Traducciones

No Smoking Band


Así es, allá voy.
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Pequeño post

Por la tarde. Un poco desconcertados en casa porque la luz se fue durante una hora, más o menos, y entonces todo lo que parece sostener este hogar cayó redondo. Los televisores, por supuesto, callan. El temor de todos (no sé por qué) es que el refrigerador sufra un deshielo. Pero creo que lo que más nos puso meditabundos fue el ruidillo de telón de fondo que permanece ahí y entra por las ventanas y por la azotea y nunca sabemos bien a bien qué es o qué lo provoca. Lo que yo pienso, un poco poéticamente, nada tiene que ver con la realidad: lo que es cierto es que esta repentina falta de luz nos pone nerviosos. Como para remediar el asunto se reúnen en la sala, caminando lentamente desde el lugar donde se encontraban antes del apagón, y comienzan a hablar. Mi madre solía preocuparse por los aparatos electrónicos y recorría la casa gritando que los desconectaran. Hoy no es el caso y en cambio se ha sentado, con las piernas bien juntas y las manos en las rodillas, para contar cómo engañaba a mis hermanas para vacunarlas. Lo que me recuerda del brote de viruela que hay por aquí.
El ruido lejano de los aviones, el zumbido de la bomba del agua, los autos, todo se vuelve un zumbido que aunque siempre está ahí te olvidas de él. Es el mismo zumbido que te provoca el ponerte tapones en los oídos.
Vuelvo a la cama parea seguir leyendo el libro Jonathan Franzen, creo que un poco reconfortado por los ruidos anónimos que se unieron al concierto en cuanto llegó la luz. Como a mí me gusta que se vaya la luz es cuando estoy solo en casa y llueve. Pero eso a nadie le importa. Buena tarde a todos.

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Pequeño post


-¿No crees que los patos tienen algo más que ofrecer? Los patos no son como todos ustedes creen -dice Bill.

-Hace mucho tiempo yo solía ir a nadar al estanque, hasta que un día los patos se mudaron. Ha sido una de las experiencias más traumáticas de mi vida.

-Pero a los patos nos gusta nadar, Aldo.

-Dime, Bill, ¿no te parece espantoso nadar al mismo tiempo que tu comida? ¿Eh? ¿Te gustaría nadar con brócoli?

-No -dijo Bill-. Pero quizá me gustaría hacerlo con chocolate.

Estos, más o menos, son los diálogos que escucho cuando me planto frente al televisor. Y son diálogos que me gustan, quizá a causa de mi sentimiento pro animal (aunque la Goya y la fallecida Susy no dirían lo mismo) o quizá a falta de referencias culturales más hondas y aceptables.
Podría narrar un poco acerca de los acontecimientos últimos pero a nadie le interesan. Como es usual miro por la ventana para calibrar el día. Mi horóscopo me brinda esa gratificación inmediata que uno tanto necesita y tomo café instantáneo. Tengo que esperar a días de calma y encierro para escribir más a gusto. Ahora debo salir, tengo una cita a las 12:30. Luego parece que vamos a ir al cine. Y de ahí al Parque México y luego a Mixcoac. Por supuesto intentaré alimentarme bien.
PD. Para aquellos que como yo comparten la pasión por las caricaturas de la mañana, aquí dejo dos post de hace tiempo, uno que especula sobre Pinky y Cerebro, y otro donde reflexiono hondamente sobre la pollita Camila.

Growing up with Charlie Brown, Jonathan Franzen

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Una fina tradición literaria

Hoy en Lo que me da la gana postear: Marcel Proust y P Diddy.


They have each failed to deliver their books on time. But while Marcel Proust is hailed for his procrastination, P Diddy is facing a lawsuit. Even so, says Blake Morrison, they are both heirs to a fine literary tradition. Artículo completo en The Guardian. Sólo fans.

