfrente de una de ella. Dirigiéndose a mí, dijo, “La niña. Zeva.” Y a ella: “Tu padre lo mandó. Anda, habla con él. Háblale.” La Niña miró a su madre y luego a mí, sus grandes ojos oscuros llenos de incomprensión. La palabras emergieron, como experimentalmente, “¿Vienes de parte de Zev?”
“Yes.”
Ella era la media hermana de Chester, el amado hijo de Zev, mi prima. Me lo tuve que decir a mí mismo antes de decírselo a ella, “Soy tu primo.” Ella lo repitió a su madre quien se mostraba extrañamente reservada, incluso cuando un momento atrás no había tenido reparos en besarme; sonrió y dijo, “Ah.”
Zeva dio un paso hacia mí. De una manera dulce y formal, me besó en la mejilla, murmurando, “¿Nos envió dinero?”
Yo susurré, “Más de lo que imaginas.”
En la entrada principal las esperé hasta después del último show. Zeva salió vistiendo vaqueros, camiseta blanca y sandalias, luciendo como una universitaria americana. Consuela se había adelantado por el auto, un viejo Chevy, como los que Chester solía manejar años atrás, pero con las puertas y la defensa oxidados, golpeado. Fue un largo y complicado viaje. El auto producía aromas enfermizos de gasolina mientras nos tambaleábamos a lo largo del Malecón. A la izquierda, las olas rompían contra la pared de contención y se alzaban altas en el aire antes de golpear los parapetos y deslizarse en retirada, colapsándose a todo lo largo de la acera y la avenida. A la derecha, de frente al océano, filas de viejas, grises y sufridas fachadas, y edificios con columnatas y ornamentación barroca, en decadencia; trágicamente bellos en su decadencia. Tuve un vislumbre de mosaicos árabes y del sofisticado vidrio de candelabros colgantes, oropeles colgantes entre lazos de ropa cruzando las habitaciones donde alguna vez los ricos habían cenado y bailado. Dimos vuelta a la derecha, entrando a una gran plaza, luego por una callejuela apenas alumbrada. El ruido del Chevy aumentó, haciendo eco contra lo edificios en la sombra. No había otro sonido que el estridente y metálico traqueteo, ninguna voz, tampoco música. No había nadie alrededor.
Esta era la Ciudad Vieja. Zeva y Consuela tenían un departamento en un edificio de tres pisos de fachada muy estropeada, balcones de herraría elaborada, piezas que se caían, rejas de hierro sueltas de sus sostenes, y grandes ventanas carcomidas por el agua y los hongos. El departamento era largo y muy estrecho, con piso de linóleo, lo que en Estados Unidos llamarían de escopeta[1]. Cables desnudos sostenían las luces del techo. Baúles y mesas estaban cargados de figurines de porcelana, ceniceros, fotos enmarcadas, y de innumerables baratijas de vidrio, como en una tienda de segunda mano sobre algún personaje famoso. En la cocina nos sentamos a una mesa oval de formica. La superficie imitaba el mármol gris y estaba rodeada por una tira de aluminio. La patas también eran de aluminio. Me imaginé que en L. A., en una tienda de antigüedades, la mesa con las cuatro sillas sería vendida por varios cientos de dólares como un auténtico mueble de los cincuentas.
Zeve contempló sus manos cuando terminé de contarle la historia que Zev me había contado. “¿Cuál pulgar?”
“¿No son los mismos?”
“Quizá sólo uno es el correcto. Voy a darte huellas de los dos, o puedo cortarme los dos. Se los llevarás a él.”
“Él te quiere completa,” dije.
Consuela, respetuosa de nuestras deliberaciones, esperó a que concluyéramos. Después que Zeva le contara la historia comenzó una discusión. No podía entenderla, pero adivinaba que tocaba viejos desacuerdos –Zeva quería ir a los Estados Unidos pero Consuela no. Consuela se puso de pie, con los brazos cruzados sobre el pecho, mirándonos. Luego, desde su imponente y rígido enojo, se inclinó abruptamente y me abrazó, abrazó a Zeva y se alejó por el estrecho pasillo.
Zeva dijo, “Está cansada. Se va a dormir. Tú te quedas a pasar la noche. Ella lo quiere así. Te prepararé una cama cerca de las ventanas, o toma mi habitación. De todas maneras no voy a poder dormir. Esto es terrible. Terrible. No conozco a Zev, pero debe ser un tipo irreflexivo. ¿Cómo me pudo hacer esto? ¿A nosotras? Durante años hemos vivido de promesas. El departamento es nuestro. Casi nuestro. Lo estamos comprando poco a poco. Y ahora tú traes nuevas promesas de él. Ella quiere decirle todo a las autoridades. No será bueno para ti. Estoy seguro que te detendrán. Ven, te mostraré.”
La seguí hacia la ventana.
La calle lucía oscura y parecía vacía, pero mientras miraba hacia la oscuridad la luz de la luna reveló a un hombre en la esquina, de aspecto normal, vistiendo un simpático sombrero de paja, con las alas bajas al frente y atrás.
“¿La policía?”
“Es el representante del barrio. Le dirá a la policía acerca de tu visita. Querrán saber qué es lo que hemos hablado.”
“Somos primos. Hablamos de Zev. Me hablaste de ti, de tu trabajo, de tus estudios. De donde aprendiste inglés. ¿Dónde aprendiste inglés?”
“No lo sé.”
“¿No lo sabes?”
“Después que deportaran a Zev, mi madre perdió el favor de la gente. Perdió su trabajo en el Tropicana. Se lo regresaron después, pero durante años hizo otros trabajos, principalmente cocinando y limpiando para la familia de un diplomático holandés. Me llevaba consigo todos los días y jugaba con los hijos. La familia hablaba inglés y español para asegurarse que los niños hablaran los dos. Como los niños, también hablé inglés. Y cuando cambiaron al español, también yo lo hice. Había otras lenguas. La familia del diplomático había vivido en Indonesia. Para mí, era puro significado. El idioma era irrelevante.”
“No hablas un inglés de niño.”
“Lo estudié más tarde en la escuela.”
“Cambiar de idioma es como cambiar de amante.”
“¿Has cambiado muchas amantes.”
“¿Tú lo has hecho?”
“Puedo contarlos con un solo pulgar. ¿Crece uno y madura de un amante a otro y a otro? ¿Y con el primero siempre eres un niño? Quería trabajar en el servicio exterior, por eso estudié inglés. Me gustaría viajar. Soy buena para los idiomas, pero ligeramente negra, y bastante mujer. Las oportunidades no vienen a mí. Mi madre dice que Zev habla nueve idiomas. Y ella se rehúsa a admitir que entiende una palabra en inglés. Ella lo obligó a hablarle en español. Si un hombre te ama, dice, debe probarlo cada día. Cuando Zev le hablaba, siempre en español, le recordaba cuánto la amaba. Ella es una verdadera cubana, muy cálida y amorosa, y cuando me contó lo que Zev le había hecho a los soldados de Batista, no había piedad en su voz. Le pregunté por qué no. Me dijo, tu padre es un hombre. Dime cuánto dinero hay para nosotras.”
El hombre en la calle prendió un cigarrillo y alzó la vista, la luz del encendedor iluminó sus ojos. Lo saludó con una mano. Él miró hacia otro lado.
Ella dijo, “Los norteamericanos creen que todo puede ser una broma.”
“¿Qué me puede hacer?”
“¿Te gustan el arroz y los frijoles? Podrías sólo comer arroz y frijoles durante un buen tiempo.”
Estábamos muy cerca el uno del otro, acostumbrados a nuestra proximidad; familiar. No era un sentimiento norteamericano. Podía escuchar su respiración apresurada cuando dije, “Unos dos millones de dólares.” Tomó mi mano y dijo, “¿Es verdad?”
Mi prima era muy atractiva. Coloqué mi brazo sobre sus hombros. Ella se inclinó hacia mí, como si hubiéramos crecido juntos, dos chiquillos latinos, siempre tocándose.
“Me gustan el arroz y los frijoles,” dije.
No me detuvieron en Cuba. No me hicieron nada; nadie hizo preguntas. Volví al Tropicana, hasta que Zeva me dijo que era tonto que siguiéramos hablando más.
“¿Qué le voy a decir a tío Zev?” pregunté, como si mis sentimientos no estuvieran lastimados.
“Lo sabrás antes de que te vayas. Ellos se comunicarán.”
“¿Quiénes?”
“Nuestro líder. Ahora vámonos.”
En la última noche del festival de cine, fui invitado a una gran cena, con cientos de personas, al Palacio de la Revolución. Largas mesas en líneas paralelas, con grandes pasillos en medio, estaban repletas de comida cubana. Los invitados caminaban a todo lo largo de las mesas, llenaban sus platos y luego regresaban por más. Al final sirvieron pasteles y excelente pastel helado cubano. Sin anuncio, Fidel apareció y la multitud se arremolinó a su alrededor, aunque esta era una multitud elegante y bien vestida, y sentían la necesidad de dejarle un espacio al frente. No pude acercarme pero podía ver sus hombros y su cabeza, su verde uniforme militar, su barba, y sus intensos ojos negros. Era el hombre más alto del salón, más de uno ochenta y cinco. Su cabeza era grande, leonina, heroica, inclinada ligeramente hacia aquellos que le hacían preguntas, escuchando con total seriedad. Contemplé un monumento. El hombre llamado Fidel era un monumento viviente a sí mismo. Por un momento, mientras hablaba a un hombre de la multitud, parecía estarse dirigiendo a alguien más. “Por supuesto,” dijo, “vamos a publicar las obras completas de Kierkegaard. Su gran libro, O lo uno o lo otro debería ser distribuido a cada cubano como si fuera dinero robado por algún gánster americano.” Me estaba hablando a mí.
Cuando mi avión aterrizó en Miami, busqué una cabina y llamé a Zev. Eran casi las cinco de la mañana, pero él me había pedido hablarle en cuanto llegara. Tan pronto como dijo hola, le dije que había visto a Consuela, y le hablé de su hija, Zeva, cómo hablaba varios idiomas, y de qué manera tan bella bailaba en el Tropicana, aunque sólo la había visto como una figura de lentejuelas más entre las otras, todas ellas agobiadas por masas de coloridas plumas. “Tío Zev, ¿por qué no me dijiste que el bebé era una niña?”
“No lo recordaba.”
“Oh, vamos.”
“Cuanto te haces viejo las diferencias entre niños y niñas importan poco.”
Le dije que Fidel dejaría ir a Consuela y Zeva a los Estados Unidos, pero con condiciones. O el millón de dólares regresaba a la revolución, o las mujeres nunca se iban.
“¿Te habló personalmente? ¿Te dijo eso?”
“Estaba hablando con otra persona, pero estábamos en el mismo lugar, y me estaba mirando. Sabía quién era yo, y quería que lo escuchara. Estoy seguro.”
“Te creo, pero sólo Zeva puede abrir la caja, y el dinero es suyo, no de Fidel. La llave es su pulgar. Pero yo tengo para él algo mejor que dinero, que también está en su pulgar. Espera en Miami. Agarraré un avión esta tarde. Quédate con mi amigo Sam Helpert. Pues encontrar su número en información. Si tienes razón respecto de lo de Fidel, entonces hay motivo para ser cautelosos. Cuando cuelgues mira a tu alrededor, Luego camina. Da cuatro o cinco vueltas como si no conocieras el aeropuerto. No bañas al baño ni a ningún lugar donde puedas estar solo. Mantente a plena vista. Luego busca otro teléfono y llama a Sam Helpert, y vuelve a mirar a tu alrededor. Reconocerás al que te está siguiendo, si es que hay alguien que te está siguiendo. Cuando Sam te conteste, descríbele al tipo.”
“Me estás asustando.”
“Llama a Sam y estarás bien. Nos vemos pronto.”
La llamada se cortó cuando yo gritaba, “Espera.” Quién demonios creía que yo era, ¿una persona sin nada que hacer más que dar vueltas alrededor de Miami? Colgué de golpe la bocina y comencé a caminar buscando mi vuelo a San Francisco, tan enojado que olvidé mirar a la gente a mi alrededor, pero no había nadie, de cualquier manera, sólo un hombre en una banca con el Miami Herald cubriendo su rostro, durmiendo. No me fijé en él. Tampoco me fijé en sus zapatos blancos. Estaba ciego de ira, moviéndome dificultosamente entre los pasillos donde tubos de luz fluorescente color pastel flotaban, sugiriendo una corriente sanguínea alimentando las extremidades del aeropuerto. Mi maleta de cuero golpeaba mis caderas, y mi respiración era fuerte. Me hablé a mí mismo, terminando la conversación con Zev, diciéndole que era “mi tío favorito” –mi único tío, de hecho-, y que lo admiraba desde que era un niño. Tras la muerte de mi padre, se comportó bien con mi madre. Zev me compró mi primer auto, no sólo la bicicleta y la cámara. Cuando mi novia de la preparatoria quedó embarazada, Zev encontró a un doctor en New Jersey y pagó la operación. Le debía mucho, pero estaba enojado.
Los filósofos dicen que nada en la mente es inaccesible a la mente. Es verdad. Descubrí que mi mente –no yo- había visto zapatos blancos, y registrado al hombre que dormía bajo el periódico, porque minutos después de la llamada, cuando me acerqué a un negocio de café, entre el tumulto, vi los zapatos blancos colgando de un banco y recordé haberlo visto antes –inconscientemente. Recordé lo que no sabía que sabía. También recordé el periódico, que el hombre seguía leyendo. Puse el dinero en la barra para pagar mi café y fui a un teléfono. Trataba de ser eficiente, aunque a las prisas, y todo mi cuerpo temblaba, pero marqué a Información, conseguí el número de Sam Helpert, y le marqué. Ni una sola vez miré a Zapatos Blancos. De haberlo visto hubiera apostado que sus ojos ocupaban un lugar muy alto en la cabeza, y que la cara era de textura gruesa, picada y repleta de cráteres desde la mejilla hasta el cuello, como si lo hubieran picado con un cincel y luego bañado en ácido. Alguien contestó el teléfono. Dijo, “¿Puedes oírme bien?”
“¿Sam Helpert?”
“Comienza a reír.”
“¿Qué?”
“Esta es una llamada divertida. Estás siendo vigilado.”
Reí. Reí.
“No lo exageres. ¿Cómo es el tipo?”
“Rubio. Ja, ja, ja. Tal vez uno ochenta de estatura. Cerca de los treinta. Un white trash cualquiera.” La expresión me sorprendió, pues provenía del miedo, como si fuera a asaltar al tipo. “Ja, ja, ja. Camisa hawaiana de flores azules y blancas, pantalones blancos, zapatos blancos de punta. Ja, ja, ja. Tengo miedo.”
“Mueve la boca, agita la cabeza, ríe, luego cuelga u busca un taxi. No corras. No te entretengas. No quieras llamar a un policía. Dile al taxista que te lleve a Bayside, y te deje en las banderas.”
“¿Las banderas?”
“Vas a ver un parque, y banderas a la entrada. Un corredor de banderas. Camina por el corredor. Hay tiendas a ambos lados. Sigue derecho, hasta que topes con una especie de saliente que da a la bahía. Junto a la saliente verás un camino. Baja por él y camina derecho. Repite lo que te dije.”
“Taxi a Bayside. Corredor de banderas.”
“Ríe.”
“Ja, ja, ja. Por las banderas hacia la bahía, bajar por el camino, seguir derecho. Ja, ja, ja, ja. ¿Y si usted no está ahí? Estaré solo, Mr. Helpert. ¿No sería más recomendable esperar a que haya gente en las calles? Ja, ja.
“¿Estoy aquí?
“Sí.”
“Ahí estare.”
“Pero no sería más recomendable…”
Como Zev, también colgó.
Otro ataque de furia. No estaba viviendo mi propia vida. Caminando, hablando, riendo, pero no era yo. No hubo en problema en conseguir un taxi.
En las banderas, tomé mi maleta dela cajuela y pagué al conductor. Me abandonó en la tremenda soledad oscura y electrificada de un centro de negocios, edificios altos y nuevos alrededor de otros más viejos que corrían junto al parque y la bahía, un centro comercial en la orilla de la bahía Biscayne. El corredor de banderas marcaba una inhóspita caminata hacia el centro comercial. Escuché el portazo de un auto. Me volví, observé al hombre de camisa blanca y azul salir de un taxi. Pensé en soltar la maleta y correr hacia la bahía, pero se suponía que no estaba al tanto de que me seguían. El agua se extendía ante mí, oscura, brillante, rayada por las luces en movimiento de lentos botes, y rozada en la superficie por las luces de la ciudad, definiendo la orilla. El concreto se acabó y se convirtió en una saliente. Vi el camino, lo suficientemente ancho para dos hombres. Bajé por unas escaleras. Abajo el agua golpeaba indiferentemente contra la pared. No había nadie a la vista a lo largo del camino, pero entonces vi a un hombre que más arriba descendía una escalera. Era más alto que el rubio, vestía rompevientos, jeans, y tenis. Se detuvo a encender un cigarrillo. Algún dueño de yates. Comenzó a caminar hacia mí por el lado de la pared, forzándome a ir por el lado del agua. Me puso nervioso, aunque había espacio para pasar. Caminaba de una manera suelta, atlética, ligeramente echado hacia delante. Mientras nos acercábamos, me miró a los ojos y dijo, “Buenos días, chico,” pasó a mi lado y enseguida escuché un grito y me giré. Vi al rubio de la camisa hawaiana patear, sacudir los brazos y volar por los aires sobre el parapeto. El tipo alto seguía con el arma extendida. Y presionó. Arrojó su cigarrillo al agua. El rubio cayó y golpeó provocando una enorme salpicadura, se movió hacia la pared, golpeándose levemente contra la superficie musgosa, buscando un sostén. No había ninguno. No podía salir por sí mismo. Halpert vino hacia mí. “Vamos.”
El rubio se retorció, los zapatos blancos se agitaban, y en la boca una oscura O cerrándose, hundiéndose, abriéndose de nuevo en una O, como si se tragara un tubo, los ojos enloquecidos.
“Se está ahogando,” dije.
“Vamos.” Comenzó a jalarme del brazo. Me zafé.
“Ese hombre se está ahogando, Mr. Halpert. No puede nadar.”
“Llámame Sam.”
En ese instante, junto a mi cabeza, un pedazo de concreto saltó de la pared –dejando un hoyo del tamaño de una manzana- y casi al mismo tiempo escuché el disparo. Mucho más ruidoso de lo que habría esperado. El rubio se hundía de nuevo, con un destello de metal en la mano.
Sam dijo: “Yo me llevo tu maleta, chico. Ahora salta por él.”
Yo grité: “Ahógate, maldito.” Me fui tras Sam.
Condujo, deteniéndose a veces en las señales de auto, y a veces no. No me importaba. El tiro no encontró mi cabeza, pero me había dejado una prueba de mi potencial para convertirme en una nada instantánea, mientras su rostro persistía en mi memoria, ojos y boca rogando por vida, ahogándose. Cortamos por zonas residenciales plenas del aroma dulzón de flores y vegetales muertos. Me recliné contra el asiento. Sentí el oscuro y sensual peso del aire y del silencio antes del amanecer, no verdadera oscuridad, pero tampoco la mañana. Noté solemnes y viejas higueras, elefantinas, siguiendo las guías, y casas blancas a un lado de la carretera.
“Podría ir por la autopista Dixie,” dijo Sam, “pero me figuro que querrás dar un vistazo a los barrios. ¿Habías venido a Miami?”
“No.”
“Nunca adivinarías lo poco que me cuesta vivir aquí.”
“Probablemente no.”
“No estás de humor para hablar, ¿eh?”
“¿Qué tal si se ahogó?”
“¿Y qué carajos te importa? Su nombre, por si te interesa, es Wally Blythe.”
“El nombre no significa nada, sólo su cara. Lo sigo viendo mientras se hunde.”
“Una cara como esa tenía que hundirse. ¿Hueles eso? Adivina qué es.”
“No lo adivino. ¿Qué es?”
“Mango. Estamos pasando por una huerta.”
“No veo ninguna huerta.”
“Cortaron la mayoría de los árboles. Árboles hermosos. Amo el mango. Bueno para la digestión. El promedio de muerte en Florida es mayor que el promedio de nacimiento, pero la población sigue creciendo. Cinco mil nuevos residentes cada semana. Necesitan casas. Adiós a los mangos. Aquí hay dinero, el suficiente para construir casas y grandes edificios.”
“¿Y drogas?”
“Pregúntale a tu tío, no a mí.”
“Me muero del sueño, pero me da miedo soñar con la cara del tipo.”
“Ahí está mi casa. Duerme y más tarde hablaremos.”
“¿Por qué me necesita Zev?”
“Eres de su familia.”
“Tiene un hijo.”
“Chester es demasiado ansioso como para complacer. Es un listillo y un timador. Sólo vería oportunidades para sí mismo, perdería de vista el objetivo. No hay mucha confianza entre Zev y Chester. Pueden hablar, pero el aire queda envenenado una hora después. Zev no quiere deberle nada a Chester. Tú eres su familia, y necesitas dinero.”
“Estoy agradecido, pero quiero ir a casa. Esperaba dormir en el vuelo hacia San Francisco, y mira dónde estoy. ¿Dónde estoy?”
“Al sur de Miami, a la orillas del condado de Dade. Hey, ¿te gusta la lucha en lodo? Tenemos lucha en lodo aquí en Miami Beach. ¿Qué dices? Chicas desnudas en lodo. Te alejará los problemas de la mente, y te hará sentir bien.”
“Debe haber algo malo conmigo. Sé que debería estar contento de que haya luchas en lodo, pero sólo me quiero largar de aquí. Extraño, ¿no es cierto?”
La casa de Sam era de estuco, de tejado plano y piso de azulejos rojos en la estancia y muy pocos muebles –un sillón de junco, sillas de junco, una mesa de café de vidrio, y un merendero con cuatro sillas. Ni cortinas ni alfombras. La casa de un soltero. Páginas de tiras cómicas, cortadas de revistas, estaban pegadas en una pared de la estancia, en parte cubriendo cuarteaduras de la tabla roca. Había una cocina pequeña, un comedor y dos habitaciones. Me llevó a una de las habitaciones. Dejé mi maleta, me desvestí y caí sobre un colchón de gruesa espuma sobre una base de madera contrachapada sostenida por ladrillos, a dos pulgadas del suelo. Podría haber dormido en el suelo. No me bañé, no oriné, no me moví. Extendido bajo una ligera manta de lana, cerré los ojos y sentí una ligera conmoción, como a punto de echarme a llorar, pero estaba muy cansado.
La voz de Sam regresó, diciendo, “No te preocupes, chico, verás a Zeva de nuevo.”
Sentí la luz a través de mis párpados, no luz de mañana sino el replandor caliente de la tarde.
“¿Estaba hablando en sueños?”
Estaba junto a la cama. Alto, con ojos pequeños y oscuros, muy juntos, y los hombros de un atleta, sosteniendo en la mano un vaso de jugo de naranja.
“¿Te la cogiste?”
Me senté y tomé el jugo de sus manos. “Me gusta.”
“Vamos a comer.”
Colocó mi maleta en el auto. Aparentemente no iba a regresar.
Reconocí los barrios por los que habíamos pasado más temprano en la semi oscuridad. Luego nos acercamos al centro de la ciudad y dejando el auto de Sam nos internamos en el lobby de un hotel. Una persona empujaba la aspiradora a través de la alfombra. En el comedor estaba dispuesto el buffet. Tomamos una mesa en una esquina junto a una gran ventana, la luz se filtraba a través de la blanca cortina de gasa, bañándonos con un brillo cenizo; como luz del desierto, con una sagrada intimidad. Sam y yo comimos en silencio, soldados en una misión. El café se sirvió al principio y al final.
Sam vio si estaba listo para escuchar. Quería hablar, decirme cómo iba la cosa, pero yo saboreaba el lujo de estar vivo, pensando literalmente cuán bueno es. Dijo, “Se trata de mujeres y poder. En Cuba, Fidel es conocido como El Toro. Él le dijo a Khrushchev que bombardeara Nueva York. Qué tipo.”
Sam se inclinó hacia mí, con regocijo en los ojos, esperándome a que saboreara la idea de bombardear Nueva York. Asentí para mostrarle que comprendía, eso es todo. Estaba inclinado hacia mí, gruñendo, apurándome a sentir algo que no sentía.
