Traducciones

Javier Cozzolino y Daniel Espartaco no escriben minificción (y yo tampoco)

Pues resulta que estos dos tipillos se han puesto a escribir sus nuevas historias (lo de siempre, sexo, rock & roll y la ciudad de Dresde terriblemente bombardeada; seamos sinceros, ¿cuántas Dresdes han sido bombardeadas en la ficción? ¡Alguien tiene que hacer algo!) y como académico que soy (estudié 6 1/2 semestres en la FFyL; y actualmente busco empleo como ejecutivo de Simón & Simón -una tienda dedicada a los cosméticos; (mañana entrevista), me apetece anunciar que ambos trabajan en sus respectivos libros (aunque esto es un decir tratándose de dos maníaco-depresivos (yo soy depresivo-melancólico -me pongo a ver las mañanas porosas cuando el sol aletargado anuncia su llegada) y la verdad es que me dan buena espina. Particularmente me he puesto a leer otro cuento de Javier Cozzolino, Ming I y Ming II, después de haber leído la historia de Los tulipanes de Zamudio (sin corregir, primera versión, pero no minificción), y el magnífico relato de El Betito.

Ming I y Ming II:

No pensemos en esa primera coma que Javier dejó ahí como el último bastión de una prosa ya zarpando del Plata. No hagamos caso.

El día del homenaje al Beto Armijo, Ming II descubre el amor ( o lo que sea) en la figura de la comadre (Rosita, la viuda del Beto), bajo los efectos de la "burundanga de Colombia" y mientras escuchan un compilado de ABBA en el minimercado del chino Ming. Lo que pretende ser un homenaje se transforma, por efectos de la burundanga, en una orgía cuyo trágico final es la muerte de tres muchachos por sobredosis.

La cuestión es que hasta la mitad el relato carece de un objetivo para el lector. Podría ser la espera del chino Ming II de las chicas prometidas por Ismael y Rajoy (un elmento que se debe trabajar mejor); o podría ser la relación que se establece entre la comadre (Rosita) y Ming II (esto está mejor). No pretendo decir que la historia deba tener un objetivo unívoco, pero es claro que la confusión resulta de un exceso de información que satura las primeras páginas. Las palabras que el chino Ming escribe para honrar la memoria del Beto Armijo es un elemento que se abre y se cierra muy pronto, provocando una atmósfera vaga en toda la primera parte del cuento.

(No sé si les dije que estudié 6 1/2 semestres en la FFyL)

Se olvida, además, que el chino Ming renta el minimercado a los familiares para celebrar el homenaje del Beto. Y se olvida porque las primeras líneas son muy confusas y parece que no van al caso con toda la historia. El problema de esta historia es que es una historia en relación con otras. No es una historia independiente que deba marcar bien sus límites y su información. Al contrario, tiene un efecto inercial desde el principio y hacia el final precisamente porque está en relación con otros textos que hablan del Beto y la Rosa. A mi parecer toda la primera mitad debe ser ajusticiada por las tijeras, principalmente a la hora de las descripciones a fin de que el lector pueda llegar a la segunda parte sin tantos problemas. Se nota, claro, que este relato se escribió mucho antes de Los tulipanes de Zamudio.
*
La verdad es que hay mucho que decir pero ya son las tres de la mañana. Después agrego más.