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Recuerdo de un amigo (1)

Uno nunca suele comenzar por lo errores. No se desvelan las mentiras tan pronto ni es de cuerdos creer que la sinceridad es un aspecto positivo en las personas. Por lo regular la sinceridad sólo complica las cosas. En medio del desbarajuste, cualquiera que sea, la nota sincera cae como un yunque atravesándolo todo y por un instante el silencio se apodera de todo hasta que ya es demasiado tarde. ¿O para qué creen ustedes que el culpable, segundos antes de morir, revela una verdad tan grande como inútil, una verdad que no hacía falta decir en ningún modo? Oh, su sinceridad final no sirve para nada. Al contrario, despierta demonios que pocas veces son evadidos por los protagonistas. Y sin embargo un extraño instinto de sobrevivencia (llamémosle así) me lleva a ser honesto (quizá un poco traicionero) y proclamar todos y cada uno de los errores que suceden en las siguientes páginas. No es una prueba de modestia, tampoco de soberbia, ni siquiera una excusa. Es, creo, una convicción íntima de narrador. Y pueden opinar lo que quieran pero así son las cosas en este pueblo; qué se le va a hacer.
Una mañana estoy observando el vuelo de las palomas. Por la ventana el espectáculo es atroz. Las palomas también pelean. Esa imagen de paz, nada que ver. Están ahí peleándose como dos obesas mujeres metidas en playeras blancas de algodón. Al final una de ellas se aleja y parece que la crisis de esta mañana ha sido superada. Porque existe esta tendencia de lanzarse crisis los unos a los otros como una pelota de básquet. Para no ir más lejos, recuerdo la crisis de la adolescencia, la crisis de los veinte años, la crisis de los veinticinco y este momento la crisis de los espectaculares treinta. Algún listillo vendedor de peluches inventó esta idea de las crisis.

-Un día, cuando ya no esté, tú te encargarás de mí –me dice Alfaro.
La película de mi vida se sale del carrete una y otra vez por lo que me parece difícil encargarme de alguien más. Alfaro podía decir este tipo de cosas porque en realidad nunca prestaba atención a nada. Si la expresión “a nativitate” se le cruza por el camino ahí lo pueden escuchar todo el día creando combinaciones.
-Eres mi hermano a nativitate –dice-. Mi hermano. El único hermano, como un miembro más de mi cuerpo.
Intento imaginarme como un miembro más de Alfaro. ¿Qué seré? ¿Un sexto dedo? ¿Una costilla más? Lo más seguro es que Alfaro me considere una especie de tumor benigno, algo que uno puede cargar sin peligro, aunque lo mejor sería extirparlo de una vez, y extirparlo con cuidado.
En cambio Alfaro me llevó consigo. Solía sentarme a su diestra y ponerme como testigo ante las múltiples eventualidades que se sucedían en su oficina. Un escritorio de madera fina le permitía descansar los brazos mientras su interlocutor se desgañitaba al otro lado. Yo tomo notas. Soy astuto. Soy su brazo derecho.