“Cuando Fidel estaba en las montañas no había mujeres.”
“¿Estaba pensando en las mujeres?”
“Estaba pensando en la Revolución. Fidel no es Kennedy. Fidel es un hombre. No tenía que probarlo. No tenía problemas con el sexo. ¿Pero qué sucedía con las mujeres? ¿Qué hizo?”
“Nada.”
“Exacto. Nada. Él no es Kennedy. No anda cazando mujerzuelas. Las mujeres venían a él. Toda mujer quiere coger con un dios. Pero a algunas mujeres las enviaban.”
“Enviadas por tío Zev. ¿Es eso?”
Sam agitó la cabeza y se frotó los ojos. Yo no tenía buen espíritu para escuchar.
“Juego, drogas, putas –es lo que mueve al mundo. Tú lees en el periódico que un gabinete oficial, con un equipo de cincuenta asesores, está aterrizando en Berlín. Ellos telefonean a Zev. Cherchez La provee las mujeres.”
“La agencia de modelos.”
“Incluso tú, una persona que no sabe nada de nada, ha oído hablar de ella.”
Sus orejas sobresalían ligeramente. Agachó la cabeza, como en una breve y avergonzada reverencia.
“Cuando era un muchacho, conocía las estadísticas de cada jugador de las Ligas Mayores. Podía decir la capital de cada país. Amaba los hechos. ¿Sabías que en el estado de Florida nunca estás a más de sesenta millas del mar? Tú sientes algo por la chica cubana de Zev. Quieres proteger su honor. Puede que incluso tengas sangre latina en tus venas. Y quizá morirías por La familia. Pero en este momento estás sufriendo por el shock cultural.” Sam golpeó la mesa con los dedos. “Estás en América. Miami es América. Intento decirte algo. Zev enviaba las mujeres a Fidel, y cuando regresaban de las montañas, Zev puso a algunas en aviones hacia Zurich, Caracas, Estocolmo y otras ciudades. Hoy viven en ciudades lejanas con sus hijos.”
“¿Hijos?”
“Todo está en el pulgar de Zeva.”
“Le dije que había dinero en Zurich.”
Sam sonrió y alzó una oreja. “No mentiste. Hay dinero, y hay información para localizar a las mujeres y a los hijos.”
“¿Puedes estar seguro quién es el padre?”
“Fidel es prepotente.”
“¿Qué es prepotente?”
“La mamá habría podido ser una enana de poco entendimiento y con una joroba, pero un hijo de Fidel habría crecido grande, guapo, listo, y se parecería a él. A los seis meses aprende a hablar y ya nunca se detiene. A los seis años está pateando traseros. Golpéalo en la cabeza con un bate y eso sólo hará que pelee más fuerte. El hijo de un héroe. Ahora Fidel está cansado. La Revolución ya no se percibe como su expresión personal. Sabe de los hijos, y está dispuesto a negociar.”
“¿A dónde quieres llegar?”
“Los hijos van a la Habana, Consuela y Zeva van a Miami. Zev quiere que tú encuentres a los hijos. Fidel los recupera, y Zev obtiene a Zeva. No vas a hablar con reporteros ni a vender la historia, o a hacer tratos a escondidas con las mujeres. Tampoco podrás contratar a otros. Zeva saldrá en un par de días y tú viajarás con ella a Zurich, irás al banco, abrirás la caja. Encontrarás dinero en efectivo, certificados de crédito, y los nombres y direcciones de las mujeres. Por cada una hay una dirección a donde el banco envía dinero. El gerente te mostrará el estado de las cuentas. Ve con las mujeres, encuentra a los hijos, ponlo en un avión hacia la Habana.”
“¿Cuántos hijos?”
“Nueve.”
“Podrían estar en cualquier lugar del mundo.”
“Creemos que uno está en Génova.”
“En Italia, ¿no? Muy conveniente. ¿Y si Consuela no quiere dejar Cuba?”
“¿Quién está preguntando qué es lo que quiere ella?”
En la delgada cara de Sam y en el destello de sus ojos pequeños y oscuros, vi el concepto que tenía de mí. No entendía el concepto, pero me figuraba que era yo.
“No puedo correr por el mundo. Hay cosas que debo hacer. Mi vida, así como es.”
“¿Como ir a la concesionaria y recoger tu auto? El nuevo clutch cuesta quinientos diecisiete dólares. Tu carro está en su lugar, y la casera dijo que lo manejará por la calle de cuando en cuando. Todas tus cuentas están pagadas. El regalo de cumpleaños de tu novia…”
“Ay, Dios.”
“¿Lo olvidaste? Le compramos a Nana unos aretes de Gump’s. Jade. Hacen juego con su tono. En caso de que estés interesado, está metida con uno de sus profesores. Es un tipo importante en la gastroenterología. Un gordo.”
“Mis nuevas gafas están en la oficina del doctor Schletter,” dije.
“No quieres ver esta foto. Aquí están tus nuevas gafas.”
Sacó un estuche de cuero café y lo dejó sobre la mesa. Lo guardé en mi chaqueta, sin mirar las gafas. Sam pagó la cuenta. Lo seguí hasta su auto, preguntándome. “Qué quieres decir con foto?” dije.
Sacó un sobre del bolsillo de la chaqueta. “No quieres verla. Pero ya que preguntas.”
El sobre contenía una foto en blanco y negro tomada a través de la ventana de un laboratorio. Una mujer estaba de rodillas. El tipo vestía una bata. Un tipo grande, pasado de peso, cerca de los sesenta años, cabello plateado, en capas. Su mano izquierda despejaba el cabello de su nuca. Pude ver el tatuaje de Nana. Los pantalones y calzoncillos del tipo yacían en sus tobillos, arrugados, como la crema decorativa con que uno cubre un pastel. Miraba hacia la cámara, obviamente consciente de estar siendo fotografiado, y la manera en que alzaba el cabello de Nana era un intento consciente para revelar el tatuaje.
“Doctor Hubert Gondolph. Científico Investigador. Trabaja para la FDA. Primero lo grabamos pasando el dato a tu novia de una droga diez veces mejor que Tagamet. Su comité lo había aprobado para manufactura comercial. Era un secreto. Cuando le hicimos escuchar las cintas, comenzó a llorar. Luego aceptó ayudarnos para conseguir la fotografía. Mientras tanto, Zev compró acciones de la nueva droga. El precio dobló, y doblará otra vez. Tenemos que agradecerte, Herman. Saldrás de todo este asunto con un poco más de un millón de dólares. También compramos para ti, Herman.”
“Siempre fue una coqueta.”
“¿En serio? No me digas. Eso es terrible.”
“Dejé mi trabajo para seguirla.”
“Tira la foto.”
“No.”
“Bueno, todos deberíamos tener un recuerdo. Puedes enviarla por correo a la esposa del doctor Gondolph, pero ¿para qué? Él sólo intentaba salvar su carrera, y no te hizo nada personalmente. Y en cuanto a ella, si no hubiera chupado algún falo, seguirías siendo pobre. Peor, seguirías siendo insensible a sus verdaderos sentimientos y necesidades.”
El avión de Zev era un jet de dos motores y dos pilotos. La primera en bajar del avión fue una mujer negra de piel clara. Por un instante pensé que era Zeva. La misma estatura de Zeva, con las mismas piernas de bailarina, la postura estricta, el cuello aristocrático. Vestía una chaqueta negra de amplias solapas y un solo botón, una blusa color lavanda, y una corta y apretada falda. Los tacones altos enfatizaban los músculos de sus pantorrillas. La forma de sus muslos resultaba evidente en la falda. Junto a la puerta abierta del avión, miró hacia la pista hasta que advirtió el auto de Sam y habló hacia el interior del avión, a Zev.
“¿El piloto de Zev?”
“Y chofer, y guardaespaldas, y encargada de los negocios,” dijo Sam. “Penélope de Assis. ¿Te recuerda a alguien?”
“Excepto por los ojos.”
Los ojos estaban montados sobre las brillantes bifurcaciones de sus pómulos, como las aves salvajes hechas de diamante cortado. Podía ver, a quince metros de distancia, que era azules.
“¿Dónde la consiguió Zev?”
“En Río, cuando tenía ocho años, y bailaba en las calles, meneando el trasero al ritmo de la conga. Ha estado con él por años. Firma sus cheques, así que se cortés.”
“La hija de alquiler de Zev.”
“En su mente, nadie más es su hija. Pero Zev quiere espacio para las otras mujeres. ¿Entiendes lo que quiero decir?”
“No exactamente. Ahí está Zev.”
Bajaba por las escaleras del avión, con Penélope abajo, atenta, lista para atraparlo en caso de que perdiera el equilibrio. La miró, despreciando su preocupación. El cabello de cosaco de Zev seguía amarillo, firme, grueso como la miel, peinado hacia atrás, el viejo estilo de un dandi bailarín. Cuando miró hacia nosotros relumbró una dentadura perfecta de campesino en la cuadrada y dura estructura de aquella cabeza rusa, construida para los buenos golpes. Vestía un traje blanco de lino, camisa rosa y corbata de seda gris. No cargaba nada. No lo había visto por más de veinte años. Lucía tal y como yo lo recordaba.
Sam y yo dejamos el auto. Cuando Zev vino a nosotros, pude ver las suturas en su cuello y el peso abultado a cada lado de la boca, amplia y dura. Pero en sus sesenta y tantos, bien podía pasar por un hombre joven, incluso bajo el sol de Miami. La ojiazul Penélope de Assís estaba a su lado. Zev me abrazó, me palmeó la espalda y me sujetó con el brazo, su mano apretando mi hombro.
“Me usaste, tio Zev.”
Movió la cabeza con pesar y soltó mis hombros. El tono de su voz cargaba con el desánimo de viejas decepciones, como si lo hubiera dejado solo muchas otras ocasiones.
“Me hiciste un favor sin saberlo. ¿Te sientes usado?”
“Sí. Y ahora me estás pidiendo mucho más.”
“Di ‘Tío Zev, pides demasiado,’ y yo caminaré de regreso al avión y no habrá resentimientos.” Sus ojos verdes, rayados de amarillo, estaban fijos sólo en mí mientras extendía la mano izquierda hacia Penélope, con la palma hacia arriba. “Tienes una reservación, primera clase, en el siguiente vuelo a San Francisco. Sam te llevará al aeropuerto de Miami.”
Penélope dejó un ticket de avión en la palma de su mano. Él lo estiró hacia mí.
“Usa este boleto. Vuela en primera. Dilo ‘Tío Zev, sé que esto significa mucho para ti, pero yo no vivo para otras personas, ni siquiera para ti. Mi respuesta es no.’ Una limusina te recogerá en San Francisco. Desde la limusina llama a como se llame, la novia. Llévala a cenar esta noche adonde ella quiera. Yo lo pago. Me has hecho un favor. No espero más. Di no. Respetaré tu decisión. No te amaré menos por eso.”
“Tío Zev, dame una oportunidad de…”
“Si dijeras sí, ‘Sí, tio Zev,’ entonces tienes que saber que he hecho una reservación a tu nombre en mi hotel de Key Byscayne. Tienes vista a la bahía, y una lancha rápida a tu disposición. Tiene cien caballos de fuerza. Di sí y Penélope te llevará al hotel. Te comprará ropa decente. Di sí y dentro de una hora estarás vestido como el Príncipe de Miami.”
“No se trata de ropa y lanchas rápidas.”
“¿Quieres escribir un guión sobre el Capitán Cook? Es como cavar una zanja. Ellos ponen el sexo, la zanja se convierte en una alcantarilla. Eres blando como un marica. A lo mejor cavar zanjas te haría bien, Herman. No estoy aquí para hacerte perder el tiempo. ¿Sí o no?”
Le arrebaté el boleto de las manos y lo partí a la mitad.
Mirando los pliegues de piel bajo sus atigrados ojos de Genghis Khan, la textura granulosa de su piel dura, y el grueso cabello amarillo, cada hebra formando una trenza que saltaba de su alma imperiosa, me di cuenta que, aunque poco, adoraba a Zev y no podía verlo como lo que era, un hijo de puta. Penélope tomó el boleto roto y lo guardó en la bolsa de su chaqueta. Frugal.
“Muy bien,” dijo. “Hecho.”
“Preséntame a tu hija.”
Al decir ‘hija,’ la miré. En sus ojos no había simpatía. Si expresaban algo, más bien parecía enojo. Zev dijo, en voz baja y severa, “Penélope de Assís, él es mi sobrino. Herman Lurie.”
Ella dijo, “He esperado nuestro encuentro. Debemos hablar.”
“Sí. Hablen. Escúchala,” dijo Zev. “Ella sabe de ti. Sam y yo nos reuniremos más tarde para cenar. ¿Qué dices?”
“¿Cuál es la diferencia?”
“No se han dicho palabras más justas. Compra ropa. Luce bien. Da un paseo en la lancha. Penélope, explícale a mi sobrino cómo hay que vivir.”
Sam le dio a Penélope las llaves de su auto.
Penélope iba concentrada camino de Key Byscane, y no parecía querer hablar. Había atestiguado mi confrontación con Zev decidido, tal vez, que no tenía nada que decirme. Para ser amable, dije, “Espero no haberte causado problemas. No tenía idea de las complicaciones de mi viaje a Cuba. Ni siquiera sabía que existías hasta hace unos minutos.”
Ella gruñó y lanzó el brazo, como un golpe de revés en el tenis, golpeando mi quijada con el talón de su puño. Ciego, y por reflejo, mis manos se alzaron atrapando el siguiente golpe entre mis muñecas. El auto se meneó a derecha e izquierda, y ella lo recuperó con el freno, soltando grava. Nos detuvimos. Un demonio de fríos ojos azules y cauterizados, chilló:
¿Por qué no dijiste no y te largaste de aquí? ¿No conoces la palabra? Zev te dio una oportunidad de decir no, estúpido.”
Se giró, tensa, presionando la espalda contra el asiento y respirando profundamente. Cientos de autos y camiones pasaron antes de que ella volviera a encender el motor y regresara al tráfico. Seguimos hasta Key Byscane. Mi mandíbula estaba caliente y pulsaba. Quería tocarla, pero no me movía y me senté como un muñeco, aunque me mantenía alerta y febril. Esta era la verdadera hija de Zev, sangre o no. Una palabra equivocada y ella podría llevarnos directo contra una palmera. Su falda estaba doblada, levantada hasta su entrepierna. Gruñía de manera extraña. No con placer, sino como si estuviera sujeta a las feroces emociones que intentaba resistir. El gruñido se disolvió lentamente.
Mientras entrábamos a los alrededores del hotel, dijo que iría a la tienda, compraría ropa, y me las llevaría. “Puedes conservar lo que quieras. Y regresaré el resto.”
Ninguna charla sobre estilos, colores, materiales, talla o mi gusto por la ropa.
“Más tarde saldremos en la lancha. Querrás que vaya contigo,” dijo, como si fuera un hecho. “Aquí está la llave de tu suite.”
Podía ir a mi suite o sentarme en el bar, o dar una caminata por los alrededores, o mirar los árboles, las flores, las aves de la costa. Penélope me llevaría la ropa, luego pasearía conmigo en la lancha. En medio de la bahía Byscane, lejos de cualquier auxilio, la estrangularía. Fui a mi suite, me tendí en el sofá, me levanté y miré por la ventana, luego regresé al sofá, me repantigué, cerré los ojos, esperé, esperé… Hubo un golpe en la puerta. “Está abierto,” dije, y me levanté. Penélope entró con un montón de ropa que dejó caer sobre el sofá, luego me observó con una mirada extraña, como anticipando un placer inusual.
“Pruébate esto,” dijo, sosteniendo una chaqueta. No me moví. Nuestros ojos se encontraron. Dijo, “¿Quieres golpearme? Adelante.”
La bofetada la lanzó al suelo, con la chaqueta en las manos. Me incliné para arrebatársela, como si no me sintiera avergonzado de haber golpeado a una mujer, y me vestí la chaqueta mientras caminaba por la habitación, enfermo de arrepentimiento. Ella se levantó y me siguió. Nuestros reflejos aparecieron en el espejo de cuerpo completo empotrado al clóset. Sus ojos estaban húmedos. Se tocaba una de las comisuras con la lengua. Entonces dijo, “Esa chaqueta se ve bien. Pruébate los pantalones. Me gustan estos zapatos, también.” Lanzó la ropa sobre la cama, una pila para regresar y la otra para la que se quedaba. Vistiéndome y desvistiéndome bajo su mirada, comencé a sudar y a sentirme irritado conmigo mismo, metido en este desfile de modas. Dije, “Te estás divirtiendo un montón con esto.”
“¿Sigues enojado?” preguntó, recogiendo la ropa para regresar.
“No.”
“Eres del tipo irascible. El agua hará que se te olvide. Te veo en el muelle en diez minutos.”
Recogió toda la ropa a regresar, abrazando el montón contra su pecho. La puerta azotó detrás de ella.
Me puse un bañador y una de las nuevas y coloridas camisas, sin abotonarla. Alrededor de quince minutos después, caminé a lo largo de un sendero de losa hacia el muelle donde una docena de lanchas rápidas permanecían amarradas. Penélope estaba al volante de uno de ellos, una lancha rápida de dos motores. Vestía bikini negro y gafas oscuras. Solté la amarra del bote, subí a él y me senté a su lado. Los motores vibraron, exudando poder incluso antes de que yo las escuchara rugir y antes de sentir el movimiento. Penélope maniobró la lancha lejos del muelle, girando lentamente en la bahía, y luego la proa se alzó ligeramente y los motores nos alejaron rápido de tierra, y luego más rápido. Mientras nos internábamos en el corazón del espacio, el horizonte de Miami, el agua y el cielo se suspendían en el enorme trance de la tarde. Minutos después cortó el poder. Nuestro tambaleante y picado vuelo dio paso a la quietud y el silencio, destacando el aire azul sobre el vasto mar, como el santificado vacío de una catedral. El sentido se rindió a la sensación de la grandeza del ambiente y pareció entrar a una zona de sangre, intensamente alerta, sin pensamientos ni memorias. Mirándola, casi podía entender lo que era venir a la vida, como otra presencia, entre un hombre y una mujer, y casi podía sentir cómo debían tocarse por miedo a que ni uno ni otro existan y la nada invencible prevalezca. Pero no pensaba que quería tocarla.
Un avión comercial, por encima apenas del horizonte de Miami, demasiado lejos como para poder escuchar sus turbinas, parecía colgar inmóvil, como nuestra lancha a la deriva, en el quieto epítome de la tarde. A Penélope no le preocupaba hablar. Tampoco a mí. El silencio era total. Las gaviotas que giraban en la distancia no parecían reales, como si sólo fueran aspectos de la luz y pudieran aparecer o desaparecer en cualquier momento.
Penélope dejó el volante y se giró hacia mí, quedando de frente el uno contra el otro, nuestras rodillas también de frente. Observé su cuerpo lentamente, como si fuera mi privilegio. Mi mirada se movió luego hacia su cuello y su rostro. Noté que ella mascaba goma, un movimiento que daba a su cara una expresión bovina, aburrida, inconsciente, especialmente porque sus ojos yacían invisibles tras las gafas oscuras. Penélope debió comprender mi expresión. Se giró y escupió la goma hacia el agua. Luego se reclinó hacia atrás. Entre sus piernas, a cada lado del bikini, aparecieron rizos negros e hirsutos. Miré. Ella no hizo ningún movimiento para cerrar las piernas. Indiferente a mi escrutinio y con voz soñolienta, dijo, “¿Te gustan las chicas?”
No contesté. Ella se encogió de hombros y miró hacia otro lado.
En algunos edificios lejanos las luces se encendieron, y el crepúsculo lunar apareció. Penélope se quitó las gafas, y luego dijo, como cediendo a una obligación, “Perdóname por lo que pasó. Lo que hice. Lo siento.”
“Me había olvidado de ello.”
“Qué bien que lo dices. Gracias.”
“¿Por qué lo hiciste?”
“No soy una persona amable. Lo haría otra vez. Y el gesto sería genuino, ¿sabes lo que quiero decir? Nunca pienso, así que no me jodas.” Se rió tontamente.
“Eso no es una respuesta.”
“Me digo a mí misma que tengo que ser amable, pero lo olvido. ¿Qué puedo decir? No siempre me comprendo a mí misma. A lo mejor estaba enojada porque Sam te dijo que siento celos. ¿Te dijo que siento celos? Me temo que me echarán al frío. ¿Tú crees que soy celosa, y que tengo miedo? ¿Crees lo que Sam te dijo?”
“No creo nada. ¿Por qué lo hiciste?”
“Sam bien puede darte la mano como empujarte enfrente de un camión.”
“Un tipo simple.”
“Y peligroso. Pero no me conoce, y no sabe por qué no tengo razón para estar celosa. Mira ese y ese.” Señaló hacia un grupo de altos edificios. “Son míos. Poseo edificios en Nueva York y Los Ángeles, y un rancho en México y una cadena de lava autos. Excepto por mi cerebro y mi trasero, todo lo que poseo viene de Zev Lurie. Zev me pone los papeles enfrente y dice, ‘Firma.’ Y yo firmo.
“¿Por qué te da propiedades?”
“Para no sentirse culpable.”
“¿Culpable de qué?”
“De malgastar mi juventud, obviamente. A él no le interesa la gente, ni siquiera la gente cercana a él, pero no quiere sentirse responsable por nada que haya hecho o por nada que posea. Nadie puede demandarlo, dice, y arrebatarle su propiedad. ¿Quién lo demandaría? Sus hijo no van a venir un día casa de la escuela, y la esposa podría trabajar en un prostíbulo de Bangkok. Pone la propiedad a mi nombre. Quiere sentirse joven. Irresponsable. La propiedad te hace envejecer. Así que él es un bebé. Y yo tengo cinco mil años –con tanto que poseo. ¿Sabes por qué te estoy diciendo esto?”
“Te sientes despechada.”
“¿Cómo es ella?”
“Podrían ser amigas.”
“Qué ocurrencia. ¿Por qué lo piensas?”
“Es una persona amable, pero la cosa es…”
He dicho muchas cosas estúpidas en mi vida. Ahora había dicho la más estúpida de todas. Las manos de Penélope palidecieron al aferrarse a las orillas de su asiento. Las líneas de su cuello se tensaron. Sus ojos engrandecieron, el azul brillando de miedo. Me recordó su aspecto en el auto, cuando gritaba.
“¿Qué quieres decir con que se parece a mí?”
“La misma estatura, eso es todo. Exageré. Quería que pensaras bien de ella,” dije, intentando tranquilizarla antes de que se volviera incontrolable.
“¿Qué quieres decir? ¿Semejanza? ¿Esta cara? ¿Este cuello? ¿Estos brazos y estas piernas? ¿Qué? ¿Tiene ella estos pechos?” Arrebató la parte alta del bikini y se levantó para bajarse las bragas, soltando la ropa a sus pies, gritando, “Esta soy yo. ¿Te gusta mirar, verdad? Anda, mira. Esta soy yo, no ella.”
No había mucho más que ver, viéndola desnuda. Era menos recatada que un niño de tres años. Cualquier deseo erótico que hubiera sentido se perdió con su desnudez.
“Lo siento,” dije, agachándome para levantar de sus hermosos pies delgados las piezas del bikini. Le pasé el top del bikini por encima de la cabeza. Ella lo dejó colgando como un collar. Con una rodilla al piso, puse las bragas para que ella colocara los pies. Lo hizo. Las subí a través de sus piernas. Quedamos frente a frente. El deseo volvió como una ráfaga. Gemí como si hubiera sido apuñalado, miré hacia otro lado, la volví a mirar, la besé, y ella dijo, “¿Qué es ese ruido?” sus labios contra los míos, o los míos contra los suyos, puesto que ella no hizo nada, ni siquiera toleró el beso, pero se dejó besar como si simplemente fuera inevitable.
“¿Qué ruido?” La solté y puse atención; escuché un golpeteo contra uno de los lados de la lancha, un golpeteo soso seguido de ruido de arañazos en el fondo de fibra de vidrio de la lancha; débil e irregular. Nos pusimos de rodillas, asomándonos por la borda, mirando en el agua. “Debe haber una linterna en la gaveta,” susurró ella, como si hubiera alguien lo suficientemente cerca para escucharnos. Pero necesitábamos la luz. Deslizándose de debajo del bote, balanceándose entre las olas y golpeteando contra un lado de la lancha, apareció la cabeza y los enormes y lustrosos ojos brillantes por la luna de White Trash, su boca abierta como para inhalar el cielo. Su camisa estaba hecha trizas, y ya no tenía un brazo, el muñón desgarrado y de un rojo brillante, y el hueso roto destellando entre la carne.