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Pequeño post

Por la mañana cielo nublado. Y con ello una reciente y nada atractiva pesadez en el cuerpo. Si algo ocurrió de ayer a hoy no estoy seguro de saber exactamente que ha sido. Pero ayer, cuando me iba a la cama, el último vistazo fue para la luna llena que entraba por la ventana. Ahora me preparo el primer café y me como una gelatina. En la tele se oyen los “Diálogos en confianza”. Escribo que escribo.
Al cabo de una hora Yare viene, coloca una mano al descuido sobre una esquina del escritorio y me mira. Como es usual en ella me pregunta qué hago. Y yo le digo que nada. Se entretiene con lo que encuentra a su alrededor. Después me muestra una nariz de payaso, muy grande y roja, que le ayudo a colocar sobre la cara. Yare se va a presumir su nariz de payaso. Luego yo vuelvo a lo mío, que por ahora son páginas sueltas, páginas que buscan formar alguna historia.
Quince minutos más tarde parece necesaria una segunda taza de café y cuando salgo a servirme el concilio gira alrededor de los hijos y las viudas de Rigo Tovar. Mi madre cocina. Tiene gotitas de sudor en el labio superior y no sabría decir si es a causa de la humedad o por el bochorno que le provoca la menopausia. Ayer por la noche buscaba sus pastillas. Relleno la taza. Doy un vistazo para ver si el desayuno me apetece y en el trayecto, oculta tras un servilletero, descubro la silueta pequeña y casi triste de la nariz de payaso. En su abandono me pongo a pensar en Yare. Pero está absorta en el intento de colocar correctamente un cedé en la ranura correspondiente. Con la nariz en el bolsillo regreso a la habitación y aprieto el seguro. Ya a solas me colocó la nariz de payaso y me miro al espejo. Me siento al escritorio y comienzo a escribir.

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Welcome to Yoknapatawpha!

Hoy en The Art Of Fiction



William Faulkner, Relatos (título original Uncollected Stories of William Faulkner), traducción de Jesús Zulaika Goicoechea, Anagrama, 667 pp.

Es extraño, pero hay una clase de escritores (digo “clase” a falta de una mejor palabra) cuyos vínculos inmediatos con la realidad se vuelven más “reales” cuando los envuelven en una suerte de territorialidad mítica, un espacio donde su conocimiento de la tierra, y de los hombres de esa tierra, se hace más tangible al atarlos a sus propias coordenadas geo-literarias. Eso es lo que nos viene a la mente al pensar en Rulfo o García Márquez o William Faulkner.



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Rulfo...50 años... who really cares?



Antes que suceda cualquier cosa quiero dejar bien claro algo a todos los que tienen la amabilidad de visitar esta bitácora. Aquí no se siente reverencia por Juan Rulfo (aquí un link), nadie está dispuesto a decir que es lo mejor de la literatura mexicana, ni vamos a repetir lo que dijeron Borges o no sé quién. (Por cierto, en esta bitácora tampoco se reverencia Borges). A pártir de esta semana, al parecer, se celebran los cincuenta años de la publicación de Pedro Páramo. Bueno, pues en Abril, 50 años atrás, se suicidó Hitler, fue el bombardeo de Tokio y los rusos liberaron no sé cuántos campos de concentración.
Además, es importante dejar bien claro un asunto: no se reverencia a Rulfo por un sentimiento de mediocridad ni por espíritu reaccionario. Simplemente que no creo, después de haber leído tan buena literatura, que Rulfo sea tan grande grande como nos han hecho creer. Es un excelente escritor y escribió dos libros memorables. Pero además de eso no creo que haya ninguna necesidad de fiestas y estudios y tesis y eventos y congresos para que los rulfólogos se ganen un cheque más sin de verdad hacer una lectura realista de JR.
Joder, tesistas de Juan Rulfo, no son admitidos aquí. Favor de abandonar la sala, en orden.


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Pequeño post

Admito que esta situación me entristece. Mientras escribo el ruido de la televisión comienza a entrar por los quicios de la puerta después de un grato descanso de tres o cuatro horas. Durante esa pausa me he puesto a leer el ensayo que Jonathan Franzen publicó en Harper’s hace casi nueve años. En 1996, me parece, aún no había entrado a la universidad y la literatura no se encontraba en mi horizonte. Mientras muchas de mis actuales amistades leían a Bukowsky y a García Márquez, mientras se encerraban para leer una tarde a solas, yo, en cambio, iba a correr a una pista de arcilla al oriente de la ciudad. En aquella época había, si no literatura, sí una armonía que hoy me conmueve y me hace sonreír.
Hoy estoy en casa y escucho el sonido aturdidor de la televisión y de las voces increíblemente altas de una tribu de niñas cuyos dioses son otros tantos personajes de la televisión, niños como ellas, muchachos que sonríen a la cámara sin ningún tipo de vergüenza mientras repiten las palabras mecánicas de un escritor de la televisión. Pasar el día de esa manera es casi igual a estar sin nada que hacer en un polvoriento pueblo un domingo a mediodía. Aunque no es eso. Los pueblos son tranquilos y frescos. Nunca sórdidos. Y la experiencia de vivir días sórdidos en tu propia casa es algo a lo que estamos condenados. Lo mejor es la terapia de siempre. Y respirar profundamente unas cuantas veces. Uno. Dos. Expira.