Esa tarde Alfaro me entrega una dirección y me manda a volar con un gesto preventivo de su barbilla. En la calle miro las palomas una vez más y como por instinto camino con grandes zancadas para obligarlas a desbandarse aunque tras mi paso las filas vuelven a cerrarse y comprendo que son más listas que yo, en cierta manera.
La casa en cuestión me recuerda una crisis. La crisis de la adolescencia, cuando una tarde yo y otros (entre ellos Alfaro, un niñito esmirriado y temeroso) asaltamos una casa abandonada y fumamos cigarrillos robados. Una puerta se abrió y la figura del uniformado nos envolvió como sólo deben hacerlo las apariciones divinas. Agitó su macana a la vista de todos.
-Cinco años, chavales.
Quizá ahí comenzó la obsesión de Alfaro hacia los uniformes y las insignias y los halagos balbuceantes de los subordinados. No obstante su admiración tomó el camino divergente. Un día se hizo criminal. ¿Cómo? Pues como lo hacen los criminales, por casualidad. A la edad de quince años entró a un instituto técnico a estudiar electrónica. Después se especializó y al cabo trabajó para diversas compañías telefónicas que también por diversas razones decidieron prescindir de sus servicios.
-Pero yo nunca te extirparía. ¿Me escuchas? Nunca. Eres mi hermano. Eres yo.
-Claro. Lo sé.
Está borracho. Me olvido de las palomas pero no puedo olvidar que Alfaro es lo más cercano que conozco a un genio y quizá por eso lo respeto. La casa es alta, de piedra, y rodeada por una malla electrificada. Cuando toco el timbre la cámara de seguridad me observa (quizá toma una fotografía), y la puerta se abre con un chirrido agudo. Ahí hay que revisar atentamente el desperfecto.
-Escuche esto –el tipo aprieta el botón de play y escucho la plática de dos ardillas y luego unos cuantos gemidos. Volteo el aparato, cambió la velocidad de reproducción y ahí está:
-Te la voy a chupar lentamente, y quizá te la muerda y quizá…
El tipo cae en su sillón.
-Mi mejor amigo –dice-. Y mi mujer.
Recibo unos cuantos billetes y salgo al mundo donde esas pequeñas porquerías no interesan a nadie. Lo malo fue que por lo menos en ese momento y en ese lugar al mundo sí que le pareció interesante saber lo que ocurría. Pero ése no era mi problema. Como tampoco lo es mantener un estricto control sobre lo que sucede alrededor de Alfaro aunque Alfaro mismo lo hubiera querido así.
-Pero mi madre.
-Tu madre, tu madre. ¿Sabes lo que es esto? –y me muestra un billete reluciente de quinientos pesos. Luego otro y otro y otro-. Anda, cómprale un regalo a tu madre y te vuelves acá.
La primera vez que a Alfaro se le ocurrió la idea de trabajar por su cuenta y de grabar conversaciones ajenas fue allá por el 85. Su padre tenía ahorros en el banco. O mejor dicho tenía una caja con joyas, porque no confiaba en las computadoras ni en los registros bancarios. Pero vino el terremoto, el banco cayó redondo y las joyas se perdieron.
-Durante dos días mi padre y yo escarbamos en los escombros –me contó Alfaro-. La gente creía que buscábamos sobrevivientes. Salimos en televisión.
Compró grabadoras, les soldó un circuito muy sencillo y se anunció en el periódico de la siguiente manera: ¿INFIDELIDAD? ¿PROBLEMAS FAMILIARES? ¿SOCIOS CORRUPTOS? Y un teléfono. Y el negocio creció. No era detective, tampoco un timador pero quizá una especie de asaltante bajo pago. Los primeros trabajos implicaron saltar bardas y allanar habitaciones. Colocaba un micrófono en alguna esquina, dejando bien oculta la grabadora y salía de ahí.

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Qué fue de los Mulvaney

Qué fue de los Mulvaney, Joyce Carol Oates, Lumen, Barcelona, 2003, 758 pp.
A primera vista parecería una historia más de generaciones. Uno de los subgéneros preferidos de la narrativa norteamericana, la crónica del éxito y el debacle de la familia americana. Reseña en The Art Of Fiction.