Penélope gruñó, “Tiburones.” Como si lo hubiera invocado, un morro de suave color gris y pequeños ojos, y unas fauces dentadas aparecieron del fondo y con una rápida sacudida y ruidos de seda desgarrándose se llevaron la cabeza de White Trash, y luego se internó en la profundidades con su horrible trofeo. Penélope se lanzó hacia atrás y se colocó al volante. Las turbinas rugieron, las hélices se enfilaron hacia la bahía y comenzamos a dar bandazos, la popa alzándose y ganando velocidad entre blancas plumas que se alzaban a ambos lados como alas mientras nos dirigíamos hacia las luces de Key Byscane. Lanzado hacia atrás, me senté en la cubierta gritando a través del rugido de las turbinas. “Lo conozco, conozco al bastardo,” grité, como haciendo alarde de mi vida social. Penélope me lanzó una mirada.
“Su nombre es Wally Blythe.”
“Exacto. ¿Lo conocías? El tipo debió haber sido muy popular. El viejo Wally quería matarme.”
Me levanté y me senté junto a ella, y entonces ella dijo, “No, no quería hacerlo.”
Coloqué mi mano sobre la suya en el volante. Estaba llorando. Dije, “Les di problemas a todos, ¿verdad?”
Su humor cambió al instante. Lucía dulcemente perpleja, diciendo entre lágrimas, “Nos has atrasado para la cena. Zev estará disgustado.”
“No quiero cenar, y lamento haberte besado. No pude evitarlo.”
“¿Por qué no debiste besarme? ¿No me amas?”
“¿Debería?”
“Wally me amaba.”
Su voz sonaba irónica y fingida. Bajó la velocidad y luego apagó el motor, dejándonos a la deriva. Dije, “¿Por eso me golpeaste?”
“Wally te veía como un problema, pero no iba a matarte. Parecía que sí, pero no iba a hacerlo. La pistola era un accesorio, algo para asustarte.”
“¿Cómo sabes lo que pasó?”
“Sam llamó al avión. Y Zev me lo dijo. Se reía de cómo Sam había lanzado a Wally a la bahía, como si mereciera esa estúpida y degradante muerte. No sabía nadar.”
“Pobre bastardo. Me da pena.”
“Por favor, Herman, no te importa un carajo.”
“Es cierto.”
“Dime algo real. ¿Sigues enojado? ¿Sigues caliente? ¿Qué me vas a hacer… ahora que estamos lejos de la costa… y estoy indefensa?”
Sus ojos eran extraños diamantes azules, ejerciendo autoridad.
La lancha bogaba a la deriva y los tiburones se daban un festín en la bahía. Nos recostamos sobre la cubierta, mezclando nuestro sudor y nuestros jugos, haciendo el amor. Las nubes blanqueaban al pasar frente a la luna. La noche cayó toda en un suave y oscuro remolino, excepto por las estrellas y la luna y las eléctricas sílabas del perfil de Miami cantando en el horizonte, dividiendo la oscuridad de la oscuridad. Soñolienta y divertida, Penélope dijo, “Creo que te gusta mi cuerpo.”
“No eres un monstruo.”
“¿Y si lo fuera?”
“Sería una prueba.”
“Zev quiere que nos casemos.”
“¿De qué hablas?”
“Oh, lo harás. Iremos a Zurich con la cubana. Ella regresa sola a Cuba. Cuando nos casemos, te daré el cinco por ciento de un edificio. Clamas depreciación y no vuelves a pagar impuestos. Gasta el dinero en mí.”
“¿Y qué pasa con los hijos?”
“Los encontraremos, yo sé qué hacer.”
“Apuesto.”
En la desolación lujuriosa y soñolienta del momento, me pregunté si amaba a Penélope. La entrevista luna colgaba sobre la pregunta. Zev encontró el baile en las calles. Ella le recordaba a Zeva. Escuché mi voz, murmurando, “Zev está pensando en el lecho de muerte. Quiere a su hija de sangre.”
“Es de sangre, pero no es su hija.”
“¿No lo es?”
“Es de Chester. Nieta de Zev. Le habría importado menos si fuera suya. Pero ella no lo sabe, y la madre no se lo dirá. Zev lo sabía desde el principio, naturalmente. Consuela era una prostituta, y ya estaba preñada del hijo de Chester cuando Zev se ocupó de ella.”
“¿Zev se ocupó de Consuela, la amante de Chester? ¿Se la quitó? ¿Y a su hijo también?”
“Chester tenía diecisiete años. Había pasado una semana en Cuba divirtiéndose. Cuando regresó a los Estados Unidos no sabía nada. Consuela acudió a Zev y le dijo que necesitaba dinero para el aborto. Zev iba a pagarlo, pero cambió de idea y de último momento decidió quedarse con el bebé.”
“Zeva es mi prima segunda.”
“Sam dice que dormiste con ella.”
Las propiedades eran la dote de Penélope, y me figuré que iba a recibir más que un cinco por ciento de un edificio. Y en cuanto a Wally Blythe, a Penélope le importaba menos que a mí. Ella le había pedido que me matara. Eso se me había ocurrido antes, al grado de apresurar mi orgasmo, haciéndolo rápido, muy intenso. Sam tenía razón. A Penélope le preocupaba ser excluida del testamento de Zev por culpa de Zeva y de mí. Chester, el hijo despreciado, no tenía idea de que era padre.
Una estrella blanca brillaba sobre el agua, más grande y brillante cada vez, dirigiéndose hacia nosotros, lanzando haces de luz. Penélope sintió la tensión en mi cuerpo, y se sentó.
“¿Qué es?”
“No lo sé.”
“Es El Señor, el bote de Zev. Quiere una respuesta ahora mismo.”
Distinguí el perfil agudo de la proa y el largo mástil cruzado de luces, y luego vi a Zev. Estaba inclinado sobre la barandilla, mirando hacia nosotros. El Señor era largo y alto y glacial, brillante sobre la negra agua. Fuertes luces giraron alrededor de nuestra lancha. Penélope se puso de pie y saludó con la mano. “¿No es Zev maravilloso?” dijo, como una chiquilla atemorizada y lastimera. La cubrí con mi camisa, sintiéndome protector, como un esposo. Ella podía quedarse con los edificios. Los quería más que yo.
“¿Qué debo decirle?” preguntó. “¿Sí o no?”
“Lo estoy pensando.”
“Hay suficiente para los dos, pero debe ser para los dos. Así lo dice el testamento de Zev. Creo que olvidé mencionar el testamento. Hay detalles que deberías conocer, como lo de nuestro matrimonio. ¿Qué dices? Necesito tu ayuda, Herman. He escuchado que uno de los hijos está en Génova. Hay buenos restaurantes en Génova y en la costa. ¿Te gusta comer? Te necesito, Herman. Por favor. ¿Qué dices?”
“Tú qué crees?”
“Creo que me estás volviendo loca.”
Sostenía a Penélope junto a mí, saludando a Zev con el otro brazo. Lo vi fruncir el seño, con expresión incierta, no feliz. Mil cosas podrían haber provocado esa expresión, algo tan banal como un dolor de estómago, pero yo la atribuí a que Zev comprendía, por primera vez, que había perdido a Penélope. Ella le importaba más de lo que creía. Una chica mala. Era increíble cuánto me gustaba a mí también. Murmuré, a través de mi sonrisa, “Dile al viejo que sí.”
[1]“Shotgun”.Una casa construida en forma linear, o sea, todos los cuartos están en línea, generalmente con un pasillo al costado que conecta las habitaciones. Es llamado así porque es posible disparar una escopeta desde la puerta de atrás hasta la puerta de adelante sin pegarle a nada. Fuente: WordReference.com
posted by Mauricio Salvador @ 2:58 PM,
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Las historias de Gran Bertha, de Bobbie Ann Mason

Traducción de Mauricio Salvador
La última vez que Donald estuvo en casa fueron de compras al centro para comprar a Rodney unos zapatos que se anunciaban. Pasaron la mitad de la tarde en el centro comercial, sólo vagando. Donald y Rodney jugaron videojuegos. Jeannette sintió que eran una verdadera familia. Luego, en el estacionamiento, se detuvieron para ver a un hombre que mostraba serpientes sobre una plataforma. Los niños acariciaban a una pitón de 12 de pies enrollada alrededor de los hombros del tipo. Jeannette se sintió desmayar.
“Las serpientes no hacen daño a menos que tú les hagas daño,” dijo Donald, mientras Rodney acariciaba a la serpiente.
“Se siente como chocolate,” dijo.
El tipo de las serpientes tomó una tarántula de una caja de plástico y la guardó amorosamente en la mano. Dijo: “Si dejan caer una tarántula, se haría añicos como un adorno de navidad.”
“Odio todo esto,” dijo Jeannette.
“Vámonos de aquí,” dijo Donald.
Mientras Donald los apuraba para irse del centro comercial, Jeannette sintió que su familia se desintegraba como una tarántula haciéndose añicos. Rodney chilló y Donald lo arrastró consigo. Jeannette quería detenerse por un helado. Quería que se sentaran juntos tranquilamente en un gabinete pero Donald los urgió a volver al carro y condujo a casa en silencio, con el rostro lúgubre.
“¿Tuviste pesadillas con las serpientes?” preguntó Jeannette a Rodney el día siguiente, durante el desayuno. Comían panqués hechos de masa preparada para hacer panqués. Rodney azotó su tenedor contra la mancha de mermelada de sus panqués. “La serpiente negra es amiga del granjero,” dijo sobriamente, repitiendo un hecho aprendido del hombre de las serpientes.
“Gran Bertha tenía serpientes negras,” dijo Donald. “Las entrenaba para las
“Las serpientes no corren en las
“No eran las 500 de Indianápolis o las 500 de Daytona, o ninguna de las 500 que conozcas,” dijo Donald. “Estas eran las 500 de Possum Trot, y fue hace mucho tiempo. Gran Bertha comenzó las 500 originales, con serpientes. Serpiente negras y azules, principalmente. A veces también algunas rojas y blancas, pero esas eran raras.”
“Nosotros siempre corríamos por la azada si veíamos una serpiente negra,” dijo Jeannette, recordando su infancia en el campo.
A su manera, las ausencias de Donald eran un buen arreglo, incluso considerado. Los libra de sus malos humores, cuando no puede arreglárselas con sus recuerdos de Vietnam. Vietnam nunca había sido un hecho tan significativo hasta hacía un par de años, cuando empezó a sentirse deprimido y malhumorado, y comenzó a irse a Central City. Asustaba a Jeannette y ella decía siempre las palabras incorrectas en sus esfuerzos por tranquilizarlo. Si la gente de la asistencia social averiguara que él pasa ocasionales fines de semana en casa, y que incluso lleva algo de dinero, le cortarían a Jeannette la asistencia. Solicitó la asistencia porque no puede contar con que él le envíe dinero, aunque sabe que él la culpa por haber perdido la fe en él. En realidad él no trabaja con regularidad en las minas. Pasa el tiempo por ahí, merodeando, mirando el paisaje al ser despedazado, o los árboles cayendo o los arbustos volando por los aires. Algunas veces opera una pala excavadora de vapor, y cuando llega a casa la arcilla le cubre la ropa y se endurece en sus zapatos. La arcilla es del color del pudín de caramelo.
Al principio él intenta explicarse con Jeannette. Dice: “Si hubiéramos tenido allá tanques tan grandes como Gran Bertha, no habríamos perdido la guerra. Explotación a cielo abierto es justo lo que hacíamos allá. Quitábamos la superficie. La capa superior es como la gente y la cultura, la mejor parte de la tierra y del país. América sólo estaba quitando la capa superior, lo mejor. La arruinamos. Aquí, al menos, las compañías de carbón tienen que plantar algarrobos y pinos de incienso y toda clase de árboles y arbustos. Si hubiéramos hecho eso en Vietnam, quizá habríamos dejado al país en mejores condiciones.”
-¿Lo de Vietnam no fue hace mucho tiempo? –preguntaba Jeannette.
No quería escuchar acerca de Vietnam. Pensaba que era poco saludable insistir en ello. Él debería vivir en el presente. Su madre temía que Donald llegara a hacer algo violento, porque había leído en el periódico que un veterano en Louisville había a su pequeña hija mantenido como rehén en su departamento hasta que en el tiroteo la policía lo mató. Pero Jeannette no puede imaginar a Donald en esos extremos. Cuando lo vio por primera vez, muchos años atrás, en la lonchería de barbacoa de sus padres, donde trabajaba por entonces, él tenía un buen trabajo en un depósito de madera y vestía bien. La llevó a comer un restaurante elegante. Se emborracharon y terminaron en un motel de Tupelo, Mississippi, en el Boulevard Elvis Presley. Desde entonces él hablaba nostálgicamente de su año en Vietnam, sobre lo bello que era, y lo diferente que era la gente. Nunca parecía decir lo que de verdad quería decir. “Sólo son diferentes,” decía.
Continuaron viajando en un Chevy convertible de 1957. Maneja muy rápido, pero entonces no lo hacía, quizá porque se comportaba sobreprotector hacia el auto. Era un clásico. Lo vendió tres años atrás y sacó una buena ganancia. Por el tiempo que vendió el Chevy, su estado de ánimo comenzó a cambiar, su naturaleza atemperada cambió, como si tras manejar por una suave interestatal cambiara de pronto hacia una carretera secundaria. Tenía dolores de cabeza y pesadillas. Aunque sus pesadillas parecían triviales. Soñaba que conducía un tren a través de las Montañas Rocky, o que secuestraba un avión hacia Cuba, o que colgaba alambre de púas alrededor de la casa. Soñaba que perdía una muñeca. Se emborrachó y chocó el auto, el sucesor del Chevy, contra una estatua de
Rodney tiene sueños de Gran Bertha, ecos de las pesadillas de su padre, como las versiones en dibujos animados de los recuerdos de guerra de Donald. Pero Rodney ama las historias, incluso cuando resultan confusas, con montones de cabos sueltos. La última en la serie de Gran Bertha es “Gran Bertha y
-Esas historias no son ciertas –dice Jeannette a Rodney.
Rodney se tambalea y cae sobre la alfombra, con los brazos sobre las caderas y los codos hacia fuera. Comienza a reír tontamente y no puede parar. Cuando los espasmos le abandonan, dice: “Le hablé a Scottie Bidwell sobre Gran Bertha y no me creyó”
Donald toma a Rodney por los sobacos y lo coloca de pie. “Dile a Scottie Bidwell que si viera a Gran Bertha se orinaría en los pantalones, por la impresión.”
-¿Tienes miedo de Gran Bertha?
-No, yo no. Gran Bertha es una mujer maravillosa, una enorme mujer que puede cantar el blues. ¿Alguna vez has escuchado a Big Mama Thornton?
-No.
-Bueno, Gran Bertha es como ella, sólo que del tamaño de un edificio alto. Es lenta como una tortuga y cuando cruza la carretera tienen que desviar el tráfico. Es tan grande como para abarcar una autopista de cuatro carriles. Y tan alta que puede ver sin problemas hasta Tennessee. Y cuando eructa provoca una tormenta. Es grandiosa. Incluso puede volar.
-Es demasiado grande para volar- dice Rodney, incrédulo, y hace un gesto como si se secara la cara y Donald lucha con él y lo tira a la alfombra.
Donald ha estado bebiendo toda la noche, pero no está borracho. Los cubos de hielo se derriten y él se toma la bebida y la vuelve a llenar. Sigue hablando. Jeannette no lo recuerda hablando mucho sobre la guerra. Le habla sobre los depósitos de municiones. Jeannette tiene la vaga idea de que un depósito de municiones es una pila de cartuchos de escopeta, montones de casquillos y fragmentos de bombas, o lo que sea que queda, una vasta pila de la guerra, pero Donald le dice que no es así. Pasa una hora describiéndole a detalle, de tal forma que ella lo entiende.
Rellena el vaso con hielo, algo de 7-up, y un chorro de Jim Beam. Azota las puertas y los cajones, buscando un compás. Jeannette no puede seguirle la conversación. No importa que su cabello no esté peinado o que se la haya barrido el lápiz labial. Él no la está viendo.
-Te quiero dibujar el problema –dice, sentándose a la mesa con un hoja de la libreta de Rodney.
Donald dibuja un mapa con bolígrafo rojo y azul, con asteriscos y etiquetas técnicas que no significan nada para ella. Dibuja algunos círculos con el compás y mide algunos ángulos. Dibuja un círculo rojo sobre una línea oblicua, un sendero que conduce al depósito de municiones.
-Ahí es donde yo estaba. Justo aquí –dice-. Había un búfalo de la India que tropezó con una mina de tierra y sus cuernos volaron y se incrustaron en la pared de las barracas como un machete lanzado de revés –coloca un punto donde se encontraba la mina, y garabatea con el bolígrafo rojo, dibujando algo en la orilla del mapa que luce como plumas-. El depósito estaba aquí y yo estaba aquí, y aquí era donde apilábamos los costales de arena. Y aquí estaban los tanques –dibuja tanques, una fila de cuadrados con asas –el cañón sobresaliendo.
“¿Por qué te complicas hablándome de unos cuernos de búfalo que se clavaron en una pared?” desea saber ella.
Pero Donald sólo la mira como si hubiera preguntado algo obvio.
“Quizá podría entenderlo si me lo explicas,” dice ella, cautelosamente.
“Nunca vas a entenderlo.” Dibuja otro tanque.
En la cama, es lo mismo de siempre desde que él comenzó a ir a Central City –la manera como reclama su parte de la cama, alejándose de ella. Esta noche, ella lo alcanza y él la deja estar cerca de él. Ella llora por un momento y él yace ahí, esperándola a que termine, como si tan sólo estuviera poniéndose maquillaje.
“¿Quieres que te cuente una historia de Gran Bertha? –pregunta él, juguetonamente.
“Actúas como si estuvieras enamorado de Gran Bertha.”
Él ríe, respirándola. Pero no se acercará más.
“A ti ya no te importa cómo me veo,” dice ella, “¿qué se supone que debo pensar?”
“No hay nadie más. No hay nadie más que tú.”
Amar a una máquina gigante es incomprensible para Jeannette. Debe haber otra mujer, alguien así de grande en su mente. Jeannette ha visto la máquina de mina. La punta de la grúa es visible más allá del parque de Western Kentucky. La máquina se mantiene fuera de la vista de los viajeros porque podría dar una pobre imagen de Kentucky.
Por tres semanas, Jeannette ha estado viendo a un psicólogo en la clínica gratuita de salud mental. Es un hombre pequeño que no es del estado. Su nombre es Dr. Robinson, pero ella lo llama The Rapist porque la palabra therapist puede ser dividida en dos palabras, the rapist. Él no cree que su broma sea buena y actúa como si la hubiera escuchado miles de veces. Tiene el hábito de decir: “Vete con esa sensación,” de la misma manera que Bob Newhart en su viejo programa de televisión. Probablemente se trate de la primera lección en el libro, piensa Jeannette.
Ella le habló de los últimos días de Donald en su trabajo del depósito de madera –cómo dejaba caer la pila de madera deliberadamente y no sabía por qué, y sobre cómo huyó después de eso, y cómo comenzaron las historias de Gran Bertha. El doctor Robinson parecía esperar a que ella sacara algo claro de todo ese embrollo, pero era una locura que no le dijera qué hacer. Después de tres visitas, Jeannette se ha enojado con él, y ahora reprime las cosas. No le dirá si Donald duerme con ella cuando el vaya a casa. Déjenlo que adivine, piensa.
“Habla de ti,” dice él.
“¿Qué sobre mí?”
“Hablas de una manera tan vaga de Donald que tengo la sensación de que lo ves como algo más grande que la vida misma. No me hago una imagen de él. Y eso hace que me pregunte qué dice esto de ti.” Lleva la punta de su corbata a su nariz y la olfatea.
Cuando Jeannette dice que ella introduce a Donald, el terapista se muestra aburrido y no dice nada.
“Tuvo otra pesadilla la última vez que estuvo en casa,” dice Jeannette. “Soñó que gateaba entre una hierba muy alta y que la gente lo perseguía.”
“¿Cómo te sientes respecto de eso?” pregunta el terapista, ansiosamente.
“Yo no tuve la pesadilla,” dice ella, fríamente. “Donald la tuvo. Yo vine con usted para tener un consejo sobre Donald, y usted actúa como si yo fuera la que está loca. No estoy loca. Pero estoy sola.”
La madre de Jeannette, tras la barra de la lonchería, observa amorosamente cómo Rodney aprieta los botones de la rocola en la esquina.
“Es una pena por este jovencito,” dice, llorosamente. “Ese chico necesita un papá.”
“¿Qué es lo que quieres decirme? ¿Que debo solicitar el divorcio y conseguirle a Rodney un nuevo papá?”
Su madre luce ofendida.
“No, cariño,” dice. “Necesitas hacer que Donald busque al Señor. Y necesitas rezar más. No has ido a la iglesia últimamente.”
“Come un poco de barbacoa” retumba el padre de Jeannette, mientras sale de la cocina trasera. “Y llévate un poco a casa. Tienes a un en pleno crecimiento que alimentar.”
“Quiero llevar a Rodney a la iglesia,” dice la madre. “Quiero mostrarlo, quizá haría algo de bien.”
“La gente pensará que es huérfano,” dice el padre.
“No me importa,” dice la madre. “Yo lo quiero a montones y quiero llevarlo a la iglesia. ¿Te importaría si lo llevo a la iglesia, Jeannette?”
“No, no me importa si lo llevas a la iglesia.” Recibe la barbacoa de su padre. La grasa mancha el papel marrón que la envuelve. Papá les ha dado tanta barbacoa que Rodney se siente a reventar y no comerá más.
Jeannette se pregunta si pediría el divorcio en caso de que pudiera conseguir un empleo. Es un pensamiento por el bien del niño, piensa. Pero no hay muchos trabajos por ahí. Dado el costo de una niñera, no le convendría tener un empleo. Cuando Donald se fue por primera vez, su madre se hizo cargo de Rodney y ella tuvo un buen empleo, atendiendo un restaurante hasta que el restaurante se quemó una noche –fuego de aceite en la cocina. Después de eso, no pudo encontrar un trabajo estable, y se oponía a pedirle a su madre que cuidara una vez más de Rodney debido a su mala cadera. En el restaurante los hombres le daban buenas propinas y al pagar dejaban su número telefónico en la cuenta. Metían billetes y notitas en el bolsillo de su delantal. Una notia decía: “Quiero agarrar tus muffins.” Se trataba de hombres dedicados a las bienes raíces o de hombre de negocios en misiones importantes para la autoridad del valle de Tennessee. Eran bulliciosos y bebían demasiado. Decían que la llevarían de crucero en el Delta Queen, pero nunca les creyó. Sabía lo caro que era. Le hablaban de sus lanchas rápidas y la invitaban a dar un paseo en el Lago Barkley, o dar una vuelta en sus aviones privados. Siempre usaban la palabra vuelta. La pura idea le provocaba vértigo. Una vez, Jeannette dejó que un vendedor de electrónicos la paseara en su Cadillac, y recorrían The Trace, el camino que llevaba hasta el parque La Tierra entre los Lagos. Su auto tenía ventanas automáticas, estéreo, y números luminosos de computador sobre el tablero que le decían cuántas millas obtenía por galón y otras estadísticas. Decía que los números le distraían y que casi le habían provocado algunos incidentes. En el restaurante había sido extravagante, respetado por sus compañeros. A solas con Jeannette en el Cadillac, sobre El Camino, resultó tímido y torpe, y realmente no muy interesante. La cosa más interesante de él, pensó Jeannette, eran todos esos números luminosos sobre el tablero. El Cadillac lo tenía todo excepto videojuegos. Así que ella prefería dar vueltas con Donald, sin importar donde terminaran.
Mientras la trabajadora social está ahí, llenando su reporte, Jeannette escucha el auto de Donald. Cuando la trabajadora social llegó, el aleteo y el resuello de su auto sonaron como el del viejo Chevy de Donald, y por un momento su mente viajó al pasado. Ahora escucha y espera que Donald no venga. La trabajadora social es más joven que Jeannette y ha ido a la universidad. Su nombre es señorita Bailey, y es excesivamente alegre, pese a que en su trabajo ha visto cosas que harían que los problemas de Jeannette parezcan un viaje a Hawaii.