Respecto de la pregunta de Cástulo sobre el posmodernismo, aquí dejo un artículo que escaneé de la mítica revista Quimera.

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"So -- is it the Great American Novel or what?"

Hoy, en The Art Of Fiction


Jonathan Franzen, Las correcciones, traducción de Ramón Buenaventura, Seix Barral, Barcelona, 2002, 734 pp.

La Gran Novela Norteamericana no ha desaparecido como el Dodo, pero es mítica como el Hipogrifo...

Sólo hacen falta un par de clics del ratón para darse cuenta de toda la conmoción que propició la publicación de la tercera novela de Jonathan Franzen, Las correcciones. Aparecida tan sólo unos días antes de los trágicos eventos del 11/9, la novela se ganó el derecho a ser llamada asunto de interés nacional y de provocar discusiones de todo tipo, desde las que nacieron a partir de la negativa de Franzen a acudir al programa de Oprah, hasta otras de más sustancia y que atañían directamente a la literatura. (Quizá era Franzen -antes sólo conocido a raíz de su famoso ensayo de 1996 “Perchance to dream: in the age of images, a reason to write novels”-, hacia diciembre del 2001, el autor del que más se hablaba en los círculos literarios. Y nuevamente las raíces del escándalo no se debían del todo a sus dotes literarias sino al desprecio del autor por una figura mundial. En sus días, Salman Rushdie blasfemó contra el poder religioso y eso le valió la condena de unos y la aceptación de otros. Franzen hizo lo mismo, se reveló, de alguna manera, contra el poder económico que representaba la ayatola Oprah Winfrey cuyas selecciones para su club de libro dejan ganancias millonarias. “La mayoría de los autores se cuidan de no ofender a Oprah Winfrey” escribió David D. Kirkpatrick en The New York Times.
Continúa.

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Pequeño post insomne



Camino a casa hay un amplio y medio seco camellón en cuya exacta mitad se abre una cancha para jugar básquet.
La chica lleva unos vaqueros a la cintura, una blusa sin mangas azul cielo, y el cabello castaño hasta los hombros. Una belleza. Pese a que su estilo de botar el balón deja mucho que desear (a dos manos), la escucho reír y retar a los dos chicos que con el peso en una pierna aguardan pacientemente a que les devuelva el balón. Ella les muestra la lengua, se coloca en la distancia de los tres puntos, de espaldas, y con un movimiento de resorte (expulsa el culo y luego lo devuelve en un sólo impulso mientras sus brazos dibujan una elipse que va de las rodillas hasta la cabeza),
lanza el balón que ejecuta una parábola digna de tener mención en algún poema.
Mientras vuela, parece que todos nos vamos a quedar ahí hasta el anochecer. El balón gira mostrando los gajos desde una perspectiva diferente cada segundo pero la verdad es que no da la impresión de querer llegar a la canasta. O quizá se deba a que el aire y el último sol han dejado la tarde cargada de tardanza, llena de sopor.
Al otro lado de la calle hay una tienda de abarrotes en la que un par de niños juegan a meter monedas en la maquinita de apuestas o de adivinar el futuro. Junto a las canchas, sentados en el bordillo, un grupo de chicos miran también la trayectoria del balón pero con la calculada indiferencia que deben mostrar. Están ahí pero no están. Miran el culo de la chica pero no lo miran. Entre las rodillas tienen botes de agua y refresco y de vez en vez meten la cabeza entre las rodillas y dejan caer una moneda de saliva. A veces el resfresco les espesa la saliva por lo que no es raro verlos luchar contra un hilo brillante que se niega a tocar suelo. Luego regalan un vistazo al balón que viaja e inmediatamente después se concentran en lo suyo.
Yo soy un pasante así que no juego mucho en el ambiente. Llevo mi mochila de tonto, mi mentón mal afeitado y la compostura de haber (no me pregunten por qué) cedido mi libro de Las correccones y una cajetilla de cigarros por sólo $25 a un policía judicial. Mientras doy un paso el balón vuela directo a su objetivo. La mirada de los chicos ha pasado de una marcada indiferencia a un interés claro. Yo me detengo. El balón pega en el aro dos veces, como un nadador que se expulsa desde el trampolín, y cae, tan perfectamente como puede hacerlo, rozando la red blanca y azul.
La alegría de la chica se muestra sincera y épica. Por lo pronto vuelvo a casa, me sirvo de comer y veo televisión. Más tarde estoy aquí, recordándola un poco, aspirando mansamente lo que quedó del día y dejando que de algún sitio se descuelgue la imagen de la chica y el balón justo frente a mis ojos. Luego es hora de ir a la cama. Luego es hora de dormir. Ha sido un lardo día. Un largo y extraño día. Pienso en aquella adolescente de cabello castaño. Sus manos arrojan algo esférico por los aires, algo que ya entrados en vena, podría ser cualquier cosa. En un acto de malabarismo me veo en los aires. La canasta es un puro espacio oscuro. Vuelo directamente a él. Caigo. Los ojos se me cierran. Esto es todo, me parece. Así que cuando caiga provocando un zumbido por el roce contra la red, estaré en el mejor de los mundos. Esto es todo. Alto. Cambiuo y fuera.