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Sábado

He subido de peso. Todos saben lo que significa una afirmación de este tipo; entre otras cosas que has perdido una porción de la armonía que te caracterizaba. Es viernes por la madrugada y no he hecho otra cosa que estar en la cama con un brazo sobre los ojos mientras las imágenes falsas y los sueños rotos me desviven. Hay una palabra para todo esto, una palabra que comienzo a sentir anacrónica, o al menos lejana ya de mí, porque ya no soy aquel muchacho melancólico que todos los días soñaba despierto. Sí, es una pena, pero así era. La melancolía, dice John Cheever en algún lugar de sus diarios, se le presenta a aquel hombre que tiene planes ambiciosos, que un día se vislumbra a sí mismo como un buen hombre. Pero su poca voluntad le impide lograr nada. Es fiel a su mujer, y si estuviera a solas con una chica en una habitación de hotel seguramente se pondría a hablar de sus dos hijos y de su maravillosa mujer mientras éste se acuesta con su mejor amigo. Por ahí, debajo de toda esa basura, se encuentra la melancolía, disfrazada de pollo.
Como creo haber dicho es sábado por la madrugada. Me he quedado en casa porque buena parte del día la perdí en la calle. Escribo casi mercenariamente. Cuando en alguna fiesta me cansaba de mí mismo (como sucede regularmente cuando escribo) me gritaba en tono de broma: Basta, basta ya, Mauricio, y me iba a un rincón con mi cerveza en la mano dispuesto a guardar silencio. Pero luego algo me provocaba y me ponía a hablar de jabones, mi frivolidad de siempre. Mi gran problema es que pese a todo no consigo ser polígamo. Y en una afirmación como esa, la partícula "pese a todo" significa (para decirlo con una de esas alocuciones de la vida airada) un mundo lleno de posibilidades. Sí, soy monógamo de pies a cabeza, y a veces resiento mi capacidad para defraudar a la gente. Con lo simpático que puedo llegar a ser. Qué joder. Y yo cancelando citas como si nada.
Por la noche llega V. Se me acabaron los días de encierro. Ahora las largas charlas, las discusiones sobre esto y aquello, la cama, las páginas que leemos por la noche. El té. Es un sábado tranquilo. Quisiera leer algo de Cheever, sus diarios, pero no deseo levantarme de esta silla. En vez de eso suplantaré mi falta de movilidad por una sóla explosión de energía, la suficiente para volcarme sobre la cama y quedar dormido. Una pequeña dscarga de energía cruzando mi cuerpo y mi mente para terminar fundido como un foco. Pienso en mucha gente. Esa gente, cuando lea esta oración, sabrá qué gente. Por lo pronto a la cama. He perdido mucho tiempo en la internet esta noche. Buenos días.

posted by Mauricio Salvador @ 12:25 AM, , links to this post


Hoy en The Art Of Fiction: Un paseo por Salon.com. Nick Hornby, Sub Marcos, Jonatham Lethem.

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Leer blogs tiene sus recompensas.



The short story is dead! Long live the short story! Esta una de las frases que con frecuencia se puede hallar en diversas revistas y blogs de Estados Unidos a la hora de celebrar la contundencia y vitalidad de la historia corta en el vecino país. Es una frase también, y si bien recuerdo, del magnífico John Cheever, uno de mis escritores preferidos.

El premio O Henry es sin duda uno de los barómetros literarios más importantes (junto al REA o al ASHAM) para la short fiction, y su principal benefactor sigue siendo el New Yorker cuyas historias han acaparado los premios O Henry de este año, lo mismo que los de la recopilación The Best American Short Stories Of The Year. Como un regalo que resulta demasiado generoso (tengo que admitirlo) aquí algunos de los relatos ganadores:



THE BRIEF HISTORY OF THE DEAD, de Kevin Brockmeier

WHAT YOU PAWN I WILL REDEEM, de Sherman Alexie

Refuge in London,de Ruth Prawer Jhabvala

A RICH MAN, de Edward P. Jones.

THE HIGH DIVIDE, de Charles D'Ambrosio

De The Art Of Fiction

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Lunes

Hay una ventana abierta por donde entran los ruidos de toda la casa: perros, música, niñas, autos, algún martillazo por ahí, en estos momentos el sonido lejano pero audible de cubiertos cayendo sobre el aluminio del fregadero. Y es todo esto, a final de cuentas, lo que le da armonía a los días. La espuma de los días. Después todo se adereza cuando una niñita, a quien llamamos Yare, o Llare, entra furtivamente y me pregunta ¿Qué haces? Le digo que escribo. Y ella me pregunta ¿Por qué? Y yo le digo que porque a veces me gusta hacerlo. Y ella pregunta ¿Por qué? Su pregunta favorita ahora que ha aprendido a hablar. A mi vez le pregunto si ya sabe leer. Ella pierde la mirada (de seguro calibra las posibilidades de que yo me crea una mentira suya) y al final, en un respingo me dice que sí. Tiene un poquito más de dos años. Le pregunto si va a la escuela. Ella dice que sí, dice que va con Andrea (otra niñita de por aquí). Luego le pregunto por qué no fue hoy a la escuela. Y ella me dice que porque ha acompañado a su mamá al mercado. Luego su interés por mí se pierde y se pone a dar vueltas.