“¿Sigue tu hijito teniendo esos sueños extraños?” pregunta la señorita Bailey, alzando la vista de su carpeta.
Jeannette asiente y mira a Rodney, que tiene un dedo en la boca y no habla.
“¿El ratón te comió la lengua?” pregunta la señorita Bailey.
“Enséñale tus dibujos, Rodney.” Jeannette explica: “No habla acerca de los sueños, pero hace dibujos de ellos.”
Rodney lleva su carpeta de dibujos y los extrae silenciosamente. La señorita Bailey dice: “Hmm.” Son líneas austeras, notablemente duras para un chico de su edad. “¿Qué es esto?” pregunta. “Déjame adivinar. Dos bolas de helado?”
El dibujo se trata de dos enormes círculos llenando la página, con tres diminutas personas pegadas en una esquina.
“Estas son las tetitas de Gran Bertha,” dice Rodney.
La señorita Bailey ríe entre dientes y mira a Jeannette. “¿Qué te gusta leer, cariño?” pregunta a Rodney.
“Nada.”
“Puede leer,” dice Jeannette. “Es listo.”
“¿A usted le gusta leer?” pregunta la señorita Bailey a Jeannette. Mira de un vistazo la pila de libros sobre la mesa de café. Probablemente va a preguntar de dónde salió el dinero para comprarlos.
“No leo,” dice Jeannette. “Si leyera, me volvería loca.”
Cuando le dijo a The Rapist que no podía concentrase en nada serio, el le dijo que leyera novelas de romance para escapar de la realidad. “¡La realidad, por dios!” había dicho ella. “La realidad es todo mi problema.”
“Qué mal que Rodney no esté por aquí,” está diciendo Donald. Rodney está otra vez en el clóset. “Santa Claus tendrá que llevarse todos estos juguetes. ¡A Rodney le habría encantado esta bicicleta! Y este juego de Pac-Man. ¡Santa tendrá que llevarse tantas cosas que necesitará una camioneta!”
“No le trajiste nada. Nunca le traes nada,” dice Jeannette.
Él ha traído donas y ropa sucia. La ropa que usa está manchada por la arcilla. Su barba es más clara por trabajar bajo el sol, y se muestra juguetón, como siempre se muestra antes de sus ataques de humor, como migrañas, que alguna gente describe como tormentas.
Donald saca a Rodney del clóset usando las donas.
“¿Te portaste bien esta semana?”
“No lo sé.”
“Escuché que fuiste al supermercado e hiciste un berrinche.”
No es cierto que Rodney haya hecho una escena. Jeannette ya había explicado que Rodney estaba enojado porque ella no le pudo comprar un Atari. Pero no lo culpa por llorar. Estaba cansada de no poder comprarle nada.
Rodney come dos donas y Donald le cuenta una larga y confusa historia acerca de Gran Bertha y una banda de rock-and-roll. Rodney lo interrumpe con una docena de preguntas. En la historia, la banda de rock-and-roll da un concierto en un lugar que resulta ser un tiradero de desperdicios tóxicos y cuya contaminación se extiende a todo lo largo del país. La solución de Gran Bertha a este problema no es del todo clara. Jeannette permanece en la cocina, intentando encontrar la manera de preparar algo original con pure de papa instantáneo y restos de barbacoa.
“No podemos seguir así,” dice ella esa noche, en la cama. “Sólo nos lastimamos el uno al otro. Algo tiene que cambiar.”
Él gruñe como un niño. “Venir a casa desde el condado de Muhlenberg es como R y R –respiro y recreación. Lo explico en caso de que pienses que R y R significa rock-and-roll. O quizá rabo y retaguardia. O raído o rozado.” Ríe y con el cigarrillo dibuja un círculo en el aire.
“No soy tan tonta.”
“Cuando me vaya, regresaré a las minas.” Suspira, como si las minas fueran una carga eterna.
La mente de Jeannette da un salto al futuro: Donald encadenado a algún lugar, coloreando un libro de dibujos, haciendo ollas de arcillas, y ella y Rodney en otra ciudad, con otro hombre –tonto y nada sexy. Reuniendo coraje, dice: “Yo no he pasado por lo que tú has pasado y quizá no tengo el derecho a decir esto, pero a veces pienso que actúas como superior porque fuiste a Vietnam, como si nadie nunca fuera a saber lo que tú sabes. Bueno, a lo mejor no. Pero aún tienes piernas, aún cuando ya no sepas qué hacer con lo que tienes entre ellas.” Estallando en lágrimas de disculpa, no puede evitar añadir: “No puedes seguir contando a Rodney esas horribles historias. Tiene pesadillas cuando tú te vas.”
Donald se levanta de la cama y toma la foto de Rodney del tocador, sosteniéndola como si se tratara de una granada de mano. “Los chicos te traicionan,” dice, dando vuelta a la foto en su mano.
“Si te importara, te quedarías aquí.” Mientras él coloca la foto boca abajo ella pregunta: “¿Qué puedo hacer? ¿Cómo puedo entender lo que pasa en tu cabeza? ¿Para qué vas allá? Las minas a cielo abierto son malas para el medio ambiente y tú no tienes nada que ver con ello.”
“Mi trabajo es serio, Jeannette. Manejo esa pala a vapor y pongo la capa de tierra al revés. Estoy reclamando la tierra.” Sigue hablando, con un tono cortés, acerca del trabajo de las minas a cielo abierto, las mismas rancias cosas que ya has escuchado antes, cuando compara a Gran Bertha con un súper tanque. Si tan sólo hubieran tenido a Gran Bertha en Vietnam. Dice: “Cuando volaban la superficie, yo miraba los túneles donde el Viet Cong se escondía. Tenían tantos túneles que era increíble. Imagina la Cueva del Mamut a todo lo largo de Kentucky.”
“La Cueva del Mamut es una de las maravillas naturales del mundo,” dice Jeannette, brillantemente. Está diciendo la cosa incorrecta, otra vez.
En la mesa de la cocina, a las de la mañana, él habla de los C-54. Un C-54 es tan grande que puede llevar tanques, tropas y helicópteros, aunque no tan grande como para llevar a Gran Bertha. Divaga un poco, y cuando Jeannette le muestra los dibujos de círculos de Rodney, sonríe. Soñadoramente, comienza a hablar de pechos y muslos –de los largos y redondos muslos y de los grandes y redondos pechos de las mujeres americanas, contrastándolas con la frágil y delicada belleza de las orientales. Es como comparar un pollo con una gallina, dice. Jeannette se relaja. La confesión de otra mujer en otro tiempo no es difícil de sobrellevar. Parece obsesionado con los muslos y los pechos de las mujeres americanas –insistiendo para que ella comprenda lo delicadas y pequeñas que son las orientales-, pero de pronto vuelve a los tanques y los helicópteros.
-Un Cobra Bell Huey, Dios mío, qué hermosa máquina. ¡Tan eficiente!” Del fregadero, donde Jeannette la guarda, Donald toma la cuchilla del procesador de alimentos. “La hélice de un helicóptero puede cortar cualquier cosa en pedacitos.”
“No hagas eso,” dice Jeannette.
Él está intentando dar vueltas a la cuchilla sobre la barra, como un trompo. “Esto es lo que pasa cuando las hélices de un helicóptero chocan con un cable de luz –aunque no hay muchos por allá-, o contra un árbol. Tampoco muchos árboles, ahora que lo pienso, después de todo ese agente naranja.” Suelta la cuchilla y ésta golpea primero el cajón abierto y luego cae al suelo, pinchando el vinil.
Al principio Jeannette piensa que los gritos son suyos. Nunca ha visto a alguien llorar tan fuerte, como una intensa y rugiente lluvia de verano. Lo único que sabe hacer es alcanzarle unos Kleenex. Al final, él dice: Pensaste que quería lastimarte. Es por eso por lo que estoy llorando.”
“No te preocupes y llora,” dice Jeannette, atrayéndolo hacia sí.
“No te vayas.”
“Aquí estoy. No voy a ningún lado.”
En la noche, ella sigue escuchando, con la certeza de que su monólogo arde en su cerebro como un tatuaje. Nunca lo olvidará. Su voz se vuelve suave y juega con un bolígrafo, haciendo agujeros sobre una toalla de papel. Agujeros de bala, piensa ella. Su barba es como el nido de un ave, tejido con oscura seda de maíz.
“Esta es sólo una historia,” dice. “No significa nada. Relájate.” Ella está sentada en la parte dura de la silla de la cocina, las puntas de los pies helados, esperando. Las lágrimas de Donald se han secado y su voz se oye ligeramente entrecortada.
“Estábamos en un gran campamento cerca de una villa. Durante un tiempo fue sólo rutina. De vez en cuando íbamos a Da Nang y armábamos jaleo. Habíamos estado en la jungla por muchos meses así que dos meses en esa villa eran una especie de descanso. Casi un R y R. No tiembles. Es sólo una pequeña historia. No significa nada. Esto es nada, comparado con lo que podría decirte. Sólo escucha. Perdimos el miedo. Por la noche había un poco de artillería, y veíamos las ráfagas en el cielo, como apuntando a las estrellas, pero era bastante menor y después de lo que habíamos visto no lo tomábamos en serio. En la villa conocí a una familia vietnamita –una mujer y sus dos hijas. Vendían refresco de cola y cerveza a los soldados. La hija mayor se llamaba Phan. Podía hablar un poco de inglés. Era realmente lista. Solía visitarlas en su choza por las tardes –a la hora de la siesta. Era tan caluroso. Phan era bella, como el país. La villa era asquerosa, pero el país era bello. Y ella era tan bella, como si hubiera crecido lejos de la jungla, como una de esas flores que crecen en lo alto de los árboles y que en ocasiones nos asustaban, cuando creíamos que se trataba de snipers. Era tan amable, con esos ojos con forma de hueso de durazno, y quizá no era más alta que una chica de 13 o 14 años. Al principio me causaba gracia su estatura, pero después no importó. Era sólo una maravillosa característica suya, como el cabello o los pechos de una mujer.”
Se detiene y escucha, de la misma manera que solían hacer para escuchar los chillidos cuando Rodney era un bebé. Dice: Tomaba una de esas hojas gigantes de plátano y me abanicaba mientras yo estaba ahí, recostado bajo el calor.”
“No sabía que tuvieran plátanos allá.”
“¡Hay muchas cosas que no sabes! ¡Escucha! Phan tenía 23, y sus hermanos estaban lejos, luchando. Nunca pregunté de qué lado luchaban.” Y ríe. “Le causaba muchísima gracia la palabra abanico. Le dije que la palabra en inglés, fan, era la misma de su nombre. Ella pensó que yo le decía que su nombre significaba plátano. En vietnamita, una palabra puede tener una docena de significados, dependiendo de tu tono de voz. Apuesto a que no sabía eso, ¿verdad?”
“No. ¿Qué le pasó a ella?”
“No lo sé.”
“¿Ese es el final de la historia?”
“No lo sé.” Donald hace una pausa, luego sigue hablando, de la villa, de la chica, de las hojas de plátano, de una manera tan monótona que a Jeannette se le eriza la piel. Podría ser el tipo de las noticias en la habitación contigua.
“Debió gustarte mucho aquel lugar. ¿Desearías volver y averiguar qué fue lo que le pasó?”
“Ya no existe más,” dice él. “Todo voló.”
Abruptamente, Donald va al baño. Ella escucha el agua correr, las tuberías del sótano agitándose.
“Era tan linda,” dice él, cuando regresa. Frota su codo, distraídamente. “Aquella jungla era el lugar más bellos del mundo. Habrías pensado que te encontrabas en el paraíso. Pero lo volamos hasta lo cielos.”
En sus brazos, él tiembla, como las tuberías en el sótano, que siguen vibrando. Luego, tras una sacudida, las tuberías se detienen, pero él continúa temblando.
Viajan al Hospital de veteranos. Fue idea de Donald. Ella no siquiera tuvo que persuadirlo. Cuando hizo la cama, por la mañana –con una finalidad que la shockeó, como si supiera que nunca más iban a estar en ella juntos-, él le dijo que sería como R y R. Respiro era lo que necesitaban. Ninguno de los dos había dormido nada durante la noche. Jeannette sentía que debía estar despierta, escuchando más.
“Habla de las minas a cielo abierto,” dice ella ahora. “Eso es lo que te harán en la cabeza. Cavarán y sacarán todos esos horribles recuerdos, espero. No los necesitamos más por aquí.” Da una palmadita a su rodilla.
Es un día sin nubes, no lo apropiado para este sobrio viaje. Ella conduce y Donald se deja llevar obedientemente, con la resignación de un anciano que llevan al asilo. Viajan a través del sureste de Illinois, mejor conocido como Pequeño Egipto por alguna oscura razón que Jeannette nunca ha comprendido. Donald sigue hablando, pero muy bajo, sin urgencia. Cuando dibuja el escenario, Jeannette piensa en los primeros días de su matrimonio, cuando hacían un viaje como este y reían histéricamente. Ahora Jeannette señala las cosas divertidas que ve. El Mundo del Hot Dog de Pequeño Egipto, Limpiadores Faraón, Tienda de ropa la Pirámide. Apenas se da cuenta que es ella la que maneja, y cuando ve una señal, Club Starlite de Pequeño Egipto, se siente confundida por un momento y se pregunta a dónde ha sido transportada.
Cuando se separan, él pregunta: “¿Qué le dirás a Rodney si no regreso? ¿Qué tal si me mantienen aquí indefinidamente?”
“Vas a regresar. Le diré que regresarás pronto.”
“Dile que me fui con Gran Bertha. Dile que me lleva de crucero, a los mares del sur.
“No. Tú mismo se lo dirás.”
Él comienza a cantar una tonadita nerviosa, “¿Me dejarás llevarte de crucero?” Gruñe y le toquetea las costillas.
“Vas a regresar,” dice ella.
Donald escribe desde el Hospital de veteranos diciendo que hace progresos. Hay pruebas de velocidad y se reúne con un grupo de terapia en el que todos los veteranos intercambian recuerdos. Jeannette ya no depende de la asistencia social porque ahora tiene un trabajo atendiendo el Restaurante de la Familia Fred. Atiende familias y espera que Donald regrese a casa para que vayan al restaurante y coman juntos como una familia. Los padres la miran cabizbajos y los chicos arrojan la comida. Mientras Donald está fuera, ella reacomoda los muebles. Lee algunos libros de la biblioteca. Piensa mucho. Sucede que aunque ella lo ama, piensa en Donald primeramente como un esposo, como un proveedor, alguien cuyo apellido comparte, el padre de su hijo, alguien como uno de los padres que viene los miércoles por la noche a la promoción “todo el pescado frito que pueda comer.” Nunca he pensado en él como lo que es. No fue educada de esa manera, para examinar el alma de alguien más. Cuando se trata de algo muy profundo, nadie lo tomará para examinarlo, de la manera en que uno mira la ropa en las tiendas buscando desperfectos. Intenta explicar todo esto a The Rapist, y él dice que luce mejor, con brillo en los ojos. “Vaya,” dice ella. “¿Es todo lo que puede decir?”
Lleva a Rodney al centro comercial, lo que más les gusta hacer juntos, incluso pese a que Rodney siempre ruega por comprar algo. Se acercan a la barra de perfumes Penney’s. Ahí, usualmente se rocía con una o dos botellitas de colonia –Chantilly o Charlie o algo fuerte. Hoy se rocía dos o tres y sale de Penney’s oliendo como una flor de jardín.
“¡Apestas!” se queja Rodney, arrugando la nariz como un conejo.
“Gran Bertha huele así, sólo que mil veces peor, es tan grande,” dice, impulsivamente. “¿No te lo dijo papi?
“Papá es un mensajero del diablo.”
Esta es una idea que debió tomar en la iglesia. Sus padres lo han estado llevando cada domingo. Cuando Jeannette intenta tranquilizarlo respecto a su padre, Rodney se muestra escéptico. “Tiene una mirada rara, como si pudiera ver a través de mí,” dice el niño.
“Extraña algo,” dice Jeannette, con una ráfaga de optimismo, una sensación de reconocimiento. “Algo le sucedió una vez que se llevó la parte con que muestra lo mucho que nos quiere.”
“¿Como cuando curamos al gato?”
“Eso creo. Algo así.” Lo apropiado de su comentario la deja pasmada, aunque en cierta forma su hijo siempre ha comprendido bien a Donald. Los dibujos de Rodney han sido cada vez más pacíficos últimamente, dibujos de árboles flacos y de avionetas volando bajo. Esta mañana hizo dibujos de hierba alta, con criaturas escondidas en ella. La hierba está inclinada hacia un lado, como si una ligera brisa pasara a través de ella.
Con su cheque de pago, Jeannette le compra a Rodney un regalo, un trampolín en miniatura que habían visto anunciado en televisión. Se llama Señor Rebote. Rodney está loco con el trampolín y salta en él hasta que su cara enrojece. Jeannette descubre que a ella también le gusta. Lo coloca afuera, en el pasto, y hacen turno para saltar. Ella se hace una imagen de sí misma en el trampolín, su collar de marinero que aletea en el momento en que Donald regresa y la ve volando. Un día, un vecino manejando aminora la velocidad y le grita, mientras ella rebota: “¡Se te van a salir las tripas!” Jeannette comienza a pensarlo y la idea es tan horrorosa que deja de saltar tanto. Esa noche, tiene una pesadilla con el trampolín. En su sueño, está saltando sobre musgo suave hasta que de pronto se convierte en una pila elástica de cadáveres.
posted by Mauricio Salvador @ 12:50 PM,
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What You Pawn I Will Redeem, de Sherman Alexie
Wednesday, July 26, 2006

Traducción: Mauricio Salvador
Yo soy un indio de Spokane, un salish del interior, y mi pueblo ha vivido dentro de un radio de cien millas de Spokane, Washington, por al menos diez mil años. Crecí en Spokane, me mudé a Seattle hace veintitrés años para asistir a la universidad, fui expulsado tras dos semestres, trabajé para varios empleos manuales, me casé dos o tres veces, fui papá de dos o tres hijos, y enloquecí. Por supuesto “loco” no es la definición oficial de mi problema mental, pero tampoco creo que “desorden antisocial” lo sea, porque eso me suena a que soy un asesino serial o algo por el estilo. Nunca he lastimado a otro ser humano o, al menos, no físicamente. He roto algunos corazones en mis épocas, pero todos lo hemos hecho, así que no soy nada especial en ese aspecto. Además, soy un rompecorazones aburrido. Nunca he salido o me he casado más que con una mujer a la vez. No dejé un corazón hecho pedazos durante una noche. Los rompí lenta y cuidadosamente. Y no batí ningún record de velocidad mientras salía por la puerta. Pedazo a pedazo, desaparecía. He estado desapareciendo desde entonces.
No he tenido un hogar desde hace seis años. Si existiera algo como un efectivo hombre sin hogar, entonces supongo que soy efectivo. No tener hogar es quizá la única cosa en la que he sido bueno. Sé dónde conseguir la mejor comida gratis. Tengo amistades en restaurantes y con convenientes gerentes de tienda que me dejan usar el baño. Y no me refiero a los baños públicos. Hablo de los baños de empleados, los limpios que se esconden tras la cocina o la alacena o el refrigerador. Sé que suena extraño enorgullecerse de ello, pero para mí significa mucho ser lo suficientemente confiable como para orinar en el límpido baño de alguien más. Quizá no entiendas el valor de un baño limpio, pero yo sí.
Probablemente nada de esto te interese. Los indios sin hogar están en cualquier lugar de Seattle. Somos comunes y aburridos, y tú caminas como si nada junto a nosotros, quizá con una mirada de disgusto o incluso tristeza por el terrible destino del noble salvaje. Pero tenemos sueños y familias. Estoy en buenos términos con un indio de la llanura sin hogar cuyo hijo es editor de un periódico de los grandes, allá en el Este. Por supuesto, esa es su historia, pero nosotros los indios somos grandes narradores y mitómanos y creadores de leyendas, así que quizá aquel indio vagabundo de la llanura sólo es un viejo indio de todos los días. Tengo ciertas sospechas sobre él, porque sólo se identifica como indio de la llanura, un término genérico, y no por una tribu específica. Cuando le pregunté por qué no me decía exactamente de dónde era, dijo “¿Alguno de nosotros sabe exactamente lo que somos?” Vaya, qué bien, un indio filosofando. “Hey,” dije, “de seguro tienes un hogar para comportarte así.”
Él sólo se rió, me lanzó un saludo y se alejó.
Recorro las calles con una tripulación fija –mis compañeros, mis defensores, mi pandilla. Son Rosa de Sharon, Junior, y yo. Nos cuidamos uno al otro sin cuidar a nadie más. Rosa de Sharon es una mujer grande, de casi siete pies de altura si mides el efecto completo y como cinco pies de alto si sólo te fijas en lo físico. Es una india Yakama de una rama de los Wishram. Junior es un Colville aunque hay casi doscientas tribus que componen a los Colville, así que podría no ser nadie. Es guapo aunque parece salido de uno de esos anuncios públicos de no fumar. Tiene grandes huesos que son como planetas, ya sabes, con pequeñas lunas orbitando alrededor. Me pone celoso celoso, celoso. Si nos pones juntos, uno al lado del otro, él es el Indio Antes de la Llegada de Cristóbal Colón, y yo soy el Indio Después de la Llegada de Cristóbal Colón. Soy la prueba viviente del horrible daño que el colonialismo provocó en nosotros, los Pieles. Pero no voy a dejar que sepas cuánto miedo tengo de la historia y sus métodos. Soy un hombre fuerte, y sé que el silencio es el mejor método para lidiar con los tipos blancos.
Esta historia realmente comienza en el almuerzo, cuando Rosa de Sharon, Junior y yo manipulábamos el bote hacia el mercado de Pike Place. Tras dos horas de negociación ganamos cinco dólares, suficientes para una botellas de coraje fortificado del más hermoso 7-Eleven del mundo. Así que tomamos el camino, sintiéndonos como guerreros borrachos, y pasamos por esta casa de empeño que nunca había visto. Y eso era extraño, porque nosotros los Indios hemos desarrollado un radar de casas de empeño. Lo más extraño, sin embargo, era el viejo atavío de baile powwow que vi colgando en la ventana.
-Ese es el atavío de mi abuela –dije a Rosa de Sharon y Junior.
-¿Cómo sabes que es ese? –preguntó Junior.
No lo sabía con certeza, porque nunca había visto a una persona con un atavío. Sólo había visto fotografías de mi abuela bailando con él. Y eran fotos tomadas antes de que alguien le robara el atavío, cincuenta años atrás. Aún así lucía tal y como mi memoria lo recordaba, y tenía las mismas plumas coloreadas que mi familia solía coser en nuestros atavíos powwow.
-Sólo hay una manera de saberlo -dije.
Rosa de Sharon, Junior y yo entramos a la casa de empeño y saludamos al viejo hombre blanco detrás del mostrador.
-¿En qué puedo ayudarles? –preguntó.
-Ese es el atavío powwow de mi abuela, en su ventana –dije-. Alguien se lo robó hace cincuenta años, y mi familia lo ha buscado desde entonces.
El prestamista me miró como si yo fuera un mentiroso. Lo entendía. Los prestamistas se llenan de mentiras.
-No estoy mintiendo –dije-. Pregunte a mis amigos. Ellos le dirán.
-Es el Indio más honesto que conozco –dijo Rosa de Sharon.
-Muy bien, Indio honesto –dijo el prestamista-. Te otorgaré el beneficio de la duda ¿Puedes probar que es el atavío de tu abuela?
Porque no quieren ser perfectos, porque sólo Dios es perfecto, el pueblo Indio cose desperfectos en sus atavíos powwow. Mi familia siempre cosía un adorno amarillo en algún lugar del atavío. Pero lo escondíamos tan bien que debías buscar en serio para de verdad encontrarlo.
-Si de verdad es de mi abuela –dije-, entonces tendrá un adorno amarillo escondido en algún lugar.
-Muy bien, pues –dijo el prestamista-. Vamos a echar un vistazo.
Bajó el atavío de su lugar junto a la ventana. Lo extendió sobre el mostrador de vidrio y comenzamos a buscar el adorno hasta que lo encontramos debajo de la axila.
-Aquí está –dijo el prestamista, sin traslucir la menor sorpresa-. Tenías razón. Este es el atavío de tu abuela.
-Ha estado perdido por cincuenta años –dijo Junior.