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Sábado

Está la sensación de despertarse un sábado a hora temprana y acumular las fuerzas de la noche anterior para intentar, de algún modo, recuperar más fuerzas. También está la sensación de haber descansado doce horas y aún así tener un cansancio de mierda sobre los hombros. O está ésta sensación (que prefiero por sobre las otras) de irse reponiendo con el día a medida que los entusiasmos se suceden. Para un muchachito sencillo como yo los entusiasmos para darme fuerzas son bien pocos y ridiculizables. Una reseña, por ejemplo, a veces me pone de bueno humor (no esperen que hable de pajas y juergas, de borracheras y fiestas; en letra son aburridas); un jugo de mandarina; las noticias leídas antes de las once; un par de correos; un libro nuevo que aún no he abierto. Estas cosas. Lo mejor es hacer una pausa a eso de las doce para (es mi caso) ducharte, poner el café mientras te secas el cabello (es mi caso, repito), secarte los dedos de los pies mientras planeas mentalmente lo que sigue a continuación en tu espectacular sábado, y luego, ya con el café frente al monitor, ponerte a leer o escribir alguna cosa. Por la tarde un poco de lectura (en mi caso terminar Las correcciones, y un cuento de Tessa Hadley; y otras lecturas, claro) y antes del anochecer, cuando has recuperado suficientes fuerzas, intentar un poco de trabajo serio de sábado feliz. Ya entrada la noche un refrigerio. Cita, si la hay. Desearía tener un juego instalado en la PC para jugar una hora, pero no es así. Un post de descompresión. Ver lo que escriben los demás. Luego es tarde. Luego es hora de dormir y de volver, para la mañana siguiente, a acumular todo estos pequeños galones de combustible, y quemarlos lo mejor posible, sin postmodernismos ni grasas saturadas. Un sábado aburrido, quizá. (Pero no en mi caso).

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WOW!!

Hoy, en The Art Of Fiction


Hace unas semanas dejamos aquí un pequeño post sobre la revista McSweeney's (linkeado allá abajo) y otro más (hasta donde recuerdo) de Nick Hornby (de quien robé el título para mi blog Some Stuff I've Reading, lo admito), autor de Pollisylabic Spree. La sorpresa de hoy por la noche (no miento, es una jodida sorpresa -y una bendición para los que vivimos en este jodido país (mex)-), es que The Believer (#22) ha renovado su página y ha permitido el acceso a muchos de sus artículos. Entre otros están el mismo Hornby (su columna semanal), Javier Marías, Jonathan Lethem y otros. Lo malo de todo esto (o lo bueno), es que a partir de abril se cobrará suscrpción. $45 dólares, pero yo creo que lo vale.