Cinco minutos después Llare entra husmeando como un perrito. Se detiene a mi lado, me mira leyendo el monitor de la computadora. Y me pregunta: ¿Qué haces? Y una vez más nos engarzamos en una conversación infinita.











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Sheridan Square

Si hay un dilema en todo este asunto de vivir entre notas de bajo perfil, libros de temas varios (nunca una disciplina; nunca, por ejemplo, ponerse a leer a Dostoyevski seriamente, o a Platón, de quien nunca he podido terminar un sólo diálogo), y pasarse el tiempo posteando más notas de bajo perfil y anunciando libros que no leo y leyendo diariamente mi correo electrónico como un enfebrecido, si hay un dilema, repito, quizá sea el que una buena tarde uno siente la necesidad de una gratificación mínima y silenciosa que atraviese la habitación y la refresque como una ventisca espontánea; aunque a lo mejor sería algo más parecido a un ventilador industrial, un ventarrón que remueva todos los libros y todas las cosas y me haga salir de la opacidad intelectual de todos los días. Afortunadamente, como he dicho, es sólo un momento, un rapto, como diría el poeta, y la ventisca o el ventarrón pueden no pasar por aquí y no moverme de la posición simiesca en que me hallo justo en estos momentos. La gratificación sobreviene cuando lo aceptas, cuando cándidamente te resignas a seguir el mismo camino, al menos durante un tiempo más, esperando que algo, de pronto, se ilumine en tu cerebro y aparezcan como bengalas las aspiraciones que de pronto, también, pierdes de vista, enrolado, como estás, en el tráfago diario y algo tonto de la rutina diaria. Hace rato coloqué una nota en The Art Of Fiction, una nota en la que Mario Vargas Llosa (a éste yo lo respeto) critica en buena medida la proliferación de lo que justamente llama novela light. Hasta donde recuerdo creo que hubo un tiempo en que el término de literatura light no resultaba tan sospechoso como hoy día. Si estoy mal háganmelo saber. Contraponía esas novelas de tono fresco y casual a las grandes novelas cuya carga histórica e idearia las hacían parecer grandes portaviones que no a cualquier puerto podían arribar. Sí, muchas metáforas. Y veía las novelas light casi como un relato malamente alargado donde, pese a ello, palpitaban los motivos que hacen a la literatura literatura. Repito, eso es lo que creía y seguramente estoy equivocado. Hoy no dudas. Literatura light es algo bastante definido. Cierto. Pero también existe un tipo de literatura que podría ser malamente llamada light tan sólo porque de pronto niega las cargas tradicionales que definen a la buena literatura y se afilia a un mundo fantasmal y átono. Yo tampoco entiendo lo que digo, eh. No hablo de experimentalismo, no hablo de vanguardia ni nada de eso, tampoco de postmodernismo, con eso no me meto. Hablo de una necesidad de tonos, tonos actuales. (Y parece que digo una pendejada. Bueno es mi blog, es mi pelota, joder; digo lo que quiero.) En serio que no digo pendejadas a propósito, juro que me esfuerzo. Bueno, esto de los tonos es para darme un balazo. No hay marco teórico, no hay nada. No hay citas. No me avala Carlos Fuentes (¿alguien leyó su último libro de relatos? Tengo curiosidad pero con tantos buenos cuentistas allá afuera no es posible que le vaya a regalar una tarde a este cabrón). No hay nada. Tan sólo una íntima convicción. Y si para Blake una íntima convicción podía ser la misma voz de Dios, pues para mí es la voz en off de un couch frívolo y distante que me exige mi mejor esfuerzo. ¡Uno Dos! ¡Uno Dos! ¡Uno Dos! ¡Dame dos más, cabrón de mierda, niño consentido! ¡Dos más! Y ahí me ven ejercitando los músculos del abdomen colgando de una barra como el mismo Batman. Joder. ¿Alguien recuerda ese poema de José Carlos Becerra? Decía algo así como “La señal la señal la señal. Y tu traje (o disfraz) esperando pacientemente en la silla mientras esperas rescatar a la mujer que tú dices debe ser rescatada” algo como eso. Ese poema me encanta. Regresando a los tonos. ¿Por qué esta necesidad de leer autores actuales y de dudosa calidad cuando Dostoyevski, Platón, San Agustín, Goethe, nos esperan con los brazos abiertos? Uno nunca termina de explicárselo. Mi respuesta personal es bien sencilla: porque de una u otra manera siento una necesidad de tonos que me atañan en tiempo y espacio. Porque con seguridad hay cosas que no entiendo ni me son coherentes, y la ficción de hoy, incluso la literatura light, me explican un poco y otorgan cierta coherencia a todas esa ondas que llegan a mi cerebro cada segundo. Muchos van a negar esto. Si en este mismo instante esta gran civilización nuestra se colapsa, por cantidad la literatura que sobreviva serán los libros del Código Da Vinci. No, bromeo. Lo que se espera es que sólo las grandes obras, las obras maestras, seguirían siendo legibles para los hombres del futuro y no la literatura light de hoy. Eso es cierto, tal y como ha sucedido (Aunque a más de un profesor chistoso le escuché eso de que Eurípides había sobrevivido porque era una especie de best seller). Sí, es cierto. Mi condena es la necesidad que tengo de tonos frescos y cercanos, aún cuando estos tonos sean literatura pasada por agua. Muchas veces eso me ha valido ser tachado de frívolo. Pero no es así. De verdad deseo progresar como persona, deseo ser mejor en todos los aspectos y tanto las grandes obras como las menores me han dejado algo muy valioso. En serio. Por supuesto la clasificación es trabajo de críticos profesionales. La mía es la postura del diletante, qué joder, la del lector pasivo y acojonado.