-Hey, Junior –dije-. Es la historia de mi familia. Déjame contarla.
-Está bien –dijo-. Me disculpo. Adelante.
-Ha estado perdido por cincuenta años –dije.
-Es la historia triste de su familia –dijo Rosa de Sharon-. ¿Va usted a devolverle el atavío?
-Eso sería lo correcto –dijo el prestamista-. Pero no puedo darme el lujo de hacer lo correcto. Pagué mil dólares por él. Simplemente no puedo dejar ir mil dólares.
-Podríamos ir a la policía y decir que fue robado –dijo Rosa de Sharon.
-Hey –le dije-. No comiences a amenazar gente.
El prestamista suspiró. Pensaba en las posibilidades.
-Bueno, supongo que deberían ir con los policías –dijo-. Pero no creo que les crean una palabra.
Pareció triste por ello. Como si lamentara aprovecharse de nuestras desventajas.
-¿Cómo te llamas? –me preguntó.
-Jackson –dije.
-¿Nombre o apellido?
-Ambos –dije.
-¿Hablas en serio?
-Sí, es verdad. Mi madre y mi padre me llamaron Jackson Jackson. El mote de mi familia es Jackson al Cuadrado. Mi familia es divertida.
-Muy bien, Jackson Jackson –dijo el prestamista-. ¿No creo que tengas mil dólares, verdad?
-Tenemos cinco dólares en total –dije.
-Eso está muy mal –dijo, y pensó duro en las posibilidades-. Te lo vendería en mil dólares si los tuvieras. Pero mira, para hacerlo justo te lo venderé por novecientos noventa y nueve dólares. Yo pierdo un dólar. Eso sería lo correcto en este caso. Perder un dólar sería lo correcto.
-Tenemos cinco dólares en total –dije.
-Eso está muy mal –dijo una vez más, y pensó aún más en las posibilidades-. ¿Qué tal esto? Te daré veinticuatro horas para volver aquí con novecientos noventa y nueve dólares. Regresas aquí a la misma hora de mañana con el dinero y te lo venderé. ¿Qué te parece?
-Suena bien -dije.
-Muy bien, entonces –dijo-. Tenemos un trato. Y te daré un comienzo. Aquí tienes veinte dólares.
Abrió su cartera y extrajo un arrugado billete de veinte dólares y me lo dio. Rosa de Sharon, Junior y yo salimos a la luz del día para buscar novecientos setenta y cuatro dólares más.
1 P.M.
Rosa de Sharon, Junior y yo nos llevamos nuestro billete de veinte dólares y nuestros cinco dólares en suelto al 7-Eleven y compramos tres botellas de imaginación. Necesitábamos imaginarnos cómo juntar todo el dinero en un sólo día. Pensando fuerte, terminamos en un callejón debajo del Viaducto de Alaska y nos terminamos las botellas, una, dos, tres.
2 P.M.
Rosa de Sharon se había ido cuando desperté. Más tarde escuché que había vuelto a Toppenish haciendo autostop y estaba viviendo con su hermana en la reserva.
Junior se había desmayado junto a mí y estaba cubierto por su propio vómito, o quizá el vómito de alguien más; me dolía el corazón de tanto pensar, así que lo dejé ahí y caminé hasta el agua. Me gusta el olor del océano. La sal siempre huele como la memoria.
Cuando me acerqué al muelle me encontré en una banca de madera a tres primos Aleut, que contemplaban la bahía y lloraban. La mayoría de los Indios sin hogar provienen de Alaska. Uno por uno aguardan un gran barco pesquero en Anchorage o Barrow o Juneau, hacen su camino hasta Seattle, saltan del bote con el bolsillo lleno de dinero y festejan a lo grande en uno de los sagradísimos y tradicionales bares Indios, quiebran, y vuelven a quebrar, y desde entonces siguen buscando un bote que los devuelva al helado Norte.
Estos Aleut olían a salmón, pensé, y me dijeron que iban a permanecer sentados en aquella banca hasta que su bote regresara.
-¿Desde cuando se fue su bote? –pregunté.
-Siete años –dijo el Aleut más viejo.
Lloré con ellos por un rato.
-Hey, chicos –dije-. ¿Tendrán algún dinero que me puedan prestar?
No tenían.
3 P.M.
Regresé con Junior. Seguía frío. Puse mi cara cerca de su boca para asegurarme de que respiraba. Estaba vivo, así que revisé sus bolsillos y encontré medio cigarrillo. Me lo fumé todo y pensé en mi abuela.
Su nombre era Agnes, y murió de cáncer de mama cuando yo tenía catorce. Mi padre siempre pensó que Agnes había adquirido el cáncer de las minas de uranio de la reserva. Pero mi madre decía que la enfermedad había comenzado cuando Agnes regresaba de un baile powwow una noche y fue arrollada por una motocicleta. Se rompió tres costillas, y mi madre siempre dijo que aquellas costillas nunca sanaron bien, y los tumores aparecen cuando no sanas bien.
Sentado junto a Junior, oliendo el humo y la sal y el vómito, me preguntaba si el cáncer de mi abuela comenzó el día que alguien le robó su atavío. Quizá el cáncer comenzó en su corazón roto y entonces se filtró hacia el pecho. Yo sé que es una locura, pero me preguntaba si podría regresar a mi abuela a la vida recobrando su atavío.
Necesitaba dinero, mucho dinero, así que dejé a Junior y caminé hasta la oficina de Cambio Real.
4 P.M.
Cambio Real es una organización multifacética que publica un periódico, apoya proyectos culturales para potenciar a los pobres y a los sin hogar, y moviliza al público hacia diversas cuestiones de la pobreza. La misión de Cambio Real es organizar, educar y construir alianzas para crear soluciones para la pobreza y la falta de vivienda. Existe para darle voz a la gente pobre de nuestra comunidad.
Memoricé la declaración de Cambio Real porque algunas veces voy a vender el periódico en las calles. Sin embargo, tienes que estar sobrio para hacerlo, y no siempre soy bueno mientras estoy sobrio. Cualquiera puede vender el periódico. Compras una copia por treinta centavos, la vendes por un dólar y te quedas la ganancia.
-Necesito mil cuatrocientos treinta periódicos –dije al Gran Jefe.
-Es una cantidad extraña –dijo él-, y muchísimos periódicos.
-Los necesito.
El Gran Jefe sacó su calculadora e hizo la cuenta.
-Te costarían cuatrocientos veinte nueve dólares –dijo.
-Si yo tuviera ese dinero, no necesitaría vender los periódicos.
-¿Qué pasa, Jackson a la Segunda Potencia? –preguntó. Él es la única persona que me llama así. Es un hombre divertido y agradable.
Le dije lo del atavío powwow de mi abuela y cuánto dinero necesitaba para comprarlo de vuelta.
-Deberíamos llamar a la policía –dijo.
-No quiero hacer eso –dije-. Es un reto. Necesito ganarlo por mí mismo.
-Comprendo –dijo-. Y para ser honesto, te daría los periódicos si supiera que va a funcionar. Pero el récord de periódicos vendidos en un día por un vendedor es de trescientos dos.
-Podría hacer unos doscientos dólares –dije.
El Gran Jefe usó su calculadora.
-Doscientos cuarenta y siete dólares y cuarenta centavos –dijo.
-No es suficiente –dije.
-La cantidad más grande que alguien ha ganado en un día es de quinientos veinticinco dólares. Y eso porque alguien le dio a Viejo Azul billetes de cien por alguna maldita razón. El promedio de ganancia es de treinta dólares.
-Esto no va a funcionar.
-No.
-¿Me puedes prestar un poco de dinero?
-No puedo hacer eso –dijo-. Si te presto dinero entonces tendré que prestarle a todos.
-¿Y qué puedes hacer?
-Te voy a dar cincuenta periódicos gratis. Pero no le digas a nadie que te los di.
-Okey –dije.
Juntó los periódicos y me los dio. Los apreté contra mi pecho. Me abrazó. Volví al agua con los periódicos.
5. PM
Otra vez en el muelle, me coloqué cerca de la terminal de Bainbridge Island e intenté vender los periódicos a los hombres de negocios que abordaban el ferry.
Vendí cinco en una hora, tiré los otros cuarenta y cinco en un bote de basura, me fui a un McDonalds, ordené cuatro hamburguesas con queso de a dólar, y me las comí lentamente.
Después de comer salí a la calle y vomité en la acera. Odio perder la comida tan rápidamente después de comerla. Como indio alcohólico y de estómago descompuesto que soy, siempre espero tener suficiente comida como para mantenerme vivo.
6. PM
Con un dólar en el bolsillo, regresé adonde Junior. Seguía desmayado, así que coloqué mi oído en su pecho para escuchar el latido de su corazón. Estaba vivo; entonces le quité los zapatos y las calcetas y encontré un dólar en un la calceta izquierda y cincuenta centavos en la derecha.
Con dos dólares y cincuenta centavos en la mano, me senté junto a Junior y pensé en mi abuela y sus historias.
Cuando yo tenía trece, mi abuela me contó una historia sobre la Segunda Guerra Mundial. Fue enfermera en un hospital militar de Sydney, Australia. Por dos años, curó y reconfortó a soldados americanos y australianos.
Un día atendió a un soldado maorí, que había perdido las piernas en un ataque de artillería. Tenía la piel muy oscura. Su cabello era negro y ensortijado y sus ojos negros y cálidos. Su cara estaba cubierta de tatuajes brillosos.
-¿Eres maorí? –le preguntó a mi abuela.
-No –dijo ella-, soy una india Spokane. De los Estados Unidos.
-Ah, sí –dijo él-, he oído hablar de esas tribus. Pero tú eres la primera india americana que conozco.
-Hay muchísimos soldados indios luchando por los Estados Unidos –dijo ella-. Tengo un hermano peleando en Alemania, y perdí otro en Okinawa.
-Lo siento –dijo él-. También estuve en Okinawa. Fue terrible.
-Yo lo siento por tus piernas –dijo mi abuela.
-Es divertido, ¿verdad?
-¿Qué es divertido?
-Cómo nosotros, la gente de color, anda matando a otra gente de color para que la gente blanca sea libre.
-No lo había pensado de esa manera.
-Bueno, algunas veces lo pienso de esa manera. Y otras lo pienso de la manera en que ellos quieren que lo piense. Me confunde.
Ella le inyectó morfina.
-¿Crees en el cielo? –preguntó él.
-¿Qué cielo? –dijo ella.
-Hablo del cielo donde mis piernas me están esperando.
Ambos rieron.
-Por supuesto –dijo él-, mis piernas probablemente huirán de mí cuando llegue al cielo. ¿Y cómo voy a atraparlas?
-Tienes que fortalecer los brazos –dijo mi abuela-. Así podrás correr con tus manos.
Rieron de nuevo.
Sentado junto a Junior, me reí de las historias de mi abuela. Coloqué la mano cerca de la boca de Junior para asegurarme de que aún respiraba. Sí, Junior seguía vivo, así que tomé mis dos dólares y cincuenta centavos y caminé hacia un almacén coreano en Pioneer Square.
7. PM
En el almacén coreano compré un cigarrillo de cincuenta centavos y dos billetes de lotería instantánea por un dólar cada uno. El premio máximo en efectivo era de quinientos dólares. Y si ganaba ambos, tendría suficiente dinero para comprar el adorno.
Yo amaba a Mary, la joven coreana que atendía la caja registradora. Ella era la hija de los dueños, y cantaba todo el día.
-Te amo –dije, cuando le di el dinero.
-Siempre dices que me amas –dijo ella.
-Es porque siempre te amo.
-Eres un pobre sentimental.
-Soy un viejo romántico.
-Demasiado viejo para mí.
-Sé que soy demasiado viejo para ti, pero puedo soñar.
-Ok –dijo-. Acepto ser parte de tus sueños. Pero sólo te tomaré la mano en tus sueños. Nada de besos ni de sexo. Ni siquiera en tus sueños.
-Ok –dije-. Nada de sexo. Sólo romance.
-Adiós, Jackson Jackson, mi amor. Te veré luego.
Dejé el almacén, caminé por el Occidental Park, me senté en una banca y me fumé el cigarrillo entero.
Diez minutos después de fumarme el cigarrillo, raspé el primer boleto de lotería y no gané nada. Ahora sólo podía ganar quinientos dólares y eso sería sólo la mitad de lo que necesitaba.
Diez minutos después de perder raspé el otro boleto y gané un boleto gratis, un pequeño consuelo y una oportunidad más de ganar dinero.
Regresé adonde Mary.
-Jackson Jackson –dijo-. ¿Has venido a reclamar mi amor?
-Gané un boleto gratis –dije.
-Como cualquier hombre –dijo-. Amas el dinero y el poder más de lo que me amas a mí.
-Es verdad –dije-. Lamento que sea así.
Me dio otro boleto y lo llevé afuera. Me gusta rascar mis boletos en privado. Esperanzado y triste, rasqué mi tercer boleto y gané dinero de verdad. Lo llevé nuevamente con Mary.
-Gané cien dólares –dije.
Examinó el boleto y rió.
-Es una fortuna –dijo, y me contó cinco de a veinte. Nuestros dedos se tocaban mientras me daba el dinero. Me sentí electrizado y firme.
-Gracias –dije, y le di uno de los billetes.
-No puedo aceptarlo –dijo-. Es tu dinero.
-No, es tribal. Es una cosa india. Cuando ganas, se supone que debes compartirlo con tu familia.
-No soy de tu familia.
-Lo eres.
Sonrió. Tomó el dinero. Con ochenta dólares en el bolsillo le dije adiós a mi querida Mary y caminé hacia afuera, hacia la noche fría.
8. PM
Quería compartir las buenas noticias con Junior. Caminé de vuelta pero ya no estaba. Más tarde escuché que hizo autostop hasta Portland, Oregon, y que murió a la intemperie, en un callejón junto al Hotel Milton.
9.PM
Solitario para ser indio, llevé mis ochenta dólares hasta el Corazones Grandes, en la parte sur de la ciudad. Corazones Grandes es un bar para indios. Nadie sabe cómo o por qué los indios migran a un bar y lo transforman en un bar indio oficial. Pero Corazones Grandes ha sido un bar indio por veintitrés años. Solía estar arriba, en la avenida Aurora, pero un loco indio Lummi le prendió fuego, y los dueños se mudaron a un nuevo lugar, a unas cuadras al sur de Safeco Fields.
Entré a Corazones Grandes y conté quince indios hombres y siete mujeres. No sabía nada de ellos, pero como a los indios les gusta ser parte de algo, todos pretendemos ser primos.
-¿Cuánto por un trago de whisky? –le pregunté al barman, un tipo blanco y gordo.
-¿Quieres del malo o del peor?
-Del más malo que tengas.
-Un dólar el trago.
Dejé mis ochenta dólares en la barra.
-Bien –dije-. Yo y mis primos vamos a bebernos ochenta tragos. ¿Cuántos le tocan a cada uno?
-Contándote a ti –gritó una mujer detrás de mí-, son cinco tragos por cabeza.
Me giré para mirarla. Era una rechoncha y pálida india, sentada junto a un indio alto y flaco.
-Muy bien, genio –le dije, y grité, para que todo el bar me escuchara-: Cinco tragos para cada uno.
Todos los indios celebraron, y yo me senté con la matemática y su flaco amigo. Nos tomamos nuestro tiempo con los tragos de whisky.
-¿Cuál es tu tribu? –pregunté.
-Soy una Duwamish –dijo-. Y él es Crow.
-Bastante lejos de Montana –le dije a él.
-Soy un Crow –dijo-. Volé hasta aquí.
-¿Cómo se llaman? –pregunté.
-Yo soy Irene Muse –dijo ella-. Y él es Chico Dulce.
Ella agitó mi mano con fuerza, pero él me la ofreció como si debiera besarla. Así que lo hice. Se rió y sonrojó tanto como un Crow de piel oscura puede hacerlo.
-Eres uno de esos “dos espíritus”, ¿verdad? –le pregunté.
-Amo a las mujeres –dijo-. Y amo a los hombres.
-A veces al mismo tiempo –dijo Irene.
Y reímos.
-Hombre –dije a Chico Dulce-, entonces debes tener ocho o nueve espíritus dentro de ti, ¿cierto?
-Cariño –dijo-. Puedo ser lo que quieras que sea.
-Oh, no –dijo Irene-. Chico Dulce se está enamorando.
-No tiene nada que ver con el amor –dijo él.
Reímos.
-Wow –dije-. Me siento halagado, Chico Dulce, pero no juego en ese equipo.
-Nunca digas nunca –dijo él.
-Mejor ten cuidado –dijo Irene-. Chico Dulce conoce todo tipo de trucos mágicos.
-Chico Dulce –dije-. Puedes intentar seducirme, pero mi corazón pertenece a una mujer llamada Mary.
-¿Tu Mary es virgen? –preguntó Chico Dulce.
Reímos.
Y bebimos nuestros tragos de whisky hasta que se acabaron. Pero entonces los otros indios me trajeron más tragos de whisky porque había sido generoso con mi dinero. Y Chico Dulce sacó su tarjeta de crédito y yo bebí y navegué sobre ese bote de plástico.
Tras una docena de tragos, le pedí a Irene que bailáramos. Se negó. Pero Chico Dulce se movió hacia el tocadiscos, metió un cuarto de centavo, y seleccionó “Help Me Make It Through the Night”, de Willie Nelson. Y mientras Irene y yo permanecíamos en la mesa, riendo y bebiendo más whisky, Chico Dulce bailó lentamente a nuestro alrededor siguiendo la canción con Willie.
-¿Me estás dando una serenata? –pregunté.
Siguió cantando y bailando.
-¿Me estás dando una serenata? –pregunté otra vez.
-Te está hechizando –dijo Irene.
Me incliné sobre la mesa, derribando algunos tragos, y besé a Irene con fuerza. Y ella me besó.
10 P.M.
Irene me empujó hacia los baños de mujeres, cerró la puerta tras nosotros y hundió sus manos en mis pantalones. Era bajita, así que debía inclinarme para besarla. Agarré y apreté cada parte de su cuerpo que pude alcanzar. Era increíblemente gorda, y cada parte de su cuerpo era como un tibio y largo pecho suave.
MEDIANOCHE
Casi ciego por el alcohol, estaba solo en el bar y hubiera jurado que tan sólo un minuto atrás había estado con Irene.
-¡Un trago más! –grité al barman.
-¡No tienes más dinero! –me contestó.
-Alguien compre un trago para mí –grité.
-¡Tampoco tienen dinero!
-¿A dónde se fueron Irene y Chico Dulce?
Se habían ido.
2 A.M.
-Hora de cerrar –gritó el barman a los tres o cuatro indios que aún bebíamos fuerte después de un largo y difícil día de bebida. Los indios son o bien sprinters o bien maratonistas.
-¿A dónde se fueron Irene y Chico Dulce? –pregunté.
-Hace horas que se fueron –dijo el barman.
-¿A dónde fueron?
-Te lo he dicho cien veces. No lo sé.
-¿Y qué se supone que voy a hacer?
-Es hora de cerrar. No me importa a dónde vayas, pero no puedes permanecer aquí.
-Bastardo malagradecido. Fui bueno contigo.
-Si no te vas ahora mismo, te va a ir mal.
-Vamos. Sé pelear.
Él vino hacia mí. No recuerdo lo que pasó después.
4 P.M.
Emergí de la oscuridad y me descubrí caminando detrás de un gran almacén. No sabía dónde estaba. Me dolía la cara. Me toqué la nariz y pensé que podía estar rota. Exhausto y con frío, tomé una lona de plástico de un camión, la envolví a mi alrededor como un fiel amante, y caí dormido sobre la tierra.
6 A.M.
Alguien me dio una patada en las costillas. Abrí los ojos y miré a un policía blanco.
-Jackson –dijo el policía-. ¿Eres tú?
-Oficial Williams –dije. Era un buen policía, con unos dientes finos. Me había dado cientos de caramelos durante varios años. Me pregunté si él sabía que yo era diabético.
-¿Qué demonios haces aquí? –preguntó.
-Tenía sueño y estaba congelado –respondí-. Así que me tiré.
-Tonto de mierda, te desmayaste sobre los rieles del tren.
Me senté y miré a mi alrededor. Yacía sobre los rieles del tren. Los trabajadores del muelle me miraban. Podía haber sido una pizza de tren, un indio doble con peperoni y extra queso. Enfermo y asustado me incliné y vomité whisky.
-¿Qué es lo que pasa contigo? –preguntó el oficial Williams-. Nunca habías sido tan estúpido.
-Es mi abuela –dije-. Murió.
-Lo siento, hombre. ¿Cuándo murió?
-En mil novecientos setenta y dos.
-¿Y te estás matando ahora?
-Me he estado matando desde que murió.
Sacudió la cabeza. Se sentía triste por mí. Como ya dije, era un buen policía.
-Y alguien te dio una buena golpiza –dijo-. ¿Recuerdas quién?
-El señor Grief y yo tuvimos unos cuantos rounds.
-Parece que el señor Grief te noqueó.
-El señor Grief siempre gana.
-Vamos –dijo-. Muévete de aquí.
Me ayudó a levantarme y me llevó hasta su coche patrulla. Me sentó en la parte trasera.
-Vomita ahí atrás y tendrás que limpiarlo –dijo.
-Es justo.
Rodeó el auto y tomó asiento del lado del conductor.
-Te voy a llevar a desintoxicación. –dijo.
-No, hombre, ese lugar es horrible –dije-. Está lleno de indios borrachos.
Reímos. Se alejó de los muelles.
-No sé cómo lo hacen ustedes –dijo.
-¿Quiénes ustedes?
-Ustedes los indios. ¿Cómo hacen para reír tanto? Te acabo de levantar de las vías del tren y ya estás haciendo bromas. ¿Por qué demonios haces eso?
-Las dos tribus más divertidas entre las que he estado son las de los indios y los judíos, así que supongo que eso habla acerca del humor inherente al genocidio.
Reímos.
-Escúchate, Jackson. Eres listo. ¿Qué haces en las calles?
-Dame mil dólares y te lo diré.
-Te daría mil dólares si supiera que eso enderezaría tu vida.
Y lo decía de verdad. Era el segundo mejor policía que había conocido.
-Eres un buen policía –dije.
-Vamos, Jackson –dijo-. No me vengas con eso.
-No, de verdad. Me recuerdas a mi abuelo.
-Claro, eso es lo que ustedes los indios me dicen siempre.
-No, hombre. Mi abuelo era un policía tribal. Era un buen policía. Nunca arrestó a nadie. Cuidaba de la gente. Igual que tú.
-Yo he arrestado a cientos de escorias, Jackson. A un par les disparé en el culo.
-No importa. No eres un asesino.
-No los maté. Maté sus culos. Soy un mata culos.
Pasamos por el centro. Las misiones y los albergues ya habían soltado a sus trasnochadores. Hombres y mujeres, adormilados, sin hogar, estaban en las esquinas y contemplaban el cielo gris. Era la mañana siguiente a la noche de los muertos vivos.
-¿Alguna vez tuviste miedo? –pregunté al oficial Williams.
-¿Qué quieres decir?
-Quiero decir, ser un policía, ¿te da miedo?
Lo pensó durante un rato. Lo reflexionó. Eso me gustaba de él.
-Creo que intento no pensar mucho en el miedo –dijo-. Si piensas en el miedo, entonces tendrás miedo. El trabajo es aburrido la mayor parte del tiempo. Sólo conduciendo y mirando los rincones oscuros, ya sabes, y no viendo nada. Pero luego las cosas se ponen pesadas. Estás persiguiendo a alguien, o combatiéndolos, o caminas alrededor de una casa oscura y sabes que algún tipo loco está escondido justo a la vuelta, y mierda, sí es de miedo.
-Mi abuelo murió cumpliendo su deber –dije.
-Lo siento. ¿Cómo pasó?
Sabía que escucharía mi historia con atención.
-Trabajaba en la reserva. Todos se conocían. Era seguro. No somos como esos locos indios Sioux o Apaches o cualquiera de esas otras tribus guerreras. Sólo habían ocurrido tres asesinatos en los últimos cien años.
-Eso es seguro.
-Seguro. Nosotros los Spokane somos pasivos, ya sabes. Usamos mucho la lengua. Y decimos palabrotas a quien sea. Pero no disparamos a la gente, ni la apuñalamos. No mucho, por lo menos.
-¿Entonces qué pasó con tu abuelo?