Por otra parte, me he dado a la tarea de añadir nuevos links:

-Mi favorito (además de The Believer) es I read a short story today, donde el autor reseña una historia corta cada día. (Se me antoja hacer un blog como ése)
-Crítica Literaria Wineruda, de dos chicas que reseñan los libros que leen.
-El lector Ileso, de La Coctelera.
-Y además dos más en inglés: BookBitckBlog y Paper Frigate

Y de pilón esto que me encontré: Un artículo de 1998 en La Jornada, "Rituales de inicio", a propósito de The Writers' Desk, un libro de fotos donde se describen los rituales de diversos escritores para comenzar a escribir. Ciao
(Mauricio Salvador)

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Apagar el fuego

Hace años, cuando era un adolescente más exaltado de lo que soy ahora, cada tarde me ponía a leer a los Cronistas españoles en una biblioteca de la SEP donde mi libro preferido era Material Poético, de Carlos Pellicer, un vasto libro de medio metro de altura y pastas duras y grises que me gustaba mucho. De aquellas lecturas, lo único que se me quedó grabado fue la conciencia prehispánica del tiempo. La idea de la circularidad, de los ciclos que van y vienen para purificar al hombre y darle una nueva oportunidad. Los llamados días nemontemi son los cinco días añadidos al año azteca, los días aciagos, funestos. Entonces la gente rompía sus utensilios y fabricaba otro. Luego, una noche, los sacerdotes se reunían y hacían fuego del que todos tomaban una llama para llevarlo a sus hogares y comenzar un nuevo año.
Lo que yo quiero creer (mientras miro este cielo azul pálido y grandes algodones de nubes colisionando unos contra otros) es que los días nemontemi de mi vida están por terminar y que un nuevo fuego y unos nuevos utensilios están dispuestos para mi hogar. Es lo que llamamos optimismo, aunque estoy lejos de ser un optimista pese a todas las descripciones bucólicas e irrefrenables que me salen a cada momento mientras escribo. La conciencia de que la vida cumple ciclos no tiene nada que ver con el optimismo, por supuesto. Además el optimismo no me importa. Y quién sería optimista cuando los titulares del periódico de hoy son todos acerca de dimes y diretes entre potencias proclives a un escalada armamentística. También es posible que alguien emparente los días nemontemi con una etapa clínica de recuperación. Nada que ver. La diferencia es que estos días aciagos eran, ante todo, colectivos, y la preparación para el ciclo siguiente también. Así que cuando pienso en que mis días nemontemi están por terminar también lo pienso por las personas que me rodean. Al fin y al cabo uno se pone a beber cerveza con los amigos, a menos, claro está, que seas un empedernido romántico.
¿Todo esto para qué? Oh, sí. Para decir que hoy el día brilla mucho y el viento sopla muy fuerte. Las sábanas de mi vecina ondean. Y la primavera está a la vuelta de la esquina. El mes Toxcatl (corríjanme por favor) en que desollaban a un hombre para vestirse su piel como símbolo de la fertilidad. Xipe Totec, me parece. Un ídolo de barro con una piel danzándole sobre el espinazo.
Aquellos días, cuando comenzaba a cursar mi primer año de universidad (Derecho), trotaba por las mañanas, me encerraba por las tardes en la biblioteca y salía a comprar una torta muerto de hambre. Ocho años después es hora de romper estos trastos de barro, apagar el fuego y quemar las naves, todo a la vez.