PD. Hablando de críticos profesionales. Ayer leí una reseña de Christopher Domínguez Michael en ese libro que compré en el metro (sí, ahí es donde se vende la crítica hoy día, junto a manuales de jardinería) sobre José Agustín y Gustavo Sainz. Déjenme cito un poco: “Muy grande debe ser la soledad de Gustavo Sainz (1940) para enjaretarle al hipócrita lector 787 páginas del egocentrismo más impúdico y descarado que se haya visto en la literatura mexicana. Ni Carlos Fuentes bajo la lluvia con Shirley McClaine en Sheridan Square.”

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Sábado

Estoy tomando un café con leche. Estoy escuchando a Miles Davis. Leo esta novela que me regalaron de Chuck Palahniuk y a cada momento debo agregar al diccionario de la computadora todas estas palabras que no caben dentro de su moralina visión del mundo. Pienso que este puede ser un buen año y que ya lo va siendo aunque justo es decir que el año pasado y el antepasado dije exactamente lo mismo con el resultado de que a mitad de calendario las cosas se habían torcido de una manera bastante estúpida y descerebral. Abuso de las proposiciones y de los lugares comunes. Mi adjetivación apesta últimamente. Lo que voy a hacer este sábado será terminar esta novelita de Palahniuk, escribir algunas páginas y organizar alguna información que debo postear en la bitácora de ficción. Seguramente no me iré de antro, como se dice. Tampoco iré a Coyoacán a comer quesadillas o a beber cerveza. No, un sábado límpido de trabajo honesto. Ahí un adjetivo que apesta. Y hacia la media tarde una merecida siesta después de otro café con leche. Incluso, en una arranque de excentricidad, es posible que me ponga a leer el suplemento del Universal. Todo esto muy cercano a la felicidad, o mejor dicho, a la tranquilidad.