-Un tipo y su novia estaban peleando cerca de Little Falls.
-Pelea doméstica. Esas son las peores.
-Sí, pero este tipo era el hermano de mi abuelo. Mi tío abuelo.
-Oh, no.
-Sí, fue terrible. Mi abuelo entró a la casa. Había estado ahí cientos de veces. Y su hermano y su novia estaban borrachos y golpeándose uno al otro. MI abuelo se interpuso entre ellos, como había hecho cientos de veces. La novia se tropezó con algo. Cayó y al golpearse la cabeza comenzó a llorar. Y mi abuelo se arrodilló junto a ella para ver si estaba bien, y por alguna razón, mi tío abuelo lo alcanzó, sacó la pistola del estuche de mi abuelo y le disparó en la cabeza.
-Es terrible. Lo siento.
-Sí, mi tío abuelo nunca supo por qué lo hizo. Fue a la cárcel de por vida, ya sabes, y siempre escribe cartas larguísimas. Como cincuenta páginas de letra manuscrita minúscula. Y siempre intenta comprender por qué lo hizo. Escribió y escribió y escribió intentando comprenderlo. Nunca lo logró. Es un gran misterio.
-¿Recuerdas a tu abuelo?
-Un poco. Recuerdo el funeral. Mi abuela no dejaba que lo enterraran. Mi padre tuvo que separarla a la fuerza de la tumba.
-No sé qué decir.
-Yo tampoco.
Nos detuvimos frente al centro de desintoxicación.
-Llegamos –dijo el oficial Williams.
-No puedo entrar ahí –dije.
-Tienes que entrar.
-No, por favor. Me van a encerrar durante veinticuatro horas. Y entonces ya va a ser muy tarde.
-¿Muy tarde para qué?
Le conté del atavío de mi abuela y del tiempo límite que tenía para recuperarlo.
-Si fue robado, debes declararlo –dijo-. Lo investigaré por mí mismo. Si pertenece de verdad a tu abuela, yo te lo regresaré. Legalmente.
-No –dije-. Eso no es justo. El prestamista no sabía que era robado. Y además, esta es una misión mía. Quiero ser un héroe, ¿sabes? Lo quiero ganar por mí mismo, como un caballero.
-Eso es romanticismo barato.
-Puede ser. Pero me importa. Hace mucho tiempo que algo no me importaba tanto.
El oficial Williams giró en su asiento y me observó. Me estudió.
-Te daré un poco de dinero –dijo-. No tengo mucho. Sólo treinta dólares. Estoy corto hasta el día de paga. No es suficiente para recuperar el atavío. Pero es algo.
-Los tomo –dije.
-Te los doy porque creo en lo que tú crees. Tengo la esperanza, y no sé por qué es así, pero tengo la esperanza de que de alguna manera puedes convertir treinta dólares en mil.
-Creo en la magia.
-Yo creo que vas a tomar mi dinero y emborracharte con él.
-¿Entonces por qué me lo estás dando?
-No hay nada parecido a un policía ateo.
-Sí los hay.
-Bueno, yo no soy un policía ateo.
Me dejó salir del auto, me dio dos de a cinco y uno de veinte y me dio un saludo de manos.
-Cuídate, Jackson –dijo-. Y mantente alejado de las vías del tren.
-Lo intentaré –dije.
Se alejó. Con mi dinero caminé hasta un baño.
8 A.M.
En el muelle, aquellos tres Aleuts aún esperaban sentados en la banca de madera.
-¿Han visto su barco? –pregunté.
-Hemos visto montones de barcos –dijo el Aleut más viejo-. Pero no nuestro barco.
Me senté en la banca con ellos. Estuvimos en silencio durante mucho tiempo. Me pregunté si nos fosilizaríamos si aguardábamos el tiempo suficiente.
Pensé en mi abuela, y en que nunca la vi bailar con su atavío. Y más que nada, deseaba haberla visto bailar en el powwow.
-Hey, chicos, ¿conocen alguna canción?
-Yo me sé todo de Hank Williams –dijo el Aleut más viejo.
-¿Y canciones indias?
-Hank Williams es indio.
-¿Y canciones sagradas?
-Hank Williams es sagrado.
-Hablo de canciones ceremoniales. Ya saben, las religiosas. Las canciones que cantas en casa cuando deseas y esperas algo.
-¿Qué es lo que deseas y esperas?
-Desearía que mi abuela aún viviera.
-Todas las canciones que conozco son sobre eso.
-Bueno, cántame tantas como puedas.
El Aleut cantó sus bellas y extrañas canciones. Escuché. Cantaron sobre mi abuela y sobre sus abuelas. Ellos estaban solos a causa del frío y de la nieve. Yo estaba solo por todo.
10 A.M.
Cuando el Aleut cantó la última canción, permanecimos en silencio durante un rato. Los indios son buenos para el silencio.
-¿Fue esa la última canción? –pregunté.
-Cantamos todas las canciones que pudimos –dijo el viejo Aleut-. Las otras sólo son para nuestro pueblo.
Lo entendí. Los indios debemos mantener nuestros secretos. Y estos Aleuts eran tan secretos que no se referían a ellos mismos como indios.
-Chicos, ¿tienen hambre? –pregunté.
Se miraron entre ellos y se comunicaron sin palabras.
-Podemos comer –dijo el viejo.
11 A.M.
Los Aleuts y yo caminamos hacia Big Kitchen, un grasoso restaurante popular en el Distrito Internacional. Sabía que atendían a indios sin hogar a los que les caía algún dinero en suerte.
-¿Cuatro desayunos? –preguntó la mesera cuando entramos.
-Sí, tenemos mucha hambre –dijo el Aleut más viejo.
Nos llevó a un compartimiento cerca de la cocina. Podía oler el aroma de la comida. Mi estómago gruñó.
-¿Quieren cuentas separadas? –preguntó la mesera.
-No, yo pago –dije.
-¿No eres tú el tipo generoso? –dijo.
-No hagas eso –dije.
-¿Hacer qué? –preguntó.
-No me hagas preguntas retóricas. Me asustan.
Pareció confundirse un momento, pero luego se rió.
-Muy bien, profesor –dijo-. Desde ahora sólo te haré preguntas reales.
-Gracias.
-¿Qué quieren comer, chicos?
-Esa es la mejor pregunta que alguien puede hacer –dije-. ¿Qué es lo que tienes?
-¿Cuánto dinero tienes?
-Otra buena pregunta –dije-. Puedo gastar veinticinco dólares. Tráenos todo el desayuno que puedas, y añade la propina.
Ella sabía el cálculo.
-Muy bien, eso son cuatro especiales y cuatro cafés, y el quince por ciento para mí.
Los Aleuts y yo esperamos en silencio. Muy pronto, la mesera volvió y nos sirvió cuatro cafés que bebimos hasta que volvió con cuatro platos de comida. Huevos, tocino, tostadas, puré de papa. Es sorprendente cuánta comida puedes comprar con tan poco dinero.
Agradecidos, celebramos.
MEDIODÍA
Dije adiós a los Aleuts y caminé hacia la casa de empeño. Más tarde escuché que los Aleuts habían vadeado por las aguas cercanas al muelle 47 y desaparecieron. Algunos indios juran que los vieron caminar sobre el agua y dirigirse al norte. Otros dicen que los Aleuts se ahogaron. No sé lo que les pasó.
Busqué la casa de empeño y no podía encontrarla. Juro que no estaba en el lugar donde había estado antes. Caminé durante veinte o treinta cuadras buscándola, doblé en esquinas, crucé intersecciones y busqué el nombre en la guía telefónica y le pregunté a la gente si habían escuchado hablar de ella. Pero la casa de empeño parecía haber izado las velas como un barco fantasma. Quería llorar. Y en el mismo instante en que me estaba dando por vencido, cuando doblé la última esquina y pensé que podría morir si no encontraba la casa de empeño, ahí estaba, en un sitio en el que, apenas unos minutos atrás, juro que no estaba.
Entré y saludé al prestamista, que parecía más joven que la primera vez.
-Eres tú –dijo.
-Sí, soy yo –dije.
-Jackson Jackson.
-Ese es mi nombre.
-¿Dónde están tus amigos?
-Están de viaje. Pero está bien, los indios están por todos lados.
-¿Tienes el dinero?
-¿Cuánto era lo que necesitaba? –pregunté y esperaba que la cantidad hubiera cambiado.
-Novecientos noventa y nueve dólares.
Seguía siendo el mismo precio. Por supuesto que era el mismo precio. ¿Por qué iba a cambiar?
-No tengo ese dinero.
-¿Cuánto tienes?
-Cinco dólares.
Dejé el Lincoln arrugado sobre la barra. El prestamista lo estudió.
-¿Son los mismos cinco dólares que ayer?
-No, son diferentes.
Pensó en las posibilidades.
-¿Trabajaste duro por este dinero? –preguntó.
-Sí –dije.
Cerró los ojos y pensó aún más duro en las posibilidades. Luego fue a la habitación trasera y regresó con el atavío de mi abuela.
-Tómalo –dijo, y me lo alcanzó.
-No tengo el dinero.
-No quiero tu dinero.
-Pero yo lo quería ganar.
-Lo hiciste. Ahora llévatelo antes de que me arrepienta.
-¿Sabe cuántos hombres buenos hay en el mundo? ¡Demasiados para contarlos!
Tomé el atavío de mi abuela y salí afuera. Sabía que aquel adorno amarillo era parte de mí. Sabía que en parte yo mismo era aquel adorno amarillo. Afuera, me vestí con el atavío y respiré con él. Dejé la banqueta y entré a la intersección. Los peatones se detuvieron. Los autos hicieron alto. La ciudad se detuvo. Todos ellos me miraron bailar con el atavío de mi abuela. Yo era mi abuela, bailando.
posted by Mauricio Salvador @ 9:39 AM,
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You're ugly, too, de Lorrie Moore
Tuesday, July 19, 2005
Había que salir de vez en cuando de ellos, de esos pueblos de Illinois de nombres graciosos: Paris, Oblongo, Normal. Una vez, cuando el Dow Jones cayó doscientos puntos, un periódico local alardeaba en el encabezado principal: “HOMBRE NORMAL SE CASA CON MUJER OBLONGA.” Sabían lo que era importante. ¡Lo sabían! Pero tendrías que salir de vez en cuando, siquiera para cruzar la frontera de Terre Haute y ver una película.
Fuera de París, a la mitad de un largo campo, había un conjunto de edificios de ladrillos, una pequeña universidad de artes con el improbable nombre de Hiladle-Versailles. Zoë Hendricks llevaba tres años enseñando Historia de los Estados Unidos. Enseñaba: “La Revolución y más allá” a estudiantes de primer y segundo año, y cada tercer semestre llevaba el seminario principal para estudiantes de maestría, y aunque las evaluaciones de sus estudiantes habían empeorado en el último año y medio –La profesora Hendricks casi siempre llega tarde a clase y usualmente lo hace con una taza de chocolate caliente del que ofrece sorbitos a la clase-, en general el departamento de nueve hombres se sentía agradecido de tenerla. Sentían que añadía el necesario toque femenino a los corredores –ese tenue rastro de Obsesión y sudor, y el ligero, rápido cloqueo de los tacones. Además habían tenido una reputación de discriminación sexual y el decano había dicho que, bueno, ya era hora.
La situación no era fácil para ella, lo sabían. Una vez, al comienzo del último semestre, había llegado al salón de lectura cantando: “Getting To Know You” de cabo a rabo. A pedido del decano, el presidente del consejo la llamó a su oficina, pero no le pidió ninguna explicación, en realidad. Le pregunto cómo se sentía y sonrió de una manera particular. Ella dijo: “Bien,” y el presidente estudió la manera en como lo dijo, con los dientes delanteros mordiendo el labio inferior. Casi era linda, pero su rostro mostraba la tensión y la ambición de siempre haber estado cerca pero no del todo. Se notaba mucho esmero con el delineador de ojos, y sus aretes, gastados, sin duda, porque carecía de drama, provocaban un poco de miedo al sobresalir de los lados de su cabeza como antenas.
-Estoy perdiendo el juicio -dijo Zoë a su joven hermana, Evan, en Manhattan. La profesora Hendricks parece conocer el soundtrack completo de ‘El rey y yo.’ ¿Es esto Historia? Zoë le telefoneaba cada jueves.
-Siempre dices eso -dijo Evan-, pero entonces estás en tus viajes o tus vacaciones y todo vuelve a su lugar y te estás quieta por un tiempo y entonces dices que estás bien, que estás ocupada, y entonces otra vez dices que te estás volviendo loca y otra vez a comenzar -Evan era diseñadora de comida a medio tiempo para tomas de fotos. Cocinaba verduras en tinte verde. Dejaba un guiso de bistec sobre una cama de canicas e iba de compras por diferentes y nuevos tipos de spray de silicona y cubos de hielo de plástico. Pensaba que su vida estaba bien. Vivía con su novio de hacía muchos años, que era independientemente rico y tenía un divertido y trabajo en el negocio de las publicaciones. Ya eran cinco años desde que dejaran la universidad, y vivían en un lujoso edificio del centro con balcón y acceso a la alberca. “No es lo mismo que tener tu propia alberca,” suspiraba Evan siempre, como para que Zoë supiera que había aún cosas que ella, Evan, tenía que tolerar.
“Illinois. Estar aquí me pone sarcástica,” dijo Zoë al teléfono. En general, solía insistir en que era ironía, algo gentilmente depositado en capas, sofisticado, algo ajeno al medio oeste aunque sus estudiantes lo seguían llamando sarcasmo, una cosa que se sentían calificados para reconocer, y ahora ella no tenía más remedio que aceptar. No era ironía. “¿Cuál es su perfume?” le preguntó una vez un estudiante. “Aromatizante para cuartos” dijo ella. Sonrió pero él la miró, desconcertado.
Por mucho, sus estudiantes eran buenos representantes del medio oeste, embobados por el estrógeno que extraían de grandes cantidades de carne y huevo. Compartían los valores suburbanos de sus padres; y ellos, sus padres, les habían dado cosas, cosas, cosas. Eran complacientes. Los habían comprado. Y ahora estaban armados con una saludable vaguedad acerca de cualquier aspecto histórico o geográfico. En realidad, parecían saber demasiado poco sobre nada, aunque mostraban buen humor al respecto. “Todos esos estados del Este son tan pequeños y amontonados”, se quejaba uno de sus estudiantes la semana que Zoë leía “El momento crucial de la Independencia: La batalla de Saratoga.” “Profesora Hendricks, usted es de Delaware, ¿verdad?” le preguntó el estudiante. “Maryland” corrigió Zoë. “Ah” dijo él, despreciativamente, “Nueva Inglaterra.”
Sus artículos –capítulos para un libro titulado Escuchándolos: Usos del humor en la Presidencia de los Estados Unidos- eran en general bien recibidos, aunque salieran lentamente de su cabeza. Le gustaba que sus artículos contemplaran todas las etapas del día –incluso desconfiaba de las cosas escritas solamente de mañana-, por lo que releía y rescribía laboriosamente. Ninguna faceta del día –su humor, su luz- podía predominar. A veces hasta durante un año pendía de un artículo, revisándolo a todas horas, hasta que el día, en su totalidad, quedaba registrado.
Su trabajo anterior al de Hilldale-Versailles lo tuvo en un pequeño colegio de New Geneva, en Minnesota, la Tierra de los Moribundos Centros Comerciales. Todos ahí eran tan rubios que en general a las castañas se les consideraba extranjeras. El hecho de que la Profesora Hendricks sea de España no le da el derecho a ser tan negativa hacia nuestro país. Existía un marcado interés hacia la alegría. Quizá porque en New Geneva nadie esperaba que fueras crítica o quejosa. Y nadie esperaba, tampoco, que notaras que la ciudad había crecido demasiado y que sus centros comerciales lucían viejos y naufragaban. No debías decir que no estabas “bien, gracias ¿y usted?” Se esperaba, en suma, que fueras Heidi. Que llevaras leche de cabra hasta las colinas sin pensarlo dos veces. Heidi no se quejaba. Heidi no hacía cosas como pararse frente a la nueva fotocopiadora IBM diciendo “Si esta fotocopiadora de mierda se vuelve a estropear, me corto las venas.”
Pero ahora, en su segundo trabajo, en su cuarto año de enseñanza en el Medio Oeste, Zoë estaba descubriendo algo que nunca sospechó tener: una veta de malhumor, crispada y aguda. Alguna vez consintió a sus alumnos, cantándoles canciones, permitiéndoles que la llamaran incluso a casa para hacerle preguntas personales, más ahora comenzaba a perder simpatía. Ya eran diferentes. Comenzaban a parecerle demandantes y malcriados.
“Usted actúa,” le dijo uno de sus estudiantes de último curso durante una conferencia, “como si su opinión valiera más que la cualquiera en la clase.”
Los ojos de Zoë se abrieron de par en par. “Soy la maestra,” dijo. “Me pagan para actuar así.” Miró atentamente a la estudiante, que llevaba un lazo en el cabello como si fuera una cowgirl en una serie campirana de TV. “Quiero decir, de otra manera todos en la clase tendrían pequeñas oficinas y horario de trabajo.” Muchas veces la Profesora Hendricks toma el tiempo de la clase para hablar de las películas que ha visto. Observó a la estudiante un poco más, y añadió: “Apuesto a que eso te gustaría.”
“A lo mejor le sueno un tanto quejica,” dijo la chica, “pero lo único que quiero es que mi carrera de historia signifique algo.”
“Bueno, ése es tu problema,” dijo Zoë, y, con una sonrisa, le mostró la puerta. “Me gusta tu lazo,” dijo.
Zoë se desvivía por el correo, por el cartero –ese pájaro tan mozo-, y cuando recibía una carta real con un sello real de cualquier parte, se la llevaba a la cama y la leía una y otra vez. También veía televisión a todas horas y tenía el equipo en su habitación –mala señal. La Profesora Hendricks ha hablado mal Fawn Hall, de la religión católica y de todo el estado de Illinois. Es increíble. En época de Navidad daba veinte dólares de propina al cartero y a Jerry, el único taxista de la ciudad, a quien ella había llegado a conocer durante todos sus viajes de ida y vuelta al aeropuerto de Terre Haute, y quien, desde que se dio cuenta que tales viajes eran una extravagancia, le ofrecía tarifas especiales.
“Voy a tomar un vuelo y visitarte este fin de semana,” anunció Zoë.
“Esperaba que lo hicieras,” dijo Evan. “Charlie y yo vamos a tener una fiesta de Halloween. Va a ser muy divertido.”
“Ya tengo disfraz. Es un casco. De esos que parecen un hueso gigante que te atraviesa la cabeza.
“Buenísimo,” dijo Evan.
“Sí, muy bueno.”
“Todo lo que yo tengo es mi máscara de luna del año pasado y del antepasado. Probablemente terminaré casándome con ella.”
“¿Tú y Charlie se van a casar?” Zoë se sintió ligeramente alarmada.
“Hmmmmmmmno, no inmediatamente.”
“No se casen.”
“¿Por qué?”
“No ahora mismo. Eres muy joven.”
“Sólo dices eso porque eres cinco años mayor que yo y no te has casado.”
“¿No me he casado? Ay, Dios mío,” dijo Zoë, “Olvidé casarme.”
Zoë había salido con tres hombres desde su llegada a Hilldale-Versailles. Uno de ellos era un burócrata municipal que había arreglado una multa por mal estacionamiento que ella había llevado para protestar, y luego la invitó a tomar un café. Al principió, pensó que era maravilloso –¡al fin alguien que no quería a una Heidi! Pero pronto comprendió que todos los hombres, muy en el fondo, deseaban una Heidi. Heidis con escotes. Heidis con ropa de gimnasia. El burócrata de la multa por mal estacionamiento pronto se volvió cansado e intermitente. Un frío día de otoño, en su elegante e impráctico convertible, a la pregunta de ella de qué es lo que andaba mal, él dijo, “No te vendría nada mal un poco de ropa nueva, sabes.” Ella usaba un montón de pana verde grisácea. Tenía la impresión de que resaltaba sus ojos, esas dos estrellas tímidas. Sacudió una hormiga de su manga.
“¿Tenías que hacerlo precisamente en el auto?” preguntó él, mientras manejaba. Observó sus pectorales, mirando primero el izquierdo, luego el derecho, en un vistazo general. Vestía una camiseta ajustada.
“¿Perdón?”
Él disminuyó la velocidad en la luz ámbar, y frunció el ceño.
“¿Acaso no podías levantarlo y arrojarlo fuera del auto?”
“¿La hormiga? Me pudo haber mordido. Quiero decir, ¿qué diferencia hay?”
“¡Te pudo haber mordido! Já. Qué ridículo. Ahora va a dejar huevecillos en mi auto.
El segundo tipo era más dulce, grandote, aunque no insensible a ciertas pinturas y canciones, pero con frecuencia, también, las cosas que hacía o decía terminaban por asustarla. Una vez, en un restaurante, robó las guarniciones de su plato y esperó a que ella lo notara. Cuando no lo hizo, finalmente extendió los puños sobre la mesa y dijo “Mira,” y al abrirlos ahí estaba su ramita de perejil y su rebanada de naranja arrugada y hecha bolita. En otra ocasión le describió su más reciente visita al Louvre. “Y ahí estaba yo, frente a La barca de Dante, de Delacroix, y todos se habían marchado por lo que tuve mi propia audiencia privada, con todas esas sombras agonizantes abriéndose en todas direcciones, y aquel movimiento de la pintura que comenzaba desde el fondo en remolinos, acumulándose más y más en la roja tela de la capucha de Dante, arremolinándose en la distancia, hacia donde podías ver las llamas anaranjadas.” Se quedó sin aliento en la descripción. Ella lo halló conmovedor y sonrió para animarlo. “Un cuadro así,” dijo él, meneando la cabeza. “Hace que uno se cague encima.”
“Tengo que preguntarte algo,” dijo Evan. “Sé que hay mujeres que se quejan de no conocer hombres pero, en serio, yo conozco muchos. Y no todos son homosexuales, te lo aseguro.” Hizo una pausa. “Ya no.”
“¿Qué me estás preguntando?”
El tercer tipo era un profesor de ciencias políticas llamado Murray Peterson que gustaba salir en parejas con colegas por cuyas esposas se sentía atraído. Usualmente la esposas le permitían algo de coqueteo. No era raro que bajo la mesa se diera algo de toqueteo con los pies, o incluso con las rodillas. Entonces Zoë y el esposo se quedaban solos con la comida, mirando fijamente hacia los vasos, y masticando como chivos. “Oh, Murray,” dijo una esposa, que nunca terminó su master en terapia física y usaba ropas anchas. “Sabes, me sé todo acerca de ti: tu cumpleaños, el número de tu matrícula. Lo he memorizado todo. Pero sólo es por la clase de mente que tengo. Una vez, en una fiesta, sorprendí a los anfitriones cuando me levanté y me despedí de todos los que estaban ahí, por nombre y apellido.”
“Yo conocí a un perro que podía hacer eso,” dijo Zoë, con la boca llena. Murray y la esposa la miraron con gesto de enfado y reproche, pese a que el esposo parecía de pronto muy divertido. Zoë pasó el bocado. “Era un labrador parlante, y tras diez minutos de escuchar la conversación de la cena este perro sabía los nombres de cada persona. Podías decirle, ‘Lleva este cuchillo a Murray Peterson’, y lo hacía.”
“En serio,” dijo la esposa, frunciendo el ceño, y Murray Peterson nunca más la volvió a llamar.
“¿Estás viendo a alguien?” preguntó Evan. “Lo pregunto por un motivo particular. No es que me esté portando como mamá.”
“Estoy viendo mi casa. La atiendo cuando se pone húmeda, cuando llora, cuando vomita.” Zoë había adquirido una casa de campo cerca del campus, aunque justo ahora pensaba que no debió hacerlo. Era difícil vivir en una casa. Se la pasaba entrando y saliendo de las habitaciones, buscando dónde había dejado las cosas. Iba al sótano sin razón alguna excepto porque le divertía poseer una sótano. También le divertía poseer un árbol.