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Pequeño post

Un poco alejado del blog con el fin de disfrutar de un par de días cálidos (27° c., bugambilias, agua fresca) y hacer vida silvestre (demasiado silvestre, diría yo). Las enseñanzas morales son nulas. Las prácticas un poco mejores. Lo más significativo, no haber extrañado casi nada excepto una buena sartén y un buen sillón para sentarme a leer. Luego doce horas de sueño ininterrumpido. Dolor en los riñones. Extraños dolores de cabeza. Mala condición física.
No tengo la impresión de haber vivido un invierno y por lo mismo leo con un poco de sobresalto que ya nos encontramos a siete de marzo. Hace apenas dos días yo me hacía planes para cuando llegara este mes pero todo se ha ido al caño. Continúo con la novela de Jonathan Franzen (de la que tengo opiniones positivas) y al rato con un cuento de Teresa Hadley. Nada es seguro después de eso. Quizá un poco de café con leche. Ponerme al tanto de muchas cosas, del correo, las noticias, el blog de ficción, los amigos, los otros blogs. Todo lo que, extrañamente, nos hace sentir orgullosos, el vértigo de nuestra época, la velocidad con que pasan las cosas, cuando uno tiene la sensación de que el mundo ha pasado de largo y sin esperarnos. Terrible, cuando lo pienso. Pero no es tan malo alcanzado cierto grado de madurez. Mi método, tranquilizarme con un café con leche. Mandar tranquilamente todo a la mierda y echarme a la cama a leer como si nada. Luego me entero, a retazos, del último rehén ejecutado, de la última bomba, del último kamikaze. Si este es el mundo que pasa sin esperarnos, qué mejor. Como diría una locutora de chismes de la televisión: Así pasa cuando sucede. Sí, señor.

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Primer acercamiento a las preguntas del GES

Ayer, el Gran Editor Sudaca, un individuo altamente neurótico, planteó diversas preguntas sobre lo que podríamos llamar el mercado de lágrimas de la crítica actual.
Y dentro de éste la pertinencia del crítico como individuo enfrentado a un conjunto de obras. Lo que se desprende, también, es la pregunta de si el crítico debiera seguir siendo el garante público del buen gusto. Por supuesto, hoy día los críticos no pueden leer la cantidad inmensa de publicaciones que año con año se editan en cantidades inhumanas. Los críticos mismos han comenzado a ser selectivos en sus búsquedas y en muchos casos la perla de un crítico es la correcta apreciación de un talento en potencia. Yo me sustraigo a estas preguntas porque no puedo contestarlas. En México, que es donde vivo, nunca fue pensable la aparición de críticos que movilizarán la opinión tanto como un Belinsky o un Herzen bajo la Rusia Zarista por esta tradición tan arraigada de vincular la creación con la política cultural. Sin embargo ha habido excelentes críticos. Tampoco creo que sea necesario si el crítico desea mantenerse libre de trabas. La discusión de si existe la crítica siempre será, pienso, un asunto del presente. Con la perspectiva del tiempo veríamos que la crítica estuvo ahí, para bien o para mal, pero estuvo, porque la crítica es algo tan inherente a la propia creación que no puede haber separación. La misma creación, dentro de sus formas y sus paradigmas, es ya una crítica. Lo otro, el amor por los cánones y las bendiciones, es otro asunto. Pero también es un asunto serio. Por lo menos es un intento de darle forma y coherencia a “algo”. En un ensayo al respecto Mathew Arnold aventura una definición de crítica: el desinteresado propósito de captar y difundir lo mejor de cuanto se conoce y piensa en el mundo. En todo caso la crítica debe estar al tanto de los esfuerzos y deficiencias espirituales de una obra sin más consideraciones que su propia mirada honesta.
Por supuesto la crítica es una actividad remunerada (Incluso si un autor no recibe nada por la publicación de su libro, el reseñista y el crítico sí que recibirán. Fallas de origen, como se ve), y eso ocasiona problemas. Pero el crítico debe mantenerse independiente porque esa es su esencia.
De cualquier manera el creador ejerce la crítica dentro de su propio campo, el de la creación, y eso es lo único que le debe importar.

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The Authors

John Travolta

John lives in Toronto and is a freelance illustrator and a designer/animator for CHUM Television. He writes about , design, and visual culture under the pseudonym Robot Johnny

Claire Robbinson

Claire Robertson is an illustrator and toy from Melbourne, Australia. While her illustration clients have included The New York Public Library, Scholastic and Cambridge University Press, it’s her blog Loobylu.com that brings her the most joy and which has attracted the most attention with rave reviews in the Wall Street Journal, WIRED Magazine and The Guardian.

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