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Monopoly Literario



Amigo escritor, vendedor, estudiante, profesor, abogado, contador, criminal: ¿Quieres escribir como Jorge Volpi y de paso convertirte en un nuevo rico, y ser amado como un inmortal con sólo una inversión mínima y sin clases de ningún tipo? (¿Y además divirtiéndote?)

Pues esto es para ti: Monopoly Literario. El único método-juego capaz de ofrecerte un método para escribir una novela total sin siquiera tener que conocer a tu vecino, no se diga la condición humana. Monopoly Literario es un juego con cuarenta casillas (diez por lado) por el que tu personaje se moverá como pez en el agua en el mar diáfano (aunque tumefacto) de las coyunturas facilotas y los historicismos chabacanos!!!

El método es muy sencillo: Escoge un personaje: Nihilista, Intelectual, Estudiante, Activista, Comunista (casi todo lo acabado en “ista” se admite; como columnista), Bloguero, Cegeachero, Detective, Femme fatal, Soldado, Espía, etc, etc, lo que se te ocurra. (El método-juego es para cuatro personas pero si eres un onanista de mierda créeme que puedes jugarlo tú solito). Particularmente recomiendo dos: Nihilista Vaquero, y Estudiante Latinoamericano Amante del Absurdo y lo Sublime (sin el Ferrari).

El tablero se creó pensando en ti y los eventos más desastrosos, bellos, absurdos y definitivos se encuentran dispuestos de tal forma que a cada tiro de dados tu personaje se moverá sagazmente desde la Revolución de Octubre a la Segunda Guerra Mundial (varios escenarios disponibles), y de ahí (todo es un golpe de dados) bien puede llegar a un episodio intenso de la Guerra Fría y terminar (por qué no, todo es posible) bajo un edificio hecho trizas en el temblor de 1985.

No te preocupes por la redacción. Nuestro equipo de redactores te hará el trabajo una vez te hayas decidido por la trama que más te acomoda.

Para despejar sospechas pongamos un ejemplo.

Supón que has elegido Nihilista Vaquero (diez puntos de fuerza; tres de defensa; cuatro de poderes especiales); si los dados cayeran en el 7 (es una suposición todavía), entonces tu novela total comenzaría en la tragedia de Chernobyl. Buen inicio. Envidiable. Vaquero Nihilista avanza a Chernobyl y tu Novela Total ha dado comienzo. ¿Te sientes vacío? Ánimo, joder. Para llenar el vacío podrás tomar una tarjeta de Situaciones domésticas o Situaciones climáticos o Vuelta de Tuerca. Tomemos una de Situaciones domésticas: “Tu personaje se ha enamorado de una bella mujer. Avanza a la Torre Eiffel en la casilla de París.” Perfecto. Esto comienza a tomar forma. A estas alturas nuestro equipo de redactores se frota las manos con tu Novela Total. Tira de nuevo. Ocho: “Cárcel estalinista. Gulag”. Mierda. Parece que tu Novela Total se irá por los caminos políticos. Tomemos una tarjeta de Situaciones Climáticas: “Richard Nixon desea para ti el Premio Pulitzer por tus grandes reportajes”. Nuestros redactores escriben: Aquella plácida mañana, Nihilista vaquero recibió la nueva de que Stalin requería de su presencia: “Eres libre, camarada”. Qué te importa si hay por ahí algo que no cuaja. Es TU Novela Total, de nadie más.

El precio de Monopoly Literario es de 10 euros. El precio de la redacción de tu Novela varía.

Si quieres un Monopoly Literario deja un comentario con tu e mail.





Monopoly Literario
es una marca registrada. Monopoly literario es recomendado por Arturo Pérez Reverte. Exige tu garantía.