Sus padres, en Maryland, estaban muy contentos de que al fin una de sus hijas fuera capaz de permitirse una propiedad, y cuando cerró el contrato le enviaron flores con una carta de felicitaciones. Su madre, incluso, le había enviado una caja de viejas revistas de decoración guardadas durante años –fotografías de hermosas habitaciones con las que su madre fantaseaba, puesto que nunca, en realidad, había habido dinero para redecorar. Era más como poseer la pornografía de mamá, esa caja, heredar sus fantasías más profundas, el deseo y la coquetería ilimitados que habían sido su vida. Aunque para su madre se trataba de un pasaje ritual que le encantaba. “Quizá puedas sacar algunas ideas de esto,” le escribió. Así que cuando Zoë miró las fotografías, las audaces y hermosas habitaciones, se sintió llena de nostalgia. Ideas e ideas de nostalgia.
Justo ahora la casa de Zoë se encontraba casi vacía. Los dueños anteriores habían empapelado alrededor de los muebles dejando siluetas y huecos extraños en las paredes, y no es que Zoë se hubiera aplicado ya a remediarlo. Compró muebles, luego los quitó, amueblando y desamueblando, preparando y cuidando, como a un útero. Había comprado muchos arcones de madera de pino para usarlos como sofá o cajas de zapatos, pero pronto comenzó a verlos más y más como ataúdes de niños, y los devolvió. Y recientemente también había comprado una alfombra oriental para la sala, con símbolos chinos que no entendía. La vendedora insistió en que significaban “Paz” y “Vida eterna”, y la verdad es que Zoë se mostró un tanto preocupada el día que trajo la alfombra a casa. ¿Qué tal si los símbolos no significaban “Paz” y “Vida eterna”? ¿Qué tal si querían decir, digamos, “Bruce Springsteen”? Y mientras más lo pensaba, más se convencía de poseer una alfombra que decía “Bruce Springsteen.” Así que esa también la devolvió.
Llegó a comprar, también, un pequeño espejo barroco para la entrada que, según le dijo Murray Peterson, alejaba a los malos espíritus. Como fuera, el espejo le llenaba de miedo, asustándola con el reflejo de una mujer que ella nunca reconocía. En ocasiones lucía más hinchada y simplona de lo que recordaba. Otras veces oscura y cambiante. Pero la mayor parte del tiempo, simplemente, lucía vaga. “Te pareces a alguien que conozco” le habían dicho dos extraños el año pasado en Terre Haute. De hecho, y por momentos, no parecía poseer un aspecto propio, o cualquier aspecto, pero luego la divertía saber que los colegas y los estudiantes la reconocían del todo. ¿Cómo lo sabían? Cuando entraba a un salón, ¿cómo luciría para que ellos la reconocieran? ¿Como así? ¿Es que ella se veía así? Y entonces devolvió el espejo.
“La razón por la que te pregunto esto es porque conozco a un hombre que quizá deberías conocer,” dijo Evan. “Es divertido. Es heterosexual. Es soltero. Es todo lo que voy a decir.”
“Creo que estoy muy vieja para la diversión,” dijo Zoë. Tenía un oscuro y erizado pelo en la barbilla, y justo ahora podía sentirlo con el dedo. Quizá es que cuando has pasado demasiado tiempo sin el sexo opuesto, comienzas a parecértele. En un acto de invención desesperada, comienzas a desarrollar el tuyo propio. “Lo único que quiero es ir a la fiesta, usar mi casco, hacerle una visita al pez tropical de Charlie y preguntarte sobre tus plantas.
Estaba pensando en todas las páginas de “Nuestra Constitución: Cómo Nos Afecta,” que tenía que corregir. Pensó en las pruebas de ultrasonido que iba a hacerse el viernes, porque según su doctor, y el asistente de su doctor, tenía un grande y misterioso crecimiento en su abdomen. Vesícula biliar, era lo que decían. U ovarios, o colon. “¿De verdad practican medicina?” preguntó Zoë en voz alta, después que ellos salieran de la habitación. Una vez, de niña, llevó a su perro al veterinario, que le dijo: “Bueno, tu perro tiene parásitos, o cáncer o un auto lo golpeó.”
Deseaba llegar a Nueva York.
“Bueno, como sea. Nos la pasaremos bien. No puedo esperar a verte, chica. Y no olvides tu hueso en la cabeza,” dijo Evan.
“No es algo que se olvide,” dijo Zoë.
“Supongo,” dijo Evan.
Lo del ultrasonido lo mantenía en secreto, incluso para Evan. “Siento que me estoy muriendo,” le había insinuado una vez a Evan, por teléfono. “No te estás muriendo,” le dijo Evan, “sólo estás disgustada.”
“Ultrasonido,” decía Zoë ahora, medio en broma, al técnico que le ponía el gel sobre su abdomen desnudo. “¿No le suena como a un gran sistema de sonido?
No había tenido nadie que armara tanto lío sobre su estómago desnudo desde que su novio de posgrado, que revoloteaba sobre ella cada vez que se sentía mal, movía los brazos, presionaba las manos contra su ombligo, y cantaba, evangélicamente, “Sana! Sana! Por el amor del Bebé Jesús!” Y Zoë reía y hacían el amor, ambos con la esperanza secreta de que ella quedara embarazada. Luego se preocupaban, y él, hundiendo la mejilla sobre su vientre le preguntaba si tenía retraso, ¿lo tenía? ¿estaba segura?, debería tener retraso, pero cuando pasaron dos años sin lograr el embarazo comenzaron a pelearse y finalmente se separaron.
“Okey,” dijo el técnico, distraídamente.
El monitor estaba en marcha, y las entrañas de Zoë aparecieron en la pantalla en toda su gris y jironeada vaciedad. Lucían como el mármol en las más finas gradaciones, desde el negro hasta el blanco, como la piedra de una vieja iglesia o la foto de la luna. “No le parece,” balbuceó al técnico, “que el aumento de la infertilidad entre tantas parejas de este país se debe a que son dos razas completamente diferentes que intentan reproducirse?” El técnico movió el escáner en giros y tomó más fotos. Por una en particular, de la parte derecha de Zoë, el técnico se mostró súbitamente alerta, y la máquina emitió un chasquido.
Zoë observó la pantalla. “Eso que encontró ahí debe de ser el crecimiento,” sugirió Zoë.
“No le puedo decir nada,” dijo el técnico, un tanto rígido. “Su doctor tendrá el reporte del radiólogo esta tarde y le telefoneará.”
“Estaré fuera de la ciudad,” dijo Zoë.
“Lo siento,” dijo el técnico.
Conduciendo a casa, Zoë miró por el retrovisor y decidió que lucía... bueno, ¿cómo podría uno describirlo? Un poco pálida. Recordó la broma del tipo que visita a su doctor y el doctor le dice: “Siento decirlo, pero usted sólo tiene seis semanas de vida.”
“Quiero una segunda opinión,” dice el tipo. Usted actúa como si fuera superior a todos en la clase.
“¿Quiere una segunda opinión? Muy bien,” dice el doctor, “También es feo.” Le gustaba esa broma. Creía que era terrible, terriblemente divertida.
Tomó un taxi al aeropuerto. Jerry, el conductor, se mostró feliz de verla.
“Diviértase en Nueva York,” dijo, sacando la maleta del portaequipaje. Ella le gustaba. O al menos siempre actuaba como si así fuera. Ella lo llamaba Jare.
“Gracias, Jare.”
“¿Sabe? Le diré un secreto. Nunca he estado en Nueva York. Le diré dos secretos. Nunca he estado en un avión.” La despidió con un movimiento triste mientras ella empujaba la puerta para entrar a la terminal. “O en un ascensor!” gritó.
La calve para volar seguro, pensaba Zoë, era nunca comprar un boleto de descuento y decirse uno mismo que de cualquier manera no tenías nada por qué vivir, de modo que no habría ningún problema en caso de accidente. Pero entonces, cuando no sucedía nada, cuando lograbas mantenerte en lo alto junto con tu propia inutilidad, todo lo que debías hacer era salir a tropezones, buscar tu equipaje, y, mientras llegaba el taxi, buscarse una razón persuasiva para seguir viviendo.
“Llegaste!” gritó Evan al timbre, antes incluso de abrir la puerta. Luego la abrió ampliamente. Zoë dejó las maletas sobre el piso y abrazó fuertemente a Evan. De pequeña, Evan siempre fue cariñosa y devota. Zoë siempre cuidó de ella –aconsejándola, tranquilizándola- hasta tiempos recientes, en que Evan comenzó a aconsejarla y tranquilizarla a ella. Eso asustaba a Zoë. Sospechaba que tenía algo que ver con el hecho de estar sola. Algo que incomodaba a la gente.
“¿Cómo estás?”
“Vomité en el avión. Además de eso, estoy bien.”
“¿Te ofrezco algo? A ver, déjame las maletas. Con que malita en el avión, eh. Uy.”
“Fue en una de esas bolsitas,” dijo Zoë, por si a Evan se ocurría que había sido en el pasillo. “Casi en silencio.”
El apartamento era espacioso e iluminado, con una vista de toda la ciudad a lo largo del lado este. Había un balcón y puertas de vidrio corredizas. “Siempre me olvido que este departamento es tan bonito. Piso veinte. Portero…” Zoë podía trabajar toda su vida y nunca tener un apartamento como éste. Y tampoco Evan. Era el departamento de Charlie. Él y Evan vivían ahí como dos niños en un dormitorio, latas de cerveza y ropa regadas por todos lados.
Evan llevó las maletas lejos del revoltijo, junto a las peceras. “Estoy tan contenta de que estés aquí,” dijo. “Y ahora, ¿qué te sirvo?”
Preparó el almuerzo –sopa de lata y galletita saladas.
“Respecto de Charlie, no lo sé,” dijo, cuando terminaron. “Nos veo ya como unos cuarentones alejados del sexo.”
“Hmmm,” dijo Zoë. Se reclinó sobre el sofá de Evan y miró por la ventana hacia las oscuras cimas de los edificios. Parecía un poco antinatural vivir en el cielo de ese modo, como pájaros que por una hazaña errónea anidaran muy alto. Asintió con la cabeza hacia las peceras y soltó una risita. “Me siento como un pájaro,” dijo. “Con mi propia ración de peces.”
Evan suspiró. “Llega a casa y se echa en el sofá, mira fútbol borroso. Usa el color crema psicodélico y el aparato de los rizos, si sabes a lo que me refiero.”
Zoë se levantó y acomodó los cojines del sofá. “¿Qué es futbol borroso?”
“Aún no tenemos cable. Todo nos llega borroso. Así que Charlie lo mira así.”
“Hmm, ya veo. Sí, es un poco depresivo,” dijo Zoë. Miró sus manos. “Especialmente lo de no tener cable.”
“Así es como se mete a la cama.” Evan se levantó para hacer una demostración. “Se quita toda la ropa pero cuando toca al turno de los calzoncillos simplemente los deja caer hasta un tobillo. Luego levanta una pierna, los avienta al aire y los atrapa. Yo, por supuesto, lo miro desde la cama. Y nada más. Sólo eso.”
“Quizá deberían pasar por alto esas cosas y casarse.”
“¿Te parece?”
“Claro. Quiero decir, ustedes probablemente piensen que vivir juntos de esta manera es lo mejor de todo, pero…” Zoë trató de sonar como la hermana mayor; la hermana mayor es lo que se supone que sería la madre que nunca tendrías, la mamá buena onda, tranquila. “Pero yo descubrí que tan pronto como crees tener de todo…” –pensó en ella misma, sola en su casa, en las cigarras cara de sapo que volaban alrededor como hombrecitos nocturnos y aterrizaban sobre sus cortinas, mirando; en los zapatos número treinta que había colocado en la puerta para alejar a los intrusos; en la ridícula, muñeca inflable que alguien le había dicho que sentara a la mesa del desayuno- “entonces repentinamente todo cambia y se vuelve lo peor de todo.”
“¿De verdad?” Evan irradiaba felicidad. “Ay, Zoë. Tengo que decirte algo. Charlie y yo nos vamos a casar.”
“¿De verdad?” Zoë se sintió confundida.
“No sabía cómo decírtelo.”
“Sí, bueno. Supongo que todo eso sobre el futbol borroso me confundió un poco.”
“Esperaba que fueras mi dama de honor,” dijo Evan, ansiosa. “¿No te sientes feliz por mí?”
“Sí” dijo Zoë, y comenzó a contarle a Evan la historia de un violinista premiada de Hilldale-Versailles –cómo la violinista había llegado de una competencia en Europa y se había liado con un tipo del pueblo que la obligaba a ir a todos los partidos de softball de verano y la hacía brindar por él desde las gradas junto con las otras esposas, hasta que ella se mató. Pero cuando Zoë iba a la mitad del cuento, en la parte de los brindis desde las gradas, se detuvo.
“¿Entonces qué?” dijo Evan. “¿Qué pasó?”
“La verdad es que nada,” dijo Zoë, tranquilamente. “A ella comenzó a gustarle el softball. Tendrías que haberla visto.”
Zoë decidió ir a la función vespertina de cine, dejando a Evan las faenas de preparar lo necesario para la fiesta. “Debo hacerlo sola, de verdad,” le había dicho, un poco tensa tras la historia de la violinista. Zoë pensó a ir a un museo de arte pero las mujeres que iban a los museos tenían que lucir muy bien. Siempre lo hacían. Elegantes y serias, moviéndose lánguidamente, con un gran bolso de mano. En vez de eso, camino por Kips Bay, pasando frente a una boutique de aretes llamada Póntelo en las orejas, luego pasó por un salón de belleza llamado Dorian Gray. Eso era lo divertido respecto de la “belleza,” pensó Zoë. Busca entre las páginas de la sección amarilla y encontrarás cientos de entradas, todas agresivas en su inteligencia, cortesía y consejos. Pero busca “verdad,” –Já! Absolutamente nada. Nada de nada.
Zoë pensó en el matrimonio de Evan. ¿Se convertiría Evan en la esposa de Pedro Comecalabazas? ¿Señora Comecalabazas? ¿Y en la boda, obligaría a Zoë a vestirse con un vestido color lavanda lleno de volados, idéntica a las otras damas? Zoë odiaba los uniformes, e incluso, en primer grado, se había rehusado a unirse al club de las Chicas Duendes porque no deseaba usar el mismo disfraz que todas. Y ahora tendría que hacerlo. Y quizá podría distinguirlo. Levantarlo por un lado con una pinza, por ejemplo. O colocar una gasa de cirugía en la cintura. Abrocharse en el pecho uno de esos pins que dicen, en letras grandes, “Shit Happens.”
En la película –Death by Number- compró palitos de regaliz para masticar. Tomó asiento junto a la salida. La poseyó la extraña autoconciencia de hallarse sola, y esperaba que el cine oscureciera pronto. Cuando oscureció y comenzaron los comerciales, buscó en su bolso los lentes. Los tenía en un estuche. Los Kleenex también estaban en un estuche. Lo mismo los bolígrafos, las aspirinas y las mentas. Todo se encontraba en un estuche. Y eso es en lo que se había convertido: en una mujer sola en el cine con todo en estuches.
En la fiesta de Halloween había como dos docenas de personas. Había gente con cabezas de mono y largo vello en las manos. Alguien se había disfrazado de duende. Alguien se había disfrazado de cena congelada. Un hombre había traído a sus dos hijas pequeñas: una bailarina, y la hermana de la bailarina, también vestida de bailarina. Había un grupillo de brujas muy sensuales –mujeres vestidas enteramente de negro, muy maquilladas y enjoyadas. “Odio a esas brujas tan atractivas. No va con el espíritu de la noche de Halloween,” dijo Evan que, por su parte, había abandonado la máscara de luna para disfrazarse de muñeca alemana de rizos y delantal, decisión que ahora lamentaba. Charlie, y porque le gustaban los peces, porque era dueño de muchos peces y porque los coleccionaba, había decidido vestirse como pez. Tenía aletas y ojos a los lados de la cabeza. “¡Zoë! ¿Cómo estás? ¡Siento no haber estado aquí cuando llegaste!” Pasó el resto del tiempo charlando con las brujas sensuales.
“¿Hay algo en lo que te pueda ayudar?” preguntó Zoë a su hermana. “Luces agotada.” Acarició el brazo de su hermana dulcemente, como si deseara que estuvieran solas.
“Ay, no, nada de eso,” dijo Evan, mientras arreglaba los hongos rellenos sobre una bandeja. El cronómetro sonó y sacó otra bandeja del horno. “En realidad, ¿sabes qué puedes hacer?”
“¿Qué?” Zoë se puso el hueso en la cabeza.
“Conocer a Earl. Él es el tipo que tenía en mente para ti. Cuando llegue sólo háblale un poco. Es lindo. Es divertido. Se acaba de divorciar.”
“Lo intentaré,” gruñó Zoë. “¿Está bien? Lo intentaré.” Miró el reloj.
Earl llegó vestido como una mujer desnuda, con lana de acero pegado estratégicamente al cuerpo, y pechos de goma que le brotaban como jamones.
“Zoë, él es Earl,” dijo Evan.
“Gusto en conocerte,” dijo Earl, esquivando a Evan para estrechar la mano de Zoë. Observó en detalle la cabeza de Zoë. “Bonito hueso.”
Zoë asintió. “Bonitas tetas,” dijo. Miró más allá de él hacia la ciudad que tras la ventana centelleaba contra el cielo; la gente decía lo de siempre: cómo parecía un montón de joyas, o brazaletes y collares sueltos. Podías ver el reloj del edificio Con Ed, el copete dorado y naranja del Empire State, el Chrysler como el cohete espacial soñado durante la depresión. Más lejos podías vislumbrar el Astor Plaza, y su tejado blanco y volante como la cofia de una monja. “Hay cerveza allá en el balcón, Earl. ¿Te traigo una?” preguntó Zoë.
“Hm, claro. Voy contigo. Hey, Charlie, ¿cómo va?”
Charlie dibujó una amplia sonrisa y silbó. La gente se giró para ver. “Hey, Earl,” le llamó alguien desde el fondo del salón. “¡Fiuu, fiuuuu!”
Se apretujaron entre los demás invitados, pasaron a los monos, a las brujas sensuales. La succión de las puertas corredizas cedió en un silbido, y Zoë y Earl salieron al balcón, una mujer con un hueso en la cabeza y otra desnuda, el aire de la noche rugiendo y pleno de humo fresco. Había otra pareja ahí afuera murmurando en privado. No llevaban disfraz. Sonrieron a Earl y a Zoë. “Hola,” dijo Zoë. Encontró la hielera de hule espuma y sacó dos cervezas.
“Gracias,” dijo Earl. Sus pechos de goma se doblaron hacia dentro, estropeándose, mientras abría la botella.
“Bueno,” suspiró Zoë, ansiosamente. Tenía que aprender a no temerle a los hombres del mismo modo que durante la infancia uno aprendía a no temerle a las lombrices o insectos. Con frecuencia, al conversar con un hombre en una fiesta, mil cosas le atravesaban la mente. Y mientras que el hombre decía cualquier disparate, con mucha amabilidad, ella se enamoraba, casaba, y se enfrascaba en una amarga lucha por las custodia de los hijos y esperaba la reconciliación de modo que pese a todas sus traiciones ella no podría jamás despreciarlo, en tanto que en los minutos restantes conocería, quizá, su apellido y a qué se dedicaba, aunque hubiera ya mucha historia entre ambos. Movía la cabeza arriba abajo, enrojecía y se iba de ahí.
“Evan me dice que eres profesora de Historia. ¿Dónde trabajas?”
“Justo en la frontera entre Indiana e Illinois.”
Earl pareció un poquito desconcertado. “Creo que Evan no me contó esa parte.”
“¿No lo hizo?”
“No.”
“Bueno, así es Evan algunas veces. Cuando éramos niñas ambas teníamos problemas para hablar.”
“Eso puede ser duro,” dijo Earl. Uno de sus pechos estaba escondido detrás del brazo que sostenía la bebida, pero el otro brillaba rosa y tranquilo, lleno como una luna de cereza.
“Sí, bueno. No era una pérdida total. Íbamos a lo que entonces llamábamos derapia de durazno.[1] Durante casi diez años de mi vida tenía que construir en mi mente cada frase por adelantado antes de decirla. Era la única manera en que podía crear una frase coherente.”
Earl tomó de su cerveza. “¿Y cómo lo hiciste? Quiero decir, ¿cómo lo superaste?”
“Contaba un montón de bromas. Bromas de las que ya me sabía cada línea. Sólo tenías que decirlas. Me gustan las bromas. Las bromas y las canciones."
Earl sonrió. Tenía lápiz labial, una profunda mancha roja, pero se le había resbalado por la cerveza. “¿Cuál es tu broma favorita?”
“Uh, mi broma favorita es…OK, ésta: Un hombre va al consultorio de su doctor y…”
“Creo que conozco esa broma” interrumpió Earl, ansiosamente. Deseaba contar la historia él mismo. “Un hombre va al consultorio de su doctor, y el doctor le dice: ‘Mire, tengo una noticia buena y una noticia mala.´ Es ése, ¿verdad?
“No estoy segura” dijo Zoë, “Podría ser una versión diferente.”
“Bueno, entonces el tipo dice: ‘Deme la mala noticia primero, doctor’, y el doctor dice: ‘Muy bien. Usted tiene tres semanas de vida.’ Y el tipo grita: ‘¡Tres semanas de vida! Doctor, por favor dígame cuál es la buena noticia.’ Y el doctor dice: ‘¿Vio a la secretaria de allá enfrente? Pues finalmente me la cogí.”
Zoë arrugó el ceño.
“¿No es ése en el que estabas pensando?”
“No”. Había acusación en su voz. “El mío era diferente.”
“Oh,” dijo Earl. Desvió la mirada y luego la regresó: “¿Qué tipo de historia enseñas?”
“La mayoría de las veces Historia americana –siglos dieciocho y diecinueve.”
En los cursos de posgrado, en el bar, la frase para comenzar a ligar siempre era: “Así que, ¿cuál es tu siglo?”
“A veces doy un curso sobre algún tema en específico,” añadió. “Digamos, ‘Humor y Personalidad en la Casa Blanca’. De eso es de lo que se trata mi libro.” Recordó lo que una vez alguien le había comentado sobre cierta clase de gorriones, cómo crean elaboradas estructuras antes de juntarse.
“¿Tu libro es sobre el humor?”
“Claro, y bueno, cuando enseño un curso cómo ése doy todos los siglos.” “Así que, ¿cuál es tu siglo?”
“O sea que los tres.”
“¿Perdón?” La brisa le hizo brillar los ojos. El tráfico revolucionaba bajo ellos. Ella se sintió alta y endeble, como alguien elevada al cielo por error y luego desdeñada.
“Tres. Solamente hay tres.”
“Bueno, en realidad son cuatro.” Ella pensaba en Jamestown[2], y en los peregrinos con hebillas y sombreros de brujas que llegaban a decir sus rezos.
“Yo soy fotógrafo,” dijo Earl. Su rostro comenzaba a brillar y el rojo comenzaba a mancharlo como un atardecer bajo sus ojos.
“¿Y te gusta eso?”
“Bueno, la verdad es que estoy comenzando a sentir que es un poquito peligroso.”
“¿En serio?”
“Pasar todo el tiempo en un cuarto oscuro bajo esa luz roja y entre todos esos químicos. Se le relaciona con el Parkinson, ¿lo sabías?”
“No, no lo sabía.”
“Se supone que debo usar guantes de goma, pero no me gusta. A menos de que lo esté tocando directamente, no puedo pensar que algo es real.”
“Hmm,” dijo Zoë. La alarma vibró a través de toda ella.
“Algunas veces, cuando me corto o algo así, siento la punzada y pienso, Mierda. Me lavo constantemente y espero que no pase nada. No me gusta sentir la goma sobre la piel de esa manera.”
“¿En serio?”
“Quiero decir, el contacto físico. Eso es lo que uno quiere, si no para qué molestarse?”
“Supongo,” dijo Zoë. Deseaba recordar alguna broma, algo lento y deliberado, con el final a la vista. Pensó en gorilas, en cómo cuando pasan demasiado tiempo encerrados en una jaula comienzan a golpearse en la cabeza en vez de aparearse.
“¿Tienes… alguna relación?” soltó Earl, de pronto.
“¿Ahora? ¿Mientras hablamos?”
“Bueno, quiero decir, estoy seguro que tienes una relación con tu trabajo.” Una sonrisa, pequeña, anidada en su boca como un huevo. Pensó en los zoológicos de los parques, en cómo, cuando las ciudades caen bajo un asedio, la gente se come a los animales. “Pero quiero decir, con un hombre.”
