Traducciones

Recuerdo de un amigo (1)

Uno nunca suele comenzar por lo errores. No se desvelan las mentiras tan pronto ni es de cuerdos creer que la sinceridad es un aspecto positivo en las personas. Por lo regular la sinceridad sólo complica las cosas. En medio del desbarajuste, cualquiera que sea, la nota sincera cae como un yunque atravesándolo todo y por un instante el silencio se apodera de todo hasta que ya es demasiado tarde. ¿O para qué creen ustedes que el culpable, segundos antes de morir, revela una verdad tan grande como inútil, una verdad que no hacía falta decir en ningún modo? Oh, su sinceridad final no sirve para nada. Al contrario, despierta demonios que pocas veces son evadidos por los protagonistas. Y sin embargo un extraño instinto de sobrevivencia (llamémosle así) me lleva a ser honesto (quizá un poco traicionero) y proclamar todos y cada uno de los errores que suceden en las siguientes páginas. No es una prueba de modestia, tampoco de soberbia, ni siquiera una excusa. Es, creo, una convicción íntima de narrador. Y pueden opinar lo que quieran pero así son las cosas en este pueblo; qué se le va a hacer.
Una mañana estoy observando el vuelo de las palomas. Por la ventana el espectáculo es atroz. Las palomas también pelean. Esa imagen de paz, nada que ver. Están ahí peleándose como dos obesas mujeres metidas en playeras blancas de algodón. Al final una de ellas se aleja y parece que la crisis de esta mañana ha sido superada. Porque existe esta tendencia de lanzarse crisis los unos a los otros como una pelota de básquet. Para no ir más lejos, recuerdo la crisis de la adolescencia, la crisis de los veinte años, la crisis de los veinticinco y este momento la crisis de los espectaculares treinta. Algún listillo vendedor de peluches inventó esta idea de las crisis.

-Un día, cuando ya no esté, tú te encargarás de mí –me dice Alfaro.
La película de mi vida se sale del carrete una y otra vez por lo que me parece difícil encargarme de alguien más. Alfaro podía decir este tipo de cosas porque en realidad nunca prestaba atención a nada. Si la expresión “a nativitate” se le cruza por el camino ahí lo pueden escuchar todo el día creando combinaciones.
-Eres mi hermano a nativitate –dice-. Mi hermano. El único hermano, como un miembro más de mi cuerpo.
Intento imaginarme como un miembro más de Alfaro. ¿Qué seré? ¿Un sexto dedo? ¿Una costilla más? Lo más seguro es que Alfaro me considere una especie de tumor benigno, algo que uno puede cargar sin peligro, aunque lo mejor sería extirparlo de una vez, y extirparlo con cuidado.
En cambio Alfaro me llevó consigo. Solía sentarme a su diestra y ponerme como testigo ante las múltiples eventualidades que se sucedían en su oficina. Un escritorio de madera fina le permitía descansar los brazos mientras su interlocutor se desgañitaba al otro lado. Yo tomo notas. Soy astuto. Soy su brazo derecho.

Esa tarde Alfaro me entrega una dirección y me manda a volar con un gesto preventivo de su barbilla. En la calle miro las palomas una vez más y como por instinto camino con grandes zancadas para obligarlas a desbandarse aunque tras mi paso las filas vuelven a cerrarse y comprendo que son más listas que yo, en cierta manera.
La casa en cuestión me recuerda una crisis. La crisis de la adolescencia, cuando una tarde yo y otros (entre ellos Alfaro, un niñito esmirriado y temeroso) asaltamos una casa abandonada y fumamos cigarrillos robados. Una puerta se abrió y la figura del uniformado nos envolvió como sólo deben hacerlo las apariciones divinas. Agitó su macana a la vista de todos.
-Cinco años, chavales.
Quizá ahí comenzó la obsesión de Alfaro hacia los uniformes y las insignias y los halagos balbuceantes de los subordinados. No obstante su admiración tomó el camino divergente. Un día se hizo criminal. ¿Cómo? Pues como lo hacen los criminales, por casualidad. A la edad de quince años entró a un instituto técnico a estudiar electrónica. Después se especializó y al cabo trabajó para diversas compañías telefónicas que también por diversas razones decidieron prescindir de sus servicios.
-Pero yo nunca te extirparía. ¿Me escuchas? Nunca. Eres mi hermano. Eres yo.
-Claro. Lo sé.
Está borracho. Me olvido de las palomas pero no puedo olvidar que Alfaro es lo más cercano que conozco a un genio y quizá por eso lo respeto. La casa es alta, de piedra, y rodeada por una malla electrificada. Cuando toco el timbre la cámara de seguridad me observa (quizá toma una fotografía), y la puerta se abre con un chirrido agudo. Ahí hay que revisar atentamente el desperfecto.
-Escuche esto –el tipo aprieta el botón de play y escucho la plática de dos ardillas y luego unos cuantos gemidos. Volteo el aparato, cambió la velocidad de reproducción y ahí está:
-Te la voy a chupar lentamente, y quizá te la muerda y quizá…
El tipo cae en su sillón.
-Mi mejor amigo –dice-. Y mi mujer.
Recibo unos cuantos billetes y salgo al mundo donde esas pequeñas porquerías no interesan a nadie. Lo malo fue que por lo menos en ese momento y en ese lugar al mundo sí que le pareció interesante saber lo que ocurría. Pero ése no era mi problema. Como tampoco lo es mantener un estricto control sobre lo que sucede alrededor de Alfaro aunque Alfaro mismo lo hubiera querido así.
-Pero mi madre.
-Tu madre, tu madre. ¿Sabes lo que es esto? –y me muestra un billete reluciente de quinientos pesos. Luego otro y otro y otro-. Anda, cómprale un regalo a tu madre y te vuelves acá.
La primera vez que a Alfaro se le ocurrió la idea de trabajar por su cuenta y de grabar conversaciones ajenas fue allá por el 85. Su padre tenía ahorros en el banco. O mejor dicho tenía una caja con joyas, porque no confiaba en las computadoras ni en los registros bancarios. Pero vino el terremoto, el banco cayó redondo y las joyas se perdieron.
-Durante dos días mi padre y yo escarbamos en los escombros –me contó Alfaro-. La gente creía que buscábamos sobrevivientes. Salimos en televisión.
Compró grabadoras, les soldó un circuito muy sencillo y se anunció en el periódico de la siguiente manera: ¿INFIDELIDAD? ¿PROBLEMAS FAMILIARES? ¿SOCIOS CORRUPTOS? Y un teléfono. Y el negocio creció. No era detective, tampoco un timador pero quizá una especie de asaltante bajo pago. Los primeros trabajos implicaron saltar bardas y allanar habitaciones. Colocaba un micrófono en alguna esquina, dejando bien oculta la grabadora y salía de ahí.

posted by Mauricio Salvador @ 12:22 PM,

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