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Hemingway Doll





Ahora parece que según las vecinas mi carácter pasivo y emocional quizá se deba a que mi madre se encontraba embarazada de mí el mes en que el Papa visitó México por primera vez. No lo han dicho así, pero en el momento en que mi madre lo mencionó (yo tomaba mi jugo de imitación y endulzaba pacientemente mi café con leche) las buenas mujeres me han mirado y han sonreído como si dijera: "Pero míralo, igualito al Papa", casi como si mi madre hubiera sido embarazada por el mismísimo Papa. Lo que hago es levantarme lo más lentamente que puedo, miro a mi alrededor sin mover la cabeza y sin que mis pasos me noten me alejo de la mesa mientras la sonrisa de estas buenas mujeres. comienza a borrarse. Luego, ya más tranquilo, me voy a la cama y me pongo a jugar un rato con mi "Muñequita Papá Hemnigway", varios disfraces disponibles.

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Pequeño post

Ah, sí. La sobremesa. Un momento que sólo me sirve para advertir que, pese a todo, sigo subiendo de peso. No lo creería yo mismo un año atrás cuando parecía un jovencito esmirriado y romántico, algo desvencijado sí, pero con una figura casi atlética, delgada en donde debía ser delgada y huesuda donde debía serlo. Y cuatro años atrás… si me dejo llevar. Puf!

No, hablo en serio. He subido mucho de peso. Ahora mismo, sentado y medio encorvado para escribir este post me siento ligeramente incómodo con mi pantalón talla 32. Para sobrellevar esta crisis leo unas páginas del diario de Kafka. Me aburren bastante.

Esperen, creo que siempre sí me voy a remontar cuatro años atrás. Hoy no sucede nada interesante. Como rápido por lo mucho rato después de haber dejado la mesa sigo escuchando los tintineos de la vajilla y el rugido de las niñas que no comen como se debe. De hecho, aquí nadie come como se debe, comenzando por mí que soy el primero en sentarme sólo por ser el primero en levantarme. Cosas. Lo de los cuatro años era broma. Aunque si me esfuerzo un poco qué puedo ver. Sí: me veo en la Biblioteca Central de la UNAM leyendo esos libros sobre mitos de Roger Caillois de los que ya no recuerdo nada. Quizá los talla 21 todavía me entraban, no lo sé. Pero sí, aquellos días de obligaciones académicas. Me gustaba hacer una pausa a mediodía y tomarme un café conversando cualquier frivolidad con cualquier persona que se cruzara en mi camino. Tenía ambiciones.

Más tarde parece que debo salir a hacer acto de presencia por ahí. Todo parece una gran suposición últimamente. Luego regresar a casa y quizá seguir con ¿Qué fue de los Mulvaney?, de Joyce Carol Oates, la amplia narración de una familia que (este es un subgénero típico de la literatura americana) por un evento que irrumpe en su moral en su tranquilidad y en sus ambiciones, cae lenta pero definitivamente en el oscuro agujero al que sólo estaban destinados los inmorales y los perversos. ¡No los Mulvaney! En cuestiones de prosa es excelente. De hecho, la Oates nunca me ha decepcionado. Aún así, creo que la desventura de los Mulvaney no está narrada con la fuerza que otras familias caídas han tenido en la literatura norteamericana. Pienso en dos novelas de Roth: en When she was good, de principios de los sesenta, y en American Pastoral, del noventaitantos. Principalmente American Pastoral donde vemos la perfecta vida del “Sueco” Levov despeñarse tras la radicalización de su amada hija, la jainita terrorista. Cosas así. A ver si pronto me animo a leer Corrections, de Jonathan Franzen.





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The Authors

John Travolta

John lives in Toronto and is a freelance illustrator and a designer/animator for CHUM Television. He writes about , design, and visual culture under the pseudonym Robot Johnny

Claire Robbinson

Claire Robertson is an illustrator and toy from Melbourne, Australia. While her illustration clients have included The New York Public Library, Scholastic and Cambridge University Press, it’s her blog Loobylu.com that brings her the most joy and which has attracted the most attention with rave reviews in the Wall Street Journal, WIRED Magazine and The Guardian.

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This blog is a multi-author blog devoted to illustration, art, cartooning and drawing. Its purpose is to inspire creativity by sharing links and resources. Albert Einstein said, “The secret to creativity is knowing how to hide your sources,” but what the hell did he know anyway? The site was conceived by John, like all good ideas, while goofing off at work.

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