“No, no estoy en ninguna relación con ningún hombre.” Se acarició la barbilla con la mano y pudo sentir el cabello cerdoso ahí. “Pero mi última relación fue con un hombre muy cariñoso,” dijo. Se inventó algo. “De Suiza. Era un botánico, experto en plagas, malas hierbas. Se llamaba Jerry. Yo lo llamaba Jare. Era muy divertido. Ibas a ver una película con él y lo único en que se fijaba era en las plantas. Nunca ponía atención a la trama. Una vez, en una película sobre la jungla, comenzó a parlotearme todos esos nombres en latín, en voz alta. Fue muy emocionante para él.” Hizo una pausa, contuvo el aliento. “Eventualmente regresó a Europa a, eh, estudiar el edelweiss[3]. ” Miró a Earl. “¿Tienes una relación? Digo, ¿con una mujer?”
Earl cambió el peso y las arrugas de su disfraz cambiaron, ensanchándose hacia fuera, como algo roto. Su vello púbico se deslizó hacia una cadera, como el corsé de una chica del oeste. “No,” dijo, limpiándose la garganta. La lana de acero de sus brazos se movía hacia los bíceps. “Acabo de salir de un matrimonio que estaba lleno de malos diálogos como ‘¿Quieres más espacio? ¡Pues te daré más espacio!’ Puaf, típico de los tres chiflados.
Zoë lo miró comprensivamente. “Supongo que es difícil recobrar el amor después de eso.”
Los ojos de él destellaron. Quería hablar del amor. “Pero sigo pensando que el amor debe ser como un árbol. Mira a un árbol y verás que tiene chichones y cicatrices de tumores, infestaciones, lo que quieras, pero aún así siguen creciendo. A pesar de los chichones y de las magulladuras siguen… derechos.”
“Sí, bueno,” dijo Zoë, “de donde yo vengo todos son casados o gays. ¿Viste esa película, Death by Number?
Earl la miró, un poco perdido. Se estaba alejando de él. “No,” dijo.
Uno de sus pechos se había deslizado bajo su brazo, apeñuscado ahí como una baguette. Ella seguía pensando en árboles, parques, gente que en tiempos de guerra se comía a las cebras. Sintió un dolor punzante en el abdomen.
“¿Quieren algunos bocadillos?” Evan llegó empujando la puerta corrediza. Sonreía pese a que los rizos se le comenzaban a caer, colgando desganadamente de las puntas del cabello como decoraciones de Navidad, como alimento dejado para las aves. Les ofreció un plato de hongos rellenos.
“¿Estás pidiendo donaciones u ofreciéndolas?” preguntó Earl, ingeniosamente. Le gustaba Evan; puso una mano sobre su brazo.
“Saben, vuelvo en un minuto,” dijo Zoë.
“Uh,“ dijo Evan, algo preocupada.
“Ya vuelvo. Lo prometo.”
Zoë atravesó apresurada la sala en dirección al dormitorio, al baño. Estaba vacío; la mayoría de los invitados usaba el medio baño de junto a la cocina. Prendió la luz y cerró la puerta. El miedo se había detenido, y la verdad es que no tenía necesidad de ir al baño, pero permaneció ahí de todas maneras, descansando. En el espejo encima del lavabo, se encontró algo demacrada debajo de su hueso en la cabeza, con un gris violáceo mostrándose bajo la piel como la de un pajarito desplumado y repleto de ampollas. Se inclinó un poco más, alzando la barbilla para mirar el pelo erizado. Ahí estaba, al final de la quijada, puntiagudo y oscuro como un cable. Abrió el gabinete de las medicinas y manoseó hasta encontrar las pincitas. Alzó la cabeza una vez más y se atacó la cara con las pinzas, agarrando, apretando y fallando. Puedo escuchar que al otro lado de la puerta conversaban dos personas en voz baja. Habían entrado al dormitorio y discutían sobre algo. Estaban sentados en la cama. Uno de ellos soltó una risita falsa. Zoë acometió de nuevo contra la barbilla, pero esta vez comenzó a sangrar un poquito. Se estiró con fuerza la piel de la quijada, apretó las pinzas duro contra lo que esperaba que fuera el pelo, y jaló. Un diminuto pedazo de piel salió disparado, pero el pelo se mantuvo en pie, con sangre brillando en su raíz. Zoë apretó los dientes. “Ay, vamos,” susurró. Las personas del dormitorio estaban ahora contándose historias, suavemente, divirtiéndose. Se escuchó el rebote y el chirrido del colchón y el sonido de una silla siendo apartada. Zoë apuntó con la pinzas cuidadosamente, apretó, jaló cuidadosamente, y esta vez el pelo salió, con una ligera punzada de dolor, y luego una tonelada de alivio. “¡Sí!” suspiró Zoë. Arrancó un poco de papel sanitario y lo aplicó contra la barbilla. El papel se manchó de sangre, y entonces arrancó un poco más y lo aplicó sobre la barbilla, ejerciendo presión hasta que se detuvo. Entonces apagó la luz, abrió la puerta y se reintegró a la fiesta. “Perdón,” dijo a la pareja del dormitorio. Era la misma pareja del balcón, y la miraron un poco sorprendidos. Se habían abrazado y comían barritas de caramelo.
Earl seguía en el balcón, solo, y Zoë se le reunió.
“Hola,” dijo.
Él se volvió y sonrió. Se había arreglado el disfraz un poquito aunque todas las características sexuales secundarias lucían ligeramente estropeados, destinados a moverse, voltearse y huir a la primera oportunidad. “¿Estás bien?” preguntó. Se había abierto otra cerveza y estaba resoplando.
“Sí, claro. Sólo tenía que ir al baño.” Hizo una pausa. “En realidad, he visitado a un montón de doctores últimamente.”
“¿Algún problema?” preguntó Earl.
“Oh, probablemente no es nada. Pero me están haciendo pruebas.” Suspiró. “Me hice sonogramas, mamogramas. La semana que viene me haré un caramelograma.” Él la miró, preocupado. “He tenido demasiadas palabras terminadas en grama,” dijo.
“Toma, te guardé estos.” Le pasó un pañuelo con dos hongos rellenos. Estaban fríos y el aceite había dejado manchas sobre el pañuelo.
“Gracias,” dijo Zoë, y se los metió en la boca juntos. “Mira,” dijo con la boca llena. “Con mi suerte seguro me operan de la vesícula.”
Earl hizo una mueca. “Así que tu hermana se va a casar,” dijo, cambiando el tema. “Dime, ¿qué piensas realmente sobre el amor?”
“¿Amor?” ¿Que no habían pasado ya por esto? “No lo sé.” Masticó pensativamente y tragó. “Vale. Te diré qué es lo que pienso sobre el amor. Esta es una historia. De una amiga mía…”
“Tienes algo en la barbilla,” dijo Earl, estirando la mano para tocarla.
“¿Qué?” dijo Zoë, dando un pasito atrás. Volteó la cara y se manoseó la barbilla. Un pedazo de papel sanitario se desprendió de la piel, como cinta adhesiva. “No es nada,” dijo. “No… no es nada.”
Earl la observaba.
“Como sea,” continuó ella, “esta amiga mía era violinista y había ganado varios premios. Viajó por toda Europa ganando competencias; impuso récords, dio conciertos, se volvió famosa. Pero no tenía vida social. Así que un día se tiró a los pies de un director por el que ella estaba loca. Él la levantó, la regañó cariñosamente, y la mandó de vuelta a su habitación de hotel. Después de eso abandonó Europa y volvió a casa, dejó de tocar el violín y se lió con un chico local. Esto sucedió en Illinois. El la llevaba cada noche a un bar a beber con sus amigotes del equipo. Él decía cosas como: ‘Sí, a Katrina le gusta tocar el violín,’ y le apretaba una mejilla. Una vez que ella le propuso volver a casa, él le dijo: ‘Qué. ¿Crees que eres muy famosa para un lugar como este? Bueno, déjame decirte algo. Puedes pensar que eres muy famosa, pero no eres famosa famosa.’ Dos famosas. ‘Aquí nadie ha oído hablar de ti.’ Luego él se levantó y pidió otra ronda de tragos para todos excepto para ella. Ella tomó su abrigo, se fue a casa, y se pegó un tiro en la cabeza."
Earl callaba.
“Ese es el final de mi historia de amor,” dijo Zoë.
“No eres muy parecida a tu hermana,” dijo Earl.
“¿No, de verdad?” dijo Zoë. El aire se había vuelto más frío, y el viento cantaba en un grueso tono menor, como un himno.
“No.” Él ya no quería hablar más del amor. “Sabes, quizá deberías usar mucho azul, azul y blanco, en la cara. Eso te daría un poco de color.” Alzó la mano con el brazalete azul para mostrarle cómo es que contrastaba contra su piel, pero ella lo hizo a un lado.
“Dime, Earl, ¿la palabra 'marica' significa algo para ti?”
Él dio un paso atrás, alejándose. Movió la cabeza como para no dar crédito. “Sabes, simplemente no debería intentar salir con profesionistas. Todas ustedes están dañadas. Cualquiera puede saber lo que les ha hecho la vida. Me va mejor con las mujeres de trabajos sencillos, de medio tiempo.
“¿Ah, sí?” Ella había leído una vez un artículo titulado ‘Las Mujeres Profesionistas y la Demografía de la Pena.” O no, era un poema, Si hubiera un lago, la luz de luna bailaría sobre él en un arrebato. Recordaba ese verso. Pero quizá el título era: “La Casa Vacía: Estética de lo Inhóspito.” O quizá: “Gitanas en el Espacio: Mujeres en la Academia.” Lo había olvidado.
Earl se volvió y se inclinó sobre la barandilla del balcón. Se hacía tarde. Dentro, los invitados comenzaban a irse. Las brujas sensuales se habían marchado. “Vive y aprende,” murmuró Earl.
“Vive y vuélvete un imbécil,” replicó Zoë. Bajo ellos, en Lexington, no había autos, sólo la dorada de un taxi ocasional. Él se recargó sobre los codos, melancólicamente.
“Mira a todas esas personas allá abajo,” dijo. “Parecen insectos. ¿Sabes cómo se controla a los insectos? Se les rocía hormonas de insecto, de insectos hembra. Los machos se vuelven tan locos por esta hormona que comienzan a cogerse todo lo que esté a su alcance –árboles, piedras, todo excepto insectos hembra. Control poblacional. Eso es lo que pasa en este país,” dijo, con voz de borracho. “Las hormonas han sido rociadas y los hombres se están cogiendo a las piedras. ¡A las piedras!”
Por detrás, la línea de marcador que le dibujaba el trasero se ensanchaba, negro sobre rosa, como una página de tiras cómicas. Zoë se acercó por atrás, lento, y le dio un empujón. Sus manos resbalaron hacia delante, más allá de la barandilla, sobre la avenida. La cerveza escapó de la botella, cayendo veinte pisos hasta el asfalto.
“¡Hey! ¿Qué estás haciendo?” dijo él, volviéndose rápidamente. Se puso derecho, listo, y se alejó de la verja, esquivando a Zoë. “¿Qué mierda estás haciendo?”
“Sólo bromeaba,” dijo ella. “Sólo estaba bromeando.” Pero él la contempló, atónito, aterrorizado, con el trasero dibujado por marcador vuelto por completo hacia la ciudad, una supuesta mujer desnuda con un brazalete azul en la muñeca, atrapado en un balcón con… ¿con qué? “En serio, sólo fue una broma!” gritó Zoë. El viento le levantó el cabello hacia el cielo, como espinas detrás del hueso. Si hubiera un lago, la luz de luna bailaría sobre él en un arrebato. Ella le sonrió y se preguntó qué aspecto tendría.
[1] Peach pearapy: Juego de palabras, debido a la pronunciación: Teach Therapy: Terapia de aprendizaje.
[2] Jamestown era una aldea en una isla del río James, en Virginia, localizado a 70 kilómetros al sureste de donde hoy es Richmond, Virginia. El río y el asentamiento de 1607 fueron nombrados así por motivo de James I, que había ascendido recientemente al trono inglés. El asentamiento de Jamestown fue la primera colonia inglesa permanente en el nuevo mundo que logró sobrevivir.
[3]Edelweiss (Leontopodium alpinum): es una de las flores montañosas más conocidas de Europa.
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Janus, de Ann Beattie
Monday, June 27, 2005
Andrea era agente inmobiliaria, y cuando pensaba que ciertos compradores potenciales podrían ser amantes de los perros, soltaba a su perro y colocaba el bol en la casa en venta. Ponía un plato para el agua de Mondo en la cocina, tomaba la ranita de plástico chirriante de su bolso y lo tiraba al piso. El perro se abalanzaba deliciosamente, tal y como lo hacía a diario, ladrando alrededor de su juguete favorito. Casualmente el bol se hallaba sobre una mesa de café, aunque recientemente lo había colocado sobre la carpeta blanca de la cómoda, y sobre una mesa laqueada. Una vez lo colocó sobre una mesa de cerezo debajo de una naturaleza muerta de Bonnard, que tenía su propio bol.
Quienquiera que haya comprado una casa o haya querido vender una, de seguro conoce algunos de los trucos usados para convencer a un comprador de que la casa es de verdad especial: fuego en la chimenea a media tarde; lilys en un jarrón en el fregadero; quizá el ligero aroma a primavera, provocado por una gota de esencia vaporizándose sobre la bombilla de una lámpara.
Lo maravilloso respecto del bol, pensaba Andrea, es que resultaba sutil y notorio –la paradoja del bol . El barniz era de color crema y parecía destellar sin importar bajo qué luz fuera colocado. Tenía algunos puntitos de color –diminutos destellos geométricos- y algunos de estos se matizaban con motas plateadas. Eran tan misteriosos como células vistas bajo el microscopio por lo que resultaba difícil no estudiarlos, pues destellaban, resplandeciendo un sólo segundo, antes de volver a su forma anterior. Algo respecto de los colores y su azarosa disposición sugería movimiento. La gente que gustaba de los muebles rústicos siempre hacía un comentario sobre el bol, pero también sucedía que quienes se sentían confortables con los Bierdermeier lo admiraban de la misma manera. Pero el bol no era sí de ostentoso, o tan notorio al punto que alguien sospechara que había sido colocado deliberadamente. Al entrar a la habitación se fijarían primero en lo alto del techo, y sólo cuando sus ojos bajaran de ahí, o se alejaran del reflejo de la luz del sol sobre una pared blanca, verían el bol. Entonces se dirigían a él inmediatamente y comentaban. No obstante, solían titubear al intentar decir algo. Quizá porque se encontraban en la casa por una razón seria, y no para notar un simple objeto.
Una vez Andrea recibió la llamada de una mujer que no había ofertado nada por la casa mostrada. Aquel bol, dijo, ¿sería posible investigar en qué lugar los dueños habían comprado tan magnífico bol? Andrea fingió no saber de lo que le hablaba la mujer. Un bol, en algún lugar de la casa. Ah, sobre la mesa debajo de la ventana. Sí, ella preguntaría, por supuesto. Dejó pasar un par de días y entonces llamó de vuelta para decir que el bol había sido un regalo y los dueños no sabían dónde había sido comprado.
Cuando el bol no era llevado de una casa a otra, descansaba sobre la mesa de café de la casa de Andrea. No lo tenía envuelto cuidadosamente (aunque sí lo transportaba así, en una caja); lo tenía en la mesa porque le gustaba verlo. Era suficientemente grande por lo que no parecía particularmente frágil si alguien golpeaba de refilón la mesa o si Mondo tonteaba hacia él mientras jugaba. Le había pedido a su esposo que por favor no dejara las llaves de la casa en él. Se suponía que debía estar vacío.
Cuando su esposo advirtió el bol por primera vez, lo miró con curiosidad y luego sonrió, brevemente. Él siempre la había incitado a comprar las cosas que le gustaran. En los últimos años habían adquirido tantas cosas como para hacer las paces con todos aquellos años de escasez de cuando eran estudiantes graduados, pero ahora que se habían sentido confortables durante un buen tiempo, el placer de las nuevas posesiones menguó. Su esposo dijo del bol que era “bonito“, y se alejó sin tomar el bol para examinarlo. No tenía mayor interés por el bol que ella por su nueva Leica.
Estaba segura que el bol le traía suerte. Con frecuencia las ofertas eran para las casas donde lo había colocado. En ocasiones los dueños, a quienes se les pedía estar fuera o salir durante el tour de muestra, nunca se enteraban que el bol había estado en su casa. Una vez, sin embargo –y no podía imaginar cómo-, dejó el bol atrás, y llegó a sentir tanto miedo de que algo podía haberle pasado, que rehizo el camino deprisa hacia la casa y suspiró de alivio cuando la dueña abrió la puerta. El bol –explicó Andrea. Había comprado un bol y lo había dejado sobre la cómoda para protegerlo mientras guiaba por la casa a los probables compradores y ella… Sintió que debía correr por sobre la disgustada mujer y recoger su bol. La dueña se hizo a un lado, y fue sólo cuando Andrea corrió hasta la cómoda que la mujer la observó con extrañeza. Segundos antes de levantar el bol, Andrea supo que la dueña debía haber visto ya lo perfectamente situado que estaba. Justo para que la luz de sol golpeara en su parte más azul. El jarrón había sido desplazado a la parte más alejada de la cómoda, y el bol predominaba. Durante todo el camino a casa, Andrea se preguntó cómo es que pudo dejarlo. Era como dejar a un amigo en una excursión, tan sólo yéndose. En ocasiones el periódico mostraba historias de familias que olvidaban a un niño en cualquier lugar y conducían a otra ciudad. Andrea, en cambio, había andado sólo una milla antes de acordarse.
En su momento, soñó con el bol. Y en dos ocasiones, soñando despierta muy de mañana, entre el sueño y la última siesta antes del amanecer, tuvo una visión de él. Llegó como un punto nítido que la sobresaltó por un instante –el mismo bol que veía todos los días.
Tuvo un año provechoso vendiendo propiedades. La fama se propagó, y pronto se hizo de más clientes de con los que podía sentirse confortable. Albergaba el tonto pensamiento de que si tan sólo el bol fuera un objeto animado entonces podría agradecerle. En ocasiones quería hablar a su esposo sobre el bol. Él era corredor de acciones, y a veces hacía saber a la gente lo afortunado que era al ser esposo de una mujer con tan fino sentido estético que, sin embargo, funcionaba también en el mundo real. Eran muy parecidos, de verdad –estaban de acuerdo en ello. Eran gente tranquila, reflexiva, lenta para hacer juicios de valor, pero casi obstinados una vez llegaban a una conclusión. A ambos les gustaban los detalles, pero mientras que a ella le atraían las ironías, él se mostraba impaciente y desdeñoso cuando los asuntos se volvían ambiguos o confusos. Ambos sabían esto, y era la clase de tema sobre el que podían hablar estando solos en el auto, camino a casa después de una fiesta o tras un fin de semana con los amigos. Y sin embargo ella nunca le habló del bol. Durante la cena, mientras intercambiaban las noticias del día, o mientras yacían sobre la cama escuchando el estéreo y murmurando incoherencias soñolientas, Andrea se sentía tentada de llegar a ello y decirle que pensaba que el bol de la sala, el bol color crema, era responsable de su éxito. Pero no lo hacía. Ni siquiera podría comenzar a explicarlo. Algunas veces, por la mañana, veía el bol y sentía culpa por mantener un secreto así de constante.
¿Podía ser que existiera una conexión más profunda con el bol, una relación de algún tipo? Rehizo su pensamiento: ¿cómo podía imaginar semejante cosa cuando ella era un ser humano y aquello era un bol? Era ridículo. Sólo hay que pensar en cuántas personas viven juntas, amándose unos y otros… ¿Pero era siempre tan claro? ¿siempre una relación? Estos pensamientos la confundían, y sin embargo permanecían en su mente. Ahora existía algo dentro de ella, algo real, de lo que nunca hablaba.
El bol era un misterio; incluso para ella. Y era frustrante, porque su envolvimiento con el bol implicaba un claro sentido de buena fortuna no correspondida. Habría sido más fácil responder si se le hiciera alguna clase de demanda en respuesta. Pero eso sólo sucede en los cuentos de hadas. El bol sólo era un bol. Aunque no creyera en ello ni por un segundo. Lo que creía es que era algo que amaba.
En el pasado, había conversado con su esposo sobre alguna nueva propiedad que estaba por vender o comprar –confiándole sutiles estrategias trazadas por ella misma con el fin de persuadir a dueños que parecían listos para vender. Y de pronto dejó de hacerlo pues todas sus estrategias tenían que ver con el bol. Se había vuelto más deliberada al respecto, y más posesiva. Lo colocaba en casas sólo cuando ahí no había nadie, y lo removía tras dejar la casa en cuestión. Y en vez de sólo mover un jarrón o un plato, removía todos los objetos sobre la mesa. Debía obligarse a tratarlos con cuidado, porque no le importaba nada de ellos. Sólo deseaba tenerlos fuera de vista.
Se preguntaba cómo terminaría todo. Como con un amante, no existía un escenario exacto sobre cómo las cosas llegarían a su fin. La ansiedad se volvió la fuerza operante. Sería irrelevante si el amante corriera a los brazos de otra, o escribiera una carta antes de partir hacia otra ciudad. El horror radicaba en la posibilidad de la desaparición. Eso era lo que importaba.
Se levantaba por la noche y miraba el bol. Nunca le pasó por la cabeza la idea de romperlo. Lo lavaba y secaba sin ansiedad, y al transportarlo con frecuencia de una mesa de café a un esquinero de caoba o a donde fuera, lo hacía sin temer un accidente. Estaba claro que no era ella la que dañaría al bol. Simplemente lo llevaba, y lo dejaba a salvo sobre una superficie u otra; no parecía que alguien pudiera romperlo. Y un bol, además, es un pobre conductor de electricidad: no sería golpeado por ningún rayo. Y con todo, la idea del daño persistía. No pensaba más allá de eso –de lo que sería su vida sin el bol. Tan sólo seguía temiendo que algún accidente pudiera ocurrir. ¿Por qué no? En un mundo donde la gente dejaba plantas en sitios que no les correspondían, de modo que los visitantes se engañaran con la idea de que esquinas oscuras recibían la luz de sol –un mundo lleno de trucos.
Andrea vio por primera vez el bol varios años atrás, en una feria de artesanías que había visitado en secreto, con su amante. Él la había animado a comprar el bol. Ella no necesitaba más cosas, le dijo. Pero fue llevada hacia el bol y permanecieron cerca de él. Luego se dirigió al siguiente puesto y él fue tras ella golpeando el borde contra su hombro mientras ella pasaba los dedos sobre una escultura de madera. “¿Sigues insistiendo en que compre eso?” dijo. “No” dijo él. “Lo compré para ti.” Le había comprado otras cosas antes de eso –cosas que le gustaban más, al principio: el anillo negro y turquesa de niño que se colocó el meñique; la caja de madera, larga y delgada hermosamente tallada en cola de milano, que usaba para guardar clips; o el suéter gris y suave con morral. Fue idea de él que cuando no estuviera ahí para tomar su mano, ella lo haría por sí misma, apretando las manos dentro de la bolsa que llevaba enfrente. Pero con el tiempo sintió más apego hacia el bol que hacia cualquier otro regalo. Intentaba negarlo. Poseía cosas que eran mucho más notables o valiosas. Y el bol no era un objeto cuya belleza te saltara de pronto; mucha gente debió seguir de largo antes de que dos personas lo vieran aquel día.
Su amante decía que era siempre muy lenta para saber qué amaba de verdad. ¿Por qué continuar con su vida tal y como era? ¿Por qué ser dos caras?, preguntó. Ese fue su primer movimiento hacia ella. Y cuando ella no se inclinó a su favor, y no cambió su vida para ir con él, él le preguntó qué la hacía pensar que podría tener ambas cosas. Entonces hizo su último movimiento y se marchó. Era una decisión para romper su voluntad, para hacer añicos todas sus ideas intransigentes respecto de honrar compromisos anteriores.
El tiempo pasó. Sola y de noche en la sala, con frecuencia observaba el bol sobre la mesa de café, callado y seguro, sin iluminación. A su manera era perfecto: un mundo partido en dos, profunda y suavemente vacío. Cerca del borde, incluso bajo la luz oscura, el ojo se movía hacia un pequeño destello azul, un punto de fuga sobre el horizonte*.
* Janus se publicó por primera vez en The New Yorker, el de mayo, de 1985. Al año siguiente formó parte del libro Where You'll Find Me.
** Traducción: Mauricio Salvador
posted by Mauricio Salvador @ 10:46 PM,
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