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Escritor wireless



Día agotador. Hoy, entre las ocho y las nueve del día aparento ser la única persona con sentido común que vive en este mundo. Parece que sólo yo he decidido, entre otras cosas, reformar mi vida y ser una persona mejor.

Ahora llueve torrencialmente. Los relámpagos y los árboles están en plena agitación y los perros ladran sin parar no sé por qué pero sospecho que por razones tan importantes como las mías o las de cualquier otro. Lo torrencial es algo que me desanima. La voluntad se me escapa de las manos cuando miro toda esa agua caer incesantemente y llenar las calles de basura y agua enferma. Hoy por la mañana, decía, entre las ocho y las nueve, tenía ganas de escribir y decir algo divertido. Lamentablemente me estoy creyendo eso de que soy un ser superficial, frívolo y sin mucho que decir a las personas inteligentes. Hacia las diez el ambiente cambió: mis amigos se levantaron, me dieron los buenos días y platicamos un poco de esto y aquello (en el ínter, dejen lo digo, me estorbaba mi erección matutina y los kilos de legañas que acumulo por las noches). Dimos inicio a la primera sesión del Club de fans de Winston Churchill (el tema de hoy trató de las pendejadas de Gallípolli, de Yalta y de por qué los franceses no hicieron bien las cosas, para no variar). Nos fuimos por un café: la erección me seguía molestando, los ojos me ardían levemente y tenía hambre. Aún así seguía creyendo que yo era la única persona sensata del mundo. Un ligero dolor en la rodilla me dijo: “Mauricio, tienes que hacer ejercicio, cabrón”, más o menos lo que vengo diciendo desde hace tres años. Pero el día era bueno, qué digo bueno, excelente. Puse la mitad del trasero en la silla verde y me tomé ese café asqueroso y agrio. A esas horas (las once) el tema era el travestismo de Churchill. Mi opinión fue que cualquiera tiene el derecho a hacer lo que se le dé la gana y más si has ganado el Premio Nóbel de Literatura. Luego hablamos de si Churchill era un buen hombre. Yo fui contundente y dije que sí. A las once y media cerramos la sesión del club. Mi erección (increíble) no quería ceder y por lo mismo me movía constantemente en la silla y metía la mano en el bolsillo para un reacomodo que me dejara respirar. A esa hora me despedí de mis amigos. Aprovechando el tiempo que me cede viajar en metro me puse a pulir mi discurso de no aceptación del Premio Nacional de Literatura. Me sentía terriblemente sensato. Añadí un par de frases acerca de la “orfandad” y de la “tradición” (además de unas cuantas pullas a quienes yo sé) y luego, cuando vi mi reflejo en el cristal rayado del vagón, me di cuenta de que no era sino un pendejo más cuya media vida se la pasaba pensando en lo que debería hacer. Oh, el deber. Me echó a perder el día. Guardé mi discurso de no aceptación y cavilé durante un rato, así es, cavilé, y permanecí quieto, como un jainita. Guardé mi calma (y dentro de ésta la relevación inmediatamente anterior), y dejé que todos esos animaluchos que se incuban en mí vivieran en paz y en libre confraternidad con mi organismo. Un grupo de muchachos se sentó a mi alrededor, todos ellos adolescentes, pinchados como una coladera, y vestidos de negro, contemplando con una sonrisita mi aspecto de marica e idiota. Gracias a dios que ya había guardado mi discurso de no aceptación. De inmediato se pusieron a reír, a gritar; uno de ellos colocó los pies a mi lado, en franca provocación, y siguió gritando.

Más tarde mi confianza decayó. (Ahora está por lo suelos). Llegué a casa (y no voy a contar nada más de este día) y al colocarme frente a la computadora para escribir me sentí mal, muy muy mal. Para joder más el asunto, la erección seguía en su lugar. Estoy batiendo mi propio récord ahora mismo. Debe ser una enfermedad. Y me pregunto si es necesario este escribir constantemente, si hay alguien a quien de verdad le importe. Tengo un montón de excusas, la mayoría inútiles y quiero convencerme de que es algo que va en serio. Si pudieran meterme un chip en la cabeza con unas cuantas instrucciones grabadas. Lo que pienso es que no es tan malo, que este afán por mejorar mis frases, mi puntuación (no la ortografía porque mi ortografía es perfecta, pssst), es también un afán de ensalzar algo más que ese egocentrismo mío. Lo primero es que quiero decir algo (y supongo que todos los aspirantes a escritores están en esta situación) y comunicarlo lo mejor posible, aún así se trate de un chiste. No es algo menor. La comunicación es algo bastante madreado en nuestros días pese a que el 90% de nuestra existencia es estar en el meollo del asunto. Su ubicuidad lleva gran parte de la culpa. Así que yo pienso que si una persona, así sea un bloggero frívolo y marica como yo (Hey chicas, esto último es sólo un decir, escríbanme a mi correo e invítenme un café), intenta establecer y mejorar su comunicación con los demás, la verdad es que con sus pocas fuerzas fortalece ese valor supremo y abatido que es la comunicación de un hombre con otro hombre. Por eso me encantan todos estos chicos que escriben idioteces en la red. Porque no es cosa fácil ser sincero y sincerarse con uno mismo. Los verdaderos escritores (no los novatos como yo) van a permanecer pese a todo. Porque su presencia tiene un fin bastante definido, establecer una comunicación libre de cables, atendiendo a valores sencillos pero esenciales. Al menos eso es lo que creo.

(Mañana el Club de fans de Winston Churchill tiene un encuentro de futbol llanero contra el Club de fans de Henry Michaux. Esperamos darles en la madre. Pero antes hemos decidido ir todos juntos a ver la película de Alien contra Depredador. El martes tenemos partido contra el Club de fans del Colonialismo Belga y el miércoles contra el Club de fans de George Sand, pan comido).

Por cierto, quisiera mandar un beso espectral a Vanina y a Iris.



posted by Mauricio Salvador @ 11:03 PM